Para el mundo, Ada Medina de 35 años es una ingeniera en sistema muy exitosa en un campo dominado por hombres, pero para su familia, es solo la hermana que nunca superó a su amor de la infancia Sebastián Hernández, sin embargo, bajo la sombra de la etiqueta de “pagafantas” que su hermana Victoria con malicia se encargó de difundir, la realidad es que Ada guarda un secreto.
Desde hace años Ada vive un romance clandestino con Damián Hernández un valiente bombero de 37 años, y hermano mayor de Sebastián.
Al ser ambos los eternos postergados y los “segundos” de sus respectivas familias, han preferido mantener en secreto su “vínculo” bajo la imagen de una simple amistad para evitar el estallido de conflictos muy dolorosos.
Pero el silencio tiene un límite y Ada está a punto de demostrar que no es el plan B de nadie, y que el amor de su vida siempre estuvo ahí, esperando el momento adecuado para salir a la luz.
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Capítulo XIII:Líneas de vida y cuerdas tensas
El sonido seco del metal contra el suelo resonó en el patio de maniobras de la academia de bomberos, mezclándose con el ritmo acelerado de la respiración de Damián.
La jornada del día de hoy no solo se limitaba a la fuerza bruta; sino que se trataba de un circuito de precisión técnica y rescate vertical, usando todo el equipo completo, uno cuyo peso superaba los veinte kilogramos.
Bajo la mirada atenta de su instructor, Damián ejecutaba una serie de maniobras de alta intensidad, aseguramiento de líneas de vida, cálculo analítico de ángulos de resistencia en poleas y la simulación de entrada forzada en espacios confinados.
El sudor empapaba la frente de Damián y los músculos de sus brazos ardían por el esfuerzo de sostener las herramientas hidráulicas, aunque su mayor fortaleza siempre había sido su mente analítica y centrada.
En ese momento Damián se encontraba en medio de una transición técnica, y justo cuando se disponía a realizar el nudo del anclaje final en la torre de prácticas, cuando sintió un repentino vuelco en el estómago, que lo obligó a detenerse en seco, dejando la cuerda suspendida y haciéndolo perder unos segundos del circuito.
—¡Vamos, Hernández!, ¡En un incendio real esos segundos salvan vidas! —le gritó el instructor desde la base señalando el cronómetro.
Damián al darse cuenta de su error, bajó la cabeza e inspiró el aire caliente a través de la máscara de práctica, luego intentó estabilizar su pulso, pero esa sensación que acababa de instalarse en su pecho no le permitía concentrarse y nada tenía que ver con el cansancio o la asfixia por el peso del equipo, sino de un presentimiento molesto que le trajo la imagen de Ada a su mente.
—Tienes que calmarte, Damián —murmuró para sí mismo.
Gracias a su rigurosa formación, él estaba acostumbrado a evaluar peligros tangibles, gases inflamables, estructuras colapsadas, cortocircuitos, pero nunca a dejarse llevar por “corazonadas”, lo cual contrastaba con el pragmatismo que tanto se había esforzado por desarrollar.
Sin embargo, a lo largo de los años que llevaban conociéndose, entre Ada y él, se había establecido una conexión que desafiaba cualquier lógica científica.
Sabía que Ada aún lidiaba con los últimos meses de la secundaria, en el pasado tuvo que poner en su lugar a un par de matones que, incitados por Victoria, rompían sus libros, le extraviaban los lentes y una vez incluso intentaron cruzar algunos límites.
Nunca le contó a Ada que, debido a ese incidente y a la falta de apoyo de sus padres, perdió una beca deportiva porque eso solo la llenaría de una culpa innecesaria, ella ya tenía suficiente con sobrevivir en una casa con un ambiente disfuncional, rodeada de la hostilidad de Gerardo y Mónica, mientras enfrentaba la malicia desbordada de Victoria.
Por alguna razón sentía que algo grave estaba pasando en la vida de Ada y a pesar de que no tenía certeza, pero tampoco tenía dudas.
—¿Qué pasa, Hernández?, ¿Te flaquearon las piernas? —preguntó el instructor, frunciendo el ceño al ver a su aspirante más brillante inusualmente distraído.
—No, instructor, todo está bien… solo se me trabó el mosquetón —mintió Damián, ajustando su casco mientras descendía con paso firme por la escalada de la torre.
Al llegar al suelo, se quitó la pesada chaqueta y tomó un trago largo de agua, aunque sus ojos seguían fijos en la nada, convenciéndose de que Ada era fuerte, y aunque tenía mucha rectitud y contaba con el apoyo de su abuelo no dejaba de estar muy sola en ese campo de batalla llamado hogar.
Miró el reloj y aún le quedaban un par de horas de estudio sobre teorías del comportamiento del fuego, y la revisión de protocolos de soporte vital.
—Más tarde la llamo para saber como está — se prometió a sí mismo.
Apretó los puños con determinación, y volvió a colocarse los guantes de protección, porque no podía dejar el entrenamiento a medias, se trataba de su futura profesión y la disciplina era la única diferencia entre la vida y la muerte.
—Estoy listo, instructor —dijo Damián asegurando su equipo—¿Puedo repetir la maniobra?
—Está bien Hernández, repite la maniobra desde el principio, y esta vez evita cometer errores—respondió el instructor con tono estricto.
Ya atardecía cuando las autoridades finalmente, les permitieron a los alumnos salir de la secundaria, los rostros de todos eran sombríos, aunque nada se comparaba a la atmosfera hostil de la familia Medina, Gerardo, Mónica y Victoria caminaban con paso presuroso hacia el auto familiar.
