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BAJO TU SOMBRA

BAJO TU SOMBRA

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Posesivo / Mafia
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Delenis Valdés Cabrera

Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.

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capítulo 19

El humo del gas lacrimógeno empezaba a quemarles los pulmones. Los asaltantes estaban en el porche, el sonido de sus botas rompiendo la madera de la entrada era la cuenta atrás hacia una muerte segura. Viktor, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula apretada, agarró a Elena por la cintura y la pegó a su cuerpo con una brusquedad que le cortó el aliento.

— No hay salida por tierra —sentenció él, su voz vibrando en el pecho de Elena—. Vamos a saltar.

Elena miró por el ventanal roto hacia el vacío del acantilado. El mar rugía sesenta metros más abajo, chocando contra las rocas con una violencia letal.

— ¡Estás loco! ¡Esa caída nos matará! —gritó ella, intentando zafarse, pero el agarre de Viktor era como una prensa de acero.

Él la acorraló contra el marco del ventanal, su cuerpo de casi dos metros bloqueando cualquier otra opción. La tensión sexual estalló en medio del caos; la adrenalina y el peligro habían despojado a Viktor de cualquier resto de paciencia. La miró con una posesividad salvaje, sus rostros tan cerca que sus narices se rozaban.

— Escúchame bien, pequeña —susurró él, su aliento caliente contra sus labios—. No voy a dejar que te metan en una bolsa de cadáveres. Vas a saltar conmigo. Vas a rodearme con tus piernas y tus brazos, y no me vas a soltar ni aunque sientas que el corazón se te sale del pecho. ¿Me entiendes? Eres mía, y ni siquiera el océano va a quitarme lo que me pertenece.

Elena sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una atracción oscura y prohibida. La forma en que él la reclamaba, incluso al borde de la muerte, la hacía sentir eléctrica.

— ¡Te odio, Viktor Volkov! —respondió ella, pero sus manos ya se aferraban a su cuello con una fuerza desesperada.

— Úsalo como combustible —gruñó él.

Viktor la levantó en vilo, obligándola a enroscar sus piernas alrededor de su cintura. El contraste entre su pequeña figura y la envergadura de él era brutal. Viktor sintió la suavidad de los muslos de Elena contra su cadera y, por un segundo, sus ojos de acero se oscurecieron con un deseo que no tenía nada que ver con el escape. La apretó más contra sí, una mano grande y firme en la base de su espalda, fundiéndola con su propio calor.

— ¡Allí están! —gritó una voz desde la puerta.

— ¡Sujétate fuerte! —rugió Viktor.

Sin dudarlo, Viktor se lanzó al vacío.

El aire les fue arrebatado de golpe. El descenso fue una eternidad de gravedad cero donde lo único sólido en el universo para Elena era el cuerpo masivo de Viktor. Ella escondió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando su aroma a cuero, sangre y una masculinidad abrasadora. Él la rodeó con ambos brazos, girando en el aire para asegurarse de que su propia espalda fuera la que golpeara el agua primero, protegiéndola con su vida.

¡SPLASH!

El impacto contra el agua helada fue como chocar contra un muro de concreto. La oscuridad del océano los tragó. Viktor sintió que sus pulmones estallaban y que sus heridas se abrían de nuevo, pero sus brazos no cedieron ni un milímetro. Bajo el agua, en medio del silencio azul y turbio, buscó los labios de Elena, compartiendo el poco aire que le quedaba en un beso desesperado que sabía a sal y a supervivencia.

Emergieron a la superficie segundos después, jadeando, en medio de las olas que los empujaban hacia una cueva oculta en la base del acantilado. Viktor, nadando con un solo brazo mientras mantenía a Elena a flote con el otro, la arrastró hacia la arena húmeda de la gruta.

Se desplomaron sobre el suelo frío, empapados, tiritando, pero vivos. Viktor se arrastró sobre ella, atrapándola de nuevo entre sus brazos y la arena, su respiración agitada chocando con la de ella.

— Sigues... viva —dijo él, su voz cargada de una satisfacción posesiva—. Lo ves... no puedes morir si yo no te doy permiso.

Elena lo miró, con el pelo castaño pegado a la cara y los ojos café brillando con una rebeldía que empezaba a mezclarse con algo mucho más peligroso.

(...)

El interior de la cueva era una garganta de piedra oscura que amplificaba el rugido del mar. El frío no era solo una molestia; era una garra que les entumecía los dedos y hacía que los dientes de Elena castañetearan violentamente. El vestido de seda, ahora un harapo gélido y pesado, se adhería a su cuerpo como una segunda piel de hielo.

