En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 19: El peso del milagro y la condena
El silencio que siguió a la partida de Néstor fue más aterrador que sus amenazas disfrazadas de cortesía. Isaí se quedó sentada en el borde de la camilla, con las manos entrelazadas sobre su vientre, sintiendo el latido acelerado de su propio corazón. El aire en el consultorio estaba cargado de ozono y del eco de la respiración agitada de Antonio, que aún parecía vibrar en las paredes.
—No puede ser cierto —susurró para sí misma, aunque su cuerpo médico le gritaba lo contrario—. No ahora, Dios mío. No en medio de esta carnicería.
La sospecha de un embarazo era una sentencia de muerte en San José. Si el ejército se enteraba, ella sería interrogada hasta la tortura para que revelara quién era el padre. Si la guerrilla lo sospechaba, Antonio sería ejecutado por distraer su lealtad con "debilidades civiles". El hijo de ambos no nacería en una cuna, sino en un campo de batalla.
Con movimientos mecánicos y manos gélidas, Isaí se dirigió al estante del fondo. Buscó entre los reactivos químicos que guardaba para análisis de laboratorio básicos. Necesitaba pruebas, no presentimientos. Mientras mezclaba las sustancias, su mente trabajaba a una velocidad frenética, trazando un plan de contención.
La estrategia contra Néstor era la prioridad. El Capitán no era tonto; su galantería era una forma de vigilancia. Si ella comenzaba a mostrar signos evidentes —náuseas matutinas, cambios físicos—, él lo notaría de inmediato. Tenía que fabricar una enfermedad. Una anemia severa o una secuela de alguna fiebre selvática que justificara su palidez y sus desmayos. Debía convencer a Néstor de que su debilidad era producto del sacrificio por el pueblo, no de la pasión por un insurgente.
—Tengo que ser mi propia paciente —se dijo, mientras observaba el cambio de color en el tubo de ensayo.
El resultado fue una bofetada de realidad. Positivo.
Isaí cerró los ojos y se apoyó contra la mesa de madera. Una lágrima solitaria recorrió su mejilla, pero no era de alegría. Era el llanto de quien sabe que acaba de heredar una guerra a un inocente. Ese pequeño ser era el fruto de aquella noche desesperada sobre la camilla, del aroma a selva de Antonio y de la urgencia de amarse antes de que el olvido los reclamara. Pero ahora, ese "milagro" era también la prueba irrefutable de su traición al orden impuesto por las botas de Néstor.
El segundo dilema era Antonio¿Cómo decírselo? Él ya estaba consumido por una "obsesión dura" y unos celos que lo hacían bordear la locura. Si le confesaba que esperaba un hijo suyo, Antonio no dudaría en bajar del monte y masacrar a media guarnición militar para llevársela. Su amor egoísta, ese que él mismo admitía, se volvería una fuerza suicida. Tenía que hablar con él, pero debía hacerlo con una cautela extrema, preparándolo para la idea de que su futuro ya no pertenecía solo a su venganza o a su ideología, sino a una vida nueva.
Pasaron las horas y el sol comenzó a asomarse por el horizonte, bañando el pueblo de una luz dorada que contrastaba con la oscuridad del alma de Isaí. Se lavó la cara con agua fría, borrando cualquier rastro de llanto. Se puso su bata blanca, abotonándola con fuerza, como si fuera una armadura.
Cuando los soldados de relevo golpearon la puerta para traerle el desayuno por órdenes de Néstor, Isaí los recibió con una máscara de profesionalismo gélido.
—Díganle al Capitán que acepto su oferta —dijo ella, con la voz firme—. Necesito suministros específicos para tratar una anemia crónica que me está afectando. Si voy a seguir curando a sus hombres, necesito curarme yo primero.
Era el primer movimiento de su ajedrez. Si lograba que Néstor creyera en su enfermedad, ganaría meses de tiempo. Tiempo para planear una huida, tiempo para que Antonio entendiera que la guerra se termina llevando todo lo que nos hace felices, a menos que aprendamos a esconder lo que más amamos.