Victoria como siempre era la reina del drama, sus ojos estaban hinchados y su rostro estaba oculto tras su cabello, subió al asiento trasero con la actitud de una víctima, fue seguida por Mónica la cual cerró la puerta del pasajero de un tirón, murmurando maldiciones entre dientes, Gerardo se sentó rígido en el asiento del conductor, contando mentalmente en un intento desesperado por contener su ira.
A pocos metros de distancia, Ada avanzaba en dirección contraria, porque sabía perfectamente que no era bienvenida en el auto familiar, además de que no quería lidiar con la frustración de esos tres.
Con su mochila colgada en su hombro y la mirada fija en el suelo, se dispuso a caminar hacia la parada para tomar el bus, tal como lo había hecho esa mañana.
—¿Qué demonios está haciendo esa malcriada? — preguntó Gerardo con incredulidad, clavando los ojos en el espejo retrovisor.
Se escuchó el ruido sordo de un portazo que hizo que varios de los presentes se giraran, Gerardo profundamente irritado, bajó del auto, caminó con grandes zancadas, acortando la distancia en segundos y antes de que Ada pudiera reaccionar, la tomó del brazo con excesiva fuerza, hincando sus dedos en su piel, lo cual la obligó a detenerse en seco.
—Sube al maldito auto y no me avergüences más—le murmuró al oído con una voz pastosa y cargada de una furia a punto de estallar.
Ada estaba aterrada y sus ojos se humedecieron, aunque se contuvo, porque a su padre no le importaba en lo más mínimo su bienestar, ni como regresaría a casa, su brusca reacción solo se debía al peso de las miradas de las personas que estaban a su alrededor, en especial, la de Pamela de Hernández.
—Deberíamos darle el aventón a Ada —comentó Pamela desde su propio vehículo.
Desde su vehículo, la madre de Sebastián observaba la escena en silencio, curiosamente sentía mucha empatía por la chica, a fin de cuentas, ella había sido quien la había llevado a clases la mayor parte del tiempo en su propio auto.
—Mejor no, mamá, porque ella es una traidora —murmuró Sebastián con resentimiento, apartando la vista.
Pamela negó con la cabeza porque para ella, la joven siempre había sido una excelente influencia para su hijo; y a pesar de su excentricidad y timidez, los cuales Pamela siempre supuso que se trataban de una etapa propia de la juventud, en el fondo siempre le había agradado la amistad que mantenía con Sebastián.
—¿Traidora? Lo único que veo es que ella sí estudió… algo que tú evidentemente no hiciste —le espetó en un tono cortante de reproche.
Pamela no la consideraba una traidora y verla ahora siendo tratada como la culpable de la deshonestidad de otros le provocó un amargo sinsabor en la boca.
—Si hubieras estudiado como lo haces siempre, esto jamás te habría pasado —sentenció firmemente mientras encendía el motor y salía del lugar.
Ada le sostuvo la mirada a su padre, conteniendo el dolor en su brazo sin quejarse, a pesar de que sus ojos estaban vidriosos por las lágrimas que se negaba a dejar salir su expresión era firme como una piedra, y sin oponer resistencia para no darles un espectáculo morboso a sus compañeros, caminó hacia el auto bajo el yugo del agarre de Gerardo, consciente de que el verdadero infierno se desataría en el momento en que subiera a ese auto y el motor se pusiera en marcha.
El trayecto de regreso a casa en ese auto fue la confirmación de que la verdadera guerra de Ada acababa de comenzar, en ese reducido espacio.
—¡Fuiste tú! —escupió Victoria sentada a su lado, con la voz rota debido al llanto y a la rabia— ¡Tú armaste todo este circo para arruinarme la vida!
—¡No tienes ni un gramo de vergüenza, Ada! —secundó Mónica de inmediato, girándose desde el asiento del copiloto con el rostro descompuesto—Eres una resentida, y le diste una puñalada por la espalda a tu propia hermana solo por tus celos enfermizos, ¡Eres una soplona!
Desde el volante Gerardo golpeó el tablero con fuerza, sumándose a los insultos, los tres hablaban al mismo tiempo, lanzando insultos y veredictos, en un ataque combinado que no le dejaba el más mínimo espacio para la réplica, esto era algo deliberado para quebrarla, o peor aún obligarla a confesar.
En su interior Ada estaba aterrada, la sensación de claustrofobia y la violencia de los gritos hacían que su pulso se acelerara, para contener el temblor de su cuerpo que amenazaba con delatarla, apoyó sus manos sobre los muslos y clavó sus uñas con fuerza en sus propias palmas usando el dolor físico como un ancla para no perder el control.
Respiró hondo y vació de su rostro de cualquier emoción, su mirada se volvió plana u esperó pacientemente a que el ruido disminuyera, y cuando el asedio de gritos terminó debido a la falta de aire, finalmente habló y su voz era pausada, pero a la vez fría y cortante.
— Ustedes mismos acaban de escuchar al director: no fui yo. Papá, sé perfectamente que le preguntaste al personal docente y administrativo de la secundaria, y todos te respondieron lo mismo. Si eso no es prueba suficiente para ustedes, entonces acúsenme formalmente; pero si no tienen cómo sostenerlo, les sugiero que se callen o me veré obligada a demandarlos por difamación y por ejercer violencia psicológica en mi contra.
Las palabras de Ada cayeron como un balde de agua fría, y la mención de los términos legales hizo estremecer a Gerardo, porque esto significaba que había la mente de su hija había sido preparada por Don Aurelio.
Gerardo apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos, incapaz de procesar que su propia hija lo amenazara con demandarlo en los tribunales.
hermosa me encantó 💕
en ningún momento ella se dejó almedendrar x esos atorrantes poca cosa , dejan mucho q desear como personas especialmente el padre