En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 19
Narrado por: Aura
Los arqueros de la Primavera tensaron sus cuerdas sobre los hombros de la Vanguardia corrompida. Las flechas, envueltas en fuego esmeralda, apuntaban directamente a nuestros pechos.
Elian dio un paso al frente en el atrio destrozado, levantando la Espada Verde.
—¡Fuego! —bramó el Príncipe del Sur.
—¡Sostente, humana! —rugió Caelum.
No me moví. Apreté la empuñadura de Deshielo.
Caelum no levantó un muro de escarcha para bloquear las flechas. En lugar de eso, levantó su lanza de hielo negro con ambas manos y la clavó directamente entre sus propias botas, golpeando el suelo de cristal del atrio con toda la fuerza de su núcleo recién curado.
—¡Quiebre! —gritó el Dios del Invierno.
El impacto no sonó. Se sintió. Una onda sísmica masiva atravesó la obsidiana.
Las flechas salieron disparadas de los arcos, pero nunca nos alcanzaron. Antes de que cruzaran la mitad del atrio, el suelo de cristal bajo nuestros pies, y bajo los pies de todo el ejército invasor, simplemente dejó de existir.
Cientos de toneladas de cristal liso, obsidiana y escarcha milenaria colapsaron hacia el abismo.
Gritos de terror llenaron el aire. La gravedad nos tragó.
Caí en la oscuridad absoluta, rodeada de pedazos de cristal del tamaño de carruajes, soldados con armaduras doradas agitándose en el vacío y bestias de madera rugiendo. El viento helado de las profundidades me golpeó la cara, arrancándome las lágrimas de los ojos.
Instintivamente, canalicé magia hacia mi mano derecha.
Las cicatrices plateadas de mis brazos no ardieron. Se iluminaron. Una llamarada de fuego esmeralda estalló en la hoja de Deshielo, iluminando el pozo en el que caíamos. El resplandor verde me mostró la pared de hielo vertical a tres metros de mí, bajando a una velocidad vertiginosa.
—¡Aura, a la pared! —la voz de Caelum resonó por encima del estruendo de los escombros cayendo.
Localicé su aura azul pálida cayendo unos metros por debajo de mí.
Giró en el aire, apuntando sus manos hacia el muro vertical del pozo. Un géiser de escarcha brotó de sus palmas, creando una rampa de hielo en espiral que sobresalía de la pared.
Aterricé sobre la rampa de escarcha con un impacto brutal, resbalando sobre mi espalda. Mis botas rasparon el hielo, disminuyendo la velocidad de mi caída hasta que choqué contra la bota de Caelum. Él había clavado una daga en el suelo para frenar.
El resto del techo destrozado y la vanguardia enemiga no tuvieron la misma suerte.
Cuerpos, armaduras y pedazos de gólems pasaron de largo por nuestro lado, estrellándose en la oscuridad del fondo con un estruendo húmedo y metálico que hizo temblar las paredes.
Me puse en pie a duras penas, apoyándome en el asta de la lanza de Caelum.
—¿Dónde estamos? —jadeé, levantando a Deshielo para iluminar nuestro entorno.
Estábamos en una cornisa estrecha, pegada a la pared de un túnel subterráneo gigantesco. El aire aquí era diferente; denso, rancio, y tan frío que el aliento se congelaba antes de salir de la boca.
—En las venas de la Fortaleza —Caelum arrancó su daga del hielo y se puso de pie, su túnica negra intacta, sus ojos escaneando la oscuridad bajo nosotros—. El laberinto inferior.
Un silbido cortó el aire.
Me eché hacia un lado por puro instinto. Una jabalina de madera verde se clavó en la pared de hielo a milímetros de mi oreja, astillando la escarcha.
Abajo, a unos veinte metros, en un rellano más amplio iluminado débilmente por esporas brillantes, varios soldados de la Primavera se estaban levantando de entre los escombros. Habían sobrevivido a la caída amortiguados por los cuerpos de los gólems destrozados.
—¡Están en la cornisa! —gritó un teniente de armadura dorada, señalando nuestra luz esmeralda—. ¡Trepen! ¡Traedme las redes!
Caelum me miró de reojo.
