La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
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La Tormenta
El sol del mediodía se alzaba con un brillo sereno cuando los tres jinetes avanzaron por el sendero que conducía a la primera de las granjas del valle.
Eleanor cabalgaba a la cabeza. William seguía su paso con expresión concentrada; y Frederick, detrás de ambos.
Al acercarse a la granja principal, un hombre de mediana edad salió a recibirlos. Sus ojos, hundidos bajo cejas pobladas, revelaban poca disposición al diálogo.
—Mi lady —saludó con un leve gesto que apenas podía considerarse reverencia—. No esperaba que viniese personalmente.
Eleanor desmontó con elegancia; un sirviente sostuvo las riendas.
—Dije que inspeccionaría los terrenos, señor Halford. Y cumplo mi palabra —respondió ella con serenidad..
—Las tierras han sido buenas, pero el duque… —Se interrumpió, como si recordara demasiado tarde ante quién se encontraba.
La duquesa se irguió.
—Puede hablar. Nada me ofende más que la mentira, pero nunca la verdad.
Halford respiró hondo.
—El duque Gregory prometió ciertos arreglos en el canal de riego. Nunca llegaron. Las lluvias del año pasado arruinaron media cosecha. Y ahora, cuando escuchamos que habrá nuevas inversiones, nos preguntamos si esta vez alguien cumplirá lo que prometen desde Wynthorne.
La tensión se palpó en el aire.
William intervino con tono conciliador.
—Entiendo su inquietud. Precisamente estamos aquí para evitar que vuelva a ocurrir.
Pero Halford no miraba al conde; sus ojos estaban clavados en la duquesa.
—Con su perdón, mi lady. Pero ya escuchamos promesas antes.
Eleanor sostuvo aquella mirada sin retroceder un ápice.
—Lo sé. No voy a justificar al duque en sus faltas. —Hubo un leve temblor en su voz, que ocultó con maestría—. Pero yo dirijo estas tierras ahora. Y doy mi palabra: antes del invierno, el canal estará restaurado.
Antes de que William respondiera, Frederick desmontó despacio y avanzó unos pasos. Su porte elegante contrastaba con la rudeza del hombre, pero había en su expresión una firmeza que no requería elevación de tono.
—la promesa de un noble que ha demostrado actuar no es viento, sino contrato moral. Si la duquesa dice que el canal estará restaurado, así será. Puede anotarlo como deuda ante nosotros, si lo desea.
Halford abrió los ojos, sorprendido por la intervención del marqués.
—¿Y usted quién es para hablar por la duquesa?
Frederick no pestañeó.
—Un inversionista. Y un hombre que reconoce el valor del trabajo ajeno. Si vuestra cosecha depende de nuestro proyecto, entonces somos socios, aunque no lo hayamos firmado aún. Y un socio escucha antes de acusar.
Las palabras, pronunciadas sin elevar la voz, ejercieron más presión que cualquier orden. Halford bajó ligeramente la cabeza, sin rendirse pero sí retrocediendo un paso.
Eleanor observó la escena con discreción, aunque por un instante la sombra de una sonrisa pasó por el borde de sus labios.
—Agradezco vuestra franqueza —dijo la duquesa, dirigiéndose al arrendatario—. Y espero que, cuando el canal esté reparado, recordéis que no todos olvidan sus compromisos.
Halford murmuró algo parecido a un agradecimiento y los guió hacia el límite sur de la propiedad. Recorrieron los campos, inspeccionaron la tierra húmeda, el cauce erosionado y las zonas anegadas. Fue un recorrido largo, bajo un cielo que empezaba a tornarse gris sin que nadie lo notara al principio.
—La brisa ha cambiado —comentó en voz baja a William—. Esto no será una simple llovizna.
La duquesa, que caminaba unos metros adelante, captó sus palabras.
—¿Una tormenta, marqués?
—Una severa —respondió él—. Las nubes avanzan rápido desde el oeste.
Halford, preocupado, apuró el paso.
—El granero está cerca. Deberían ponerse a resguardo, mi lady.
Pero antes de llegar, un trueno rasgó el cielo con una vibración tan potente que los caballos se encabritaron al unísono. Eleanor, que llevaba las riendas de su montura para continuar el trayecto, sintió cómo el animal retrocedía, giraba bruscamente y casi la arrastraba.
Frederick reaccionó de inmediato. Se lanzó hacia ella con decisión y tomó su brazo justo cuando la duquesa perdía el equilibrio. El contacto fue firme. Frederick sintió cómo el pulso de ella latía bajo su mano como un tambor acelerado.
—Gracias —dijo, aunque su voz apenas era un hilo.
Frederick soltó su brazo lentamente, como si temiera que al hacerlo desapareciera algo que aún no podía nombrar.
La lluvia comenzó a caer en gotas gruesas, violentas, empapando la tierra en segundos. Los sirvientes corrían, Halford gritaba indicaciones, y William señalaba hacia una construcción de madera a lo lejos.
—¡Al granero! —ordenó.
Los tres jinetes avanzaron con dificultad entre el barro recién formado. El granero era amplio; sus tablones crujían bajo la fuerza del viento. Al llegar, los hombres guardaron los caballos y entraron al interior, donde el olor a heno húmedo los envolvió.
La tormenta rompió sobre el techo. Eleanor respiró hondo.
William se acercó a una ventana pequeña.
—No podremos salir en un buen rato.
—Bien —dijo Eleanor, retirándose un mechón húmedo de la frente
Frederick se quitó los guantes mojados.
—Permítame, mi lady —se acercó para ayudarle—. Está empapada.
Ella se volvió hacia él justo cuando él extendía la mano.
William carraspeó suavemente desde el otro lado para recordarles que no estaban solos. Eleanor dio un paso atrás, recobrando la compostura.
Halford, que se había quedado en la entrada, tomó valor para hablar.
—Mi lady… acerca de mis palabras anteriores… quizá fui más duro de lo necesario.
Eleanor se volvió hacia él.
—La verdad rara vez hiere tanto como el silencio.
El hombre asintió, avergonzado.
—Lo tendré presente, mi lady.
La lluvia golpeó con más fuerza, una ráfaga abrió una ventana; la duquesa, al intentar cerrarla, resbaló y perdio el equilibrio. Frederick llegó a tiempo: la sujetó por la cintura.
La tormenta fue cediendo tras largos minutos. Cuando el cielo clareó lo suficiente como para permitir el regreso, el grupo salió del granero.
Halford los acompañó hasta la salida del terreno.
—Tendré listo el informe. Y… gracias por venir en persona, mi lady.
Eleanor inclinó la cabeza. Montaron nuevamente. William tomó la delantera esta vez. Con el cielo aún gris pero apaciguado, retomaron el camino hacia Wynthorne.