Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 16
Narrado por: Isabella
Alexander duerme. Es una visión extraña, casi sagrada. Sus músculos, siempre tensos como cables de acero, se han relajado bajo las sábanas de seda gris. La luz de la luna entra por el ventanal, delineando las cicatrices de su espalda, ese mapa de dolor que anoche recorrí con mis labios mientras el vapor de la ducha nublaba mis sentidos. Verlo así, vulnerable y en paz, me hace comprender la magnitud de lo que hemos construido en este búnker de lujo: una intimidad que nace del caos.
Pero yo no puedo dormir. El zumbido de la unidad de memoria que Alexander rescató de las llamas del almacén C parece llamarme desde el escritorio. "La prueba", la llamó él. El instrumento de nuestra libertad.
Me levanto con cuidado, deslizándome fuera de la cama. Estoy desnuda, y el aire frío de la habitación me eriza la piel. Me pongo su camisa negra, la que dejó tirada en la silla; me queda enorme, las mangas cubriendo mis manos y el dobladillo rozando mis muslos, pero el olor a él me envuelve como una armadura.
Camino hacia su despacho privado, el santuario donde las reglas solían ser leyes grabadas en piedra. Me siento en su silla de cuero, que todavía guarda un rastro de su calor, y conecto la unidad al ordenador principal. Mis dedos tiemblan. ¿Es justicia lo que busco, o simplemente la validación de que mi padre era el héroe que siempre creí?
La pantalla se ilumina, vomitando carpetas de archivos encriptados. Alexander me dio la clave anoche, en un momento de entrega absoluta: 1405. La fecha de su tragedia personal, ahora convertida en la llave de nuestra verdad.
Entro en el servidor de Varga. Hay registros de embarques, nóminas de sicarios y grabaciones de cámaras de seguridad. Pero hay una carpeta oculta, protegida por un segundo nivel de seguridad, etiquetada simplemente como "El Enlace".
—Por favor, que no sea lo que pienso —susurro al vacío.
Logro romper la barrera. Los documentos se abren. Son correos electrónicos, transferencias bancarias y grabaciones de audio que datan de hace diez años. Empiezo a leer, y el mundo bajo mis pies empieza a agrietarse.
No eran enemigos. Al principio, no lo eran.
Mi padre, Marcus Colón, no era solo el socio de Alexander. Era el arquitecto financiero de la expansión de Varga en sus inicios. Los documentos muestran firmas de mi padre en contratos de blanqueo de capitales que harían palidecer a cualquier fiscal. Pero lo peor no es el dinero. Lo peor es una grabación de audio, fechada una semana antes del ataque que dejó a Alexander marcado para siempre.
Reproduzco el archivo. La voz de mi padre surge de los altavoces, nítida y aterradoramente pragmática.
—Varga, Alexander se está volviendo demasiado escrupuloso. No quiere tocar la mercancía blanca. Si sigue así, bloqueará nuestras rutas del norte. Necesita una lección... algo que lo mantenga ocupado con su propia miseria mientras nosotros movemos el cargamento.
—¿Una lección, Marcus? —la voz de Varga suena como una lija—. ¿Incluso si eso implica a su familia?
Un silencio sepulcral en la grabación. Siento que el oxígeno abandona mis pulmones.
—Él es un guerrero, Varga. Se recuperará. Solo... asegúrate de que no sepa que yo di el visto bueno. Necesito seguir siendo su ancla moral.
Me tapo la boca con las manos para ahogar un grito. Mi padre. El hombre que me leía cuentos, el hombre que Alexander veneraba como a un mentor, fue quien puso la diana en la espalda de la familia Thorne. No fue un accidente. No fue solo Varga. Fue una traición nacida de la codicia de la persona en la que más confiábamos.
—¿Isabella?
La voz de Alexander me hace saltar. Se detiene en el umbral del despacho, vestido solo con sus pantalones de dormir negros. Su torso desnudo muestra el vendaje del puerto, ahora un poco manchado. Su mirada viaja de mis ojos llenos de lágrimas a la pantalla del ordenador.
—Alexander... yo... —no puedo hablar. Las palabras se me mueren en la garganta.
Él camina hacia mí con una lentitud que me aterra. Se inclina sobre el escritorio, leyendo los párrafos que yo acababa de descubrir. Siento cómo su cuerpo se tensa, cómo su respiración se vuelve pesada y errática. La calma que traía del sueño desaparece, reemplazada por una tormenta de hielo que parece congelar el aire de la habitación.
Se queda mirando la pantalla durante lo que parecen siglos. No grita. No golpea la mesa. Su silencio es mil veces más destructivo.
—Él era mi padre —dice Alexander, su voz saliendo como un susurro roto—. Marcus era el hombre que me sostuvo cuando enterré a mis padres. El hombre que me dijo que la venganza era el único camino.
—Alexander, lo siento... yo no lo sabía... —me levanto, intentando tocarlo, pero él retrocede como si mi mano fuera hierro al rojo vivo.
—¡Me usó! —esta vez sí ruge, y el sonido hace vibrar los cristales de las estanterías—. ¡Me convirtió en esta Bestia para cubrir sus propios rastros! Me mantuvo a su lado, alimentando mi odio contra Varga, mientras él se sentaba a mi mesa y bebía mi vino... ¡Maldito sea!