—No podemos quedarnos aquí parados. Si Elian cayó con ellos, destruirá este pilar en minutos.
—¿Hacia dónde? —pregunté, empuñando mi espada con ambas manos.
—Hacia el Núcleo Principal. Al fondo del laberinto. Si llego a la cámara de la raíz de la Fortaleza, puedo sellar todo el nivel inferior y sepultar a cincuenta mil soldados bajo mil toneladas de obsidiana.
—Entonces corre —le dije, poniéndome en marcha por la rampa de hielo descendente—. Yo te cubro la espalda.
Comenzamos a descender por el túnel en espiral a un ritmo suicida. Mis botas resbalaban en el hielo liso, pero el calor de mi espada derretía la escarcha lo justo para darme tracción.
Apenas llegamos al primer rellano ancho, la emboscada estalló.
Cuatro soldados de la Primavera, cubiertos de polvo de cristal y sangre, salieron de detrás de una estatua derruida de un rey antiguo. Llevaban hachas de batalla y escudos de bronce.
—¡Por el Sur! —rugió el primero, cargando contra Caelum.
—Abúrreme —murmuró el Dios del Invierno.
Caelum ni siquiera redujo la velocidad. Levantó la palma de su mano izquierda. El soldado se congeló en seco a dos metros de distancia, atrapado en un bloque de hielo sólido que estalló en mil pedazos un segundo después por la inercia de su propia carrera.
Los otros tres vacilaron.
Ese fue su error.
Me deslicé por el suelo helado, pasando por debajo de la guardia del segundo soldado, y le asesté un tajo ascendente con Deshielo. El fuego primigenio cortó el bronce de su escudo y su peto de cuero como si fueran hojas secas. El soldado se desplomó sin hacer ruido.
—¡Izquierda, Aura! —gritó Caelum.
Giré sobre mi talón derecho. El tercer soldado estaba a punto de clavar su hacha en mi nuca. Levanté la espada de cristal negro y bloqueé el golpe. El choque generó un fogonazo de luz verde. Le di una patada en la rodilla, escuchando el crujido del hueso, y cuando cayó hacia adelante, Caelum lo decapitó limpiamente con un movimiento fluido de su lanza.
El último soldado tiró su arma y corrió hacia la oscuridad del pasillo lateral.
No lo seguimos.
—El laberinto no es un túnel recto —dijo Caelum, señalando tres arcos de obsidiana que se abrían frente a nosotros en la oscuridad—. Cambia constantemente.
Una bola de niebla densa y pálida emergió del pasillo central, girando frenéticamente.
—¡Señor! —el Custodio se materializó, sus zarcillos temblando—. ¡Sobreviví a la caída! ¡El Príncipe Elian está reorganizando a la vanguardia corrompida en la caverna principal! ¡Están buscando la entrada al Núcleo!
—Guíanos, espíritu —ordenó Caelum, sin detenerse—. El camino más corto.
—¡Por la Galería de los Espejos, a la derecha! —el Custodio flotó rápidamente hacia el arco de la derecha, emitiendo un brillo pálido para mostrarnos los escalones rotos.
Corrimos tras él. El pasillo era estrecho, con paredes talladas en hielo negro tan pulido que reflejaba la luz esmeralda de mi espada, creando la ilusión de que cientos de Auras en llamas corrían junto a nosotros.
El sonido de pasos pesados, metálicos y arrastrados hizo temblar el suelo.
Frente a nosotros, bloqueando la salida de la galería, se alzó una figura colosal.
Era un gólem de la Vanguardia, pero estaba horriblemente mutilado. Una estaca de madera verde del tamaño de un tronco de abedul atravesaba su pecho de obsidiana. Raíces gruesas y palpitantes brotaban de la herida, envolviendo sus brazos y piernas de piedra, obligándolo a moverse contra su voluntad. El visor, antes de un rojo rubí brillante, ahora supuraba una luz verde tóxica.
—Es Kaelen —susurró Caelum, deteniéndose en seco. La tensión en su mandíbula era visible incluso en la penumbra.
El gólem corrompido levantó su maza, que ahora estaba cubierta de lianas espinosas.