Viktor se sentó contra la pared de roca, soltando un gruñido de dolor. La sangre de su costado se mezclaba con el agua salada, creando un rastro oscuro en la arena.

— Quítatelo —ordenó Viktor, su voz ronca resonando en la cavidad

— ¿Qué? —Elena lo miró, abrazándose a sí misma para intentar retener algo de calor.

— El vestido. La seda mojada te matará de hipotermia antes de que amanezca —Viktor empezó a desabotonarse la camisa empapada con dedos torpes. Sus hombros, anchos y marcados por cicatrices, emergieron de la tela oscura. Sus ojos de acero no se apartaban de ella—. No me mires así, pequeña. Ya no hay espacio para el pudor entre nosotros. Tu vida me pertenece, y no voy a dejar que el frío me la robe.

Elena, temblando, buscó la cremallera de su vestido. Sus dedos estaban tan rígidos que no podía moverla. Viktor, soltando un suspiro de impaciencia, se arrastró hacia ella. Se arrodilló detrás de su espalda, y Elena sintió el calor masivo que emanaba de su cuerpo a pesar del frío.

Él bajó la cremallera con una lentitud deliberada, sus nudillos rozando la columna vertebral de Elena, provocándole un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. El vestido cayó a la arena. Elena quedó en su lencería fina, sintiéndose más vulnerable que nunca bajo la mirada devoradora del gigante.

— Ven aquí —dijo él, abriendo su chaqueta de cuero, la única prenda que había logrado mantener algo de calor en su interior—. Es una orden, Elena.

Ella se acercó, y Viktor la atrajo hacia su regazo, envolviéndola con sus brazos y cubriéndola con la chaqueta. Elena se vio obligada a presionar su espalda contra el pecho desnudo de él. El contacto de sus pieles fue un choque eléctrico. La suavidad de ella contra la dureza de él, la diferencia de tamaño que la hacía desaparecer en su abrazo.

— Cuéntame de Sergei —susurró ella, intentando ignorar cómo el corazón de Viktor latía con fuerza contra su espalda.

Viktor apoyó la barbilla en el hombro de Elena, su aliento caliente acariciándole la oreja.

— Sergei era el hermano menor de mi padre. Él no era un guerrero, era un estratega. Me enseñó a disparar, me enseñó que la lealtad lo era todo. Mi padre siempre fue frío, pero Sergei... él era el que me daba una palmada en el hombro. —Viktor apretó el abrazo, su mano grande acariciando inconscientemente el abdomen de Elena—. Me dijo que tu padre había traicionado a la familia. Me llevó a esa biblioteca para que viera el fuego. Me hizo creer que yo estaba haciendo justicia.

— Te estaba moldeando, Viktor —dijo Elena, girando un poco la cabeza para mirarlo. Sus rostros estaban a centímetros—. Te convirtió en su arma más letal eliminando a la única persona que podía exponerlo.

Viktor bajó la mirada a los labios de Elena. La posesividad en sus ojos era casi tangible.

— Lo hizo bien. Me convirtió en un monstruo. Un monstruo que ahora te tiene atrapada en una cueva. Pero Sergei cometió un error —Viktor deslizó su mano hacia el cuello de ella, inclinándola hacia atrás—. No contó con que yo encontraría algo que valorara más que su aprobación.

La tensión sexual en la cueva era tan densa como el aire salino. Viktor se inclinó, rozando la punta de su nariz con la de ella.

— Me odias por lo que soy, pero aquí, en la oscuridad, sabes que soy el único que puede mantenerte caliente. Sabes que, aunque te deje ir, volverías a buscar este fuego.

— Eres un arrogante —susurró ella, aunque no se alejó. Sus manos buscaron los hombros de él, aferrándose a su piel caliente.

— Soy un hombre que sabe lo que es suyo —respondió él antes de sellar sus labios con un beso que no pedía permiso, un beso que reclamaba cada secreto, cada gramo de odio y cada chispa de deseo que Elena intentaba ocultar.

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Carmen Ramos
Esta bonita su novela pero cuando la termine comienzo a leer estaré al pendiente ☺️🥰
Delenis: Por supuesto mi corazón 🤭, no te preocupes yo actualizo seguido , la otra que estoy escribiendo "La contadora del mafioso" también, por si le apetece leer . Besos 😘
total 1 replies
Marbe Majano
más capitulos
Delenis: A la orden 👌
total 1 replies
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