La furia que emana de él es algo físico, una fuerza de la naturaleza. Empieza a destrozar el escritorio, lanzando los monitores al suelo y barriendo los papeles con un movimiento violento. Yo me quedo arrinconada contra la pared, viendo cómo el hombre que amo se desintegra ante la verdad.
Se detiene frente al ventanal, apoyando la frente contra el cristal frío. Sus hombros se sacuden. No son sollozos; es la risa histérica de alguien que acaba de descubrir que toda su vida es una mentira construida sobre una fosa común.
—Alexander, mírame —camino hacia él, con la camisa de seda rozando mis muslos desnudos. El contraste entre mi fragilidad y su violencia contenida es eléctrico—. Yo no soy él. Yo no sabía nada.
Él se gira bruscamente, agarrándome por los hombros. Sus manos aprietan con una fuerza que bordea el dolor, pero no me importa. Sus ojos grises están inyectados en sangre, buscándome con una desesperación salvaje.
—¿Cómo puedo saberlo? —pregunta, su voz quebrada—. Llevas su sangre. Tienes su misma mirada cuando intentas convencerme de algo. ¿Eres parte de su plan? ¿Viniste aquí para terminar de destruirme con esa cara de ángel?
—¡Mírame! —le grito, pegando mi cuerpo al suyo. Puedo sentir el latido errático de su corazón contra mi pecho—. Anoche no fue un plan. En el puerto no fue un plan. Te amo, Alexander. Te amo a pesar de lo que hizo mi padre, y te amo porque eres el único que ha sobrevivido a este infierno.
Lo beso. Es un beso desesperado, amargo, que sabe a lágrimas y a traición. Al principio, él se resiste, sus manos intentando apartarme, pero la necesidad física es más fuerte que su rabia. Me rodea la cintura con sus brazos y me pega a él con una posesividad que me corta la respiración.
Me levanta y me sienta sobre el escritorio, en medio del caos de cristales rotos y papeles esparcidos. Sus manos suben por mis muslos, desgarrando la camisa de seda que antes me cubría. No hay ternura en este momento; hay una sensualidad oscura y violenta, una forma de exorcizar el dolor a través de la piel.
—Dime que no eres como él —me exige, su rostro enterrado en mi cuello, sus dientes marcando mi piel—. Dime que no me vas a traicionar.
—Nunca —jadeo, mis piernas enredándose en su cintura, atrayéndolo hacia mi humedad—. Soy tuya, Alexander. En la luz y en esta oscuridad. Especialmente aquí.
Se hunde en mí con una fuerza que me hace soltar un grito que se pierde en el silencio de la mansión. Es un acto de posesión brutal, una forma de marcar su territorio en medio de la ruina de su pasado. Cada embestida es una pregunta, cada gemido una respuesta de lealtad. El dolor de la traición de mi padre se mezcla con el placer abrasador de su cuerpo, creando una tormenta sensorial que nos consume a ambos.
Nos movemos con un ritmo frenético sobre el escritorio destruido. Alexander me mira a los ojos mientras lo hacemos, como si quisiera leer mi alma, como si buscara un rastro de la mentira de Marcus en mis pupilas. Pero solo encuentra entrega. Solo encuentra amor.
Alcanzamos el clímax con una explosión de sensaciones que nos deja exhaustos, colapsando el uno sobre el otro entre los restos de su imperio digital. El silencio que sigue es pesado, cargado con el peso de la verdad que acaba de cambiarlo todo.
Alexander se separa de mí con lentitud, sus ojos ya no tienen esa furia ciega, pero la tristeza que los habita es mucho más profunda. Me ayuda a bajar del escritorio, cubriéndome con lo que queda de su camisa.
—Tu padre no está aquí para pagar por esto —dice, mirando los archivos que todavía parpadean en el único monitor que queda en pie—. Pero Varga sí.
—¿Qué vas a hacer? —pregunto, sintiendo un frío repentino.
—Lo que Marcus quería que hiciera desde el principio —responde Alexander, su voz volviéndose de nuevo ese acero gélido que tanto me asusta—. Voy a terminar con Varga. Pero esta vez, no será por la justicia de tu padre. Será por la mía. Y por la tuya.
Se gira hacia la puerta, pero antes de salir, se detiene y me mira. Hay una chispa de algo nuevo en sus ojos: una resolución que va más allá de la venganza.
—Vete a descansar, Isabella. Mañana, esta mansión dejará de ser un refugio. Mañana, empieza la verdadera cacería. Y cuando termine, no quedará ni un solo rastro de los hombres que nos destruyeron.
Se marcha, dejándome sola en el despacho destrozado. Miro la pantalla, las palabras de mi padre grabadas en el tiempo. El pedestal se ha derrumbado, pero sobre sus cenizas, Alexander y yo hemos construido algo que mi padre nunca habría entendido: una lealtad que no se basa en la sangre, sino en la elección de arder juntos.
La verdad nos ha liberado de las mentiras del pasado, pero nos ha encadenado a una guerra final donde solo uno de nosotros podrá quedar en pie.
Me abrazo a mí misma, sintiendo el calor de Alexander todavía en mi interior, y sé que, pase lo que pase mañana, la Bestia ya no lucha sola. Y yo... yo ya no soy la hija de Marcus Colón. Soy la mujer que va a ver el mundo arder al lado del hombre que ama.