—¡Corran...! —una voz distorsionada, agonizante, metálica y ahogada por el sonido de la madera crujiendo, salió del interior de la estatua—. ¡No puedo... detener... el golpe!
El gólem descargó la maza directamente hacia nosotros.
—¡Aura, al suelo!
Me tiré en plancha hacia adelante. La maza aplastó el hielo donde yo había estado parada un segundo antes, destrozando el suelo y enviando esquirlas de escarcha afiladas en todas direcciones. Una de las esquirlas me cortó la mejilla, dejando un rastro de sangre caliente.
Caelum saltó sobre el asta de la maza corrompida, corriendo por el brazo del gólem desafiando la gravedad. Invocó dos estacas de hielo absoluto y las clavó directamente en las juntas de los hombros de Kaelen.
—¡Perdóname, soldado! —gritó Caelum.
El hielo se expandió violentamente, destrozando la articulación de obsidiana y cortando las raíces invasoras. El brazo gigante cayó al suelo con un estruendo sordo.
Pero el parásito de madera no se rindió. Las raíces del pecho del gólem se alargaron como látigos y golpearon a Caelum en el aire, arrojándolo violentamente contra la pared de espejos de hielo. La pared se hizo añicos. Caelum cayó al suelo, tosiendo.
El gólem giró su visor verde hacia él y levantó su pie macizo para aplastarlo.
—¡Oye, maceta podrida! —grité.
Corrí hacia el gigante. Inyecté una llamarada masiva de fuego primigenio en Deshielo. La hoja se volvió incandescente, casi blanca. Salté sobre un bloque de hielo destrozado y me impulsé hacia arriba.
Clavé la espada directamente en el centro del tronco de madera verde que sobresalía del pecho del gólem.
El fuego del solsticio rugió. La madera corrupta chilló como un animal vivo. Las lianas se marchitaron, se volvieron negras y se convirtieron en cenizas en un segundo.
El visor del gólem parpadeó. El verde tóxico desapareció, reemplazado por un rojo rubí débil y puro.
—Gracias... portadora —susurró la voz de Kaelen en mi mente, justo antes de que la luz del visor se apagara para siempre. La estatua gigante se desplomó hacia atrás, inerte.
Caí al suelo, rodando para amortiguar el golpe. Aterricé al lado de Caelum, extendiéndole una mano cubierta de cicatrices plateadas.
—¿Entero? —le pregunté.
Caelum ignoró mi mano y se levantó solo, sacudiéndose el polvo de cristal de la capa.
—Era mi guardia personal de la Primera Era —dijo él, mirando el cadáver de obsidiana—. Mi hermano va a pagar por cada estaca que les ha clavado.
—¡Señor, no hay tiempo para los caídos! —chilló el Custodio, agitándose frenéticamente—. ¡Escuche!
El eco en el túnel nos trajo un sonido espeluznante.
Eran tambores. Tambores de guerra, lentos y pesados, resonando en los niveles superiores de las catacumbas. Y mezclado con los tambores, el sonido de miles de botas marchando en formación.
—Han encontrado el rastro de tu fuego —dijo Caelum, girándose hacia la oscuridad del pasillo—. Quedan tres niveles de descenso. ¡Avanza!
Corrimos.
El laberinto se volvió cada vez más estrecho y hostil. El hielo negro de las paredes comenzó a ser reemplazado por la roca madre desnuda de la montaña. La humedad del aire aumentó. Las trampas comenzaron a aparecer.
En un pasillo inundado de agua helada que nos llegaba a las rodillas, seis soldados de la Primavera nos emboscaron usando arpones atados a cuerdas.
Uno de los arpones se enganchó en mi hombrera de cuero, tirando de mí hacia el agua oscura.
—¡La tengo! —gritó el soldado, tirando de la cuerda desde una cornisa superior.
—¡No tienes nada! —repliqué. Agarré la cuerda con mi mano desnuda y canalicé fuego directamente a través del cáñamo. La llama esmeralda viajó por la cuerda en una fracción de segundo, alcanzando las manos del soldado antes de que pudiera soltarla. El hombre cayó gritando al agua, carbonizado.
Caelum barrió a los otros cinco creando una ola de hielo sólido que congeló el agua del pasillo, atrapándolos por la cintura hasta aplastarles las costillas bajo la presión térmica.
No nos detuvimos a comprobar los cuerpos.
Mis pulmones quemaban. Las cicatrices plateadas de mis brazos emitían un pulso de calor constante, actuando como una barrera térmica que me impedía congelarme en las aguas profundas, pero el esfuerzo físico me estaba pasando factura.
—Caelum... —jadeé, tropezando con un escalón invisible bajo el agua congelada.
Él me agarró por el brazo y tiró de mí.
—Cincuenta pasos más. Veo la cámara.
El pasillo estrecho se abrió abruptamente a una caverna de proporciones titánicas.
Era perfectamente circular. Las paredes estaban talladas en hielo negro, pero el centro de la sala estaba dominado por un pilar colosal de escarcha azul profundo que subía hasta perderse en la oscuridad del techo. Alrededor de la base del pilar, tres inmensas puertas de obsidiana sellaban el acceso al núcleo de la montaña.
Estaban grabadas con runas de la Primera Era.
Corrimos hacia las puertas.
—Abre el sello —dije, dándome la vuelta hacia el pasillo por el que acabábamos de entrar y levantando a Deshielo en guardia—. ¡Yo contengo la entrada!
Caelum no perdió el tiempo. Colocó ambas manos sobre la superficie helada de la puerta central y cerró los ojos. El aura azul de su cuerpo se intensificó, extendiéndose por las runas milenarias.
—El sello lleva mil años cerrado —murmuró Caelum, apretando los dientes—. Necesito un minuto ininterrumpido.
—¡No tenemos un minuto, Señor! —gritó el Custodio.
La oscuridad del túnel frente a mí cobró vida.
Antorchas de fuego verde se encendieron en sucesión. La vanguardia de infantería ligera de la Primavera salió en tropel del pasillo. Eran al menos cuarenta soldados, armados con cimitarras y escudos de bronce.
Al frente de la formación, un hombre alto con una armadura dorada abollada levantó su espada.
—¡Es un callejón sin salida! —gritó el capitán—. ¡El Príncipe ofrece oro por la cabeza del Dios y la chica viva! ¡Formación de cuña! ¡A ellos!
—¡Treinta segundos, Aura! —me avisó Caelum a mis espaldas, el sonido del hielo crujiendo llenando la sala.
Di un paso adelante. Ya no sentía miedo. Solo la pura adrenalina y el calor constante de la hoja en mis manos.
—¡Venid a buscar vuestro oro, cobardes! —rugí.
La primera línea chocó contra mí.
Golpeé el suelo con la bota y desaté un muro de fuego curvo. Las llamas esmeraldas impactaron contra los escudos de bronce, fundiéndolos al instante y quemando a los tres primeros soldados en la formación.
Pero eran demasiados. Los de atrás empujaron a sus compañeros caídos y saltaron sobre las llamas.
Una cimitarra cortó mi brazo izquierdo, apenas rozando la piel pero rasgando mi chaqueta. Giré sobre mi eje y decapité al atacante con un tajo ciego. Un segundo soldado intentó clavar su lanza en mi estómago. Usé la hoja de mi espada para desviar el asta, agarré al soldado del cuello de su coraza y lo arrojé contra un tercero.
—¡Cubridla de redes! —ordenó el capitán desde atrás.
Tres redes de lianas espinosas volaron hacia mí en la oscuridad.
No podía esquivarlas todas. Corté dos en el aire con un arco de fuego cruzado, pero la tercera me golpeó en el hombro derecho, clavando espinas del tamaño de clavos en mi carne.
Grité por el dolor, pero no solté a Deshielo. El veneno de las lianas intentó entrar en mis venas, pero mis cicatrices plateadas pulsaron, incinerando la toxina al contacto con mi sangre. Agarré la red con mi mano izquierda y tiré de ella, atrayendo al soldado que la sostenía directamente hacia la punta de mi espada hirviente.
Lo atravesé de lado a lado.
—¡Quince segundos! —bramó Caelum. Las runas de la puerta de obsidiana brillaban ahora con un azul cegador.
El capitán enemigo se dio cuenta de lo que estaba pasando.
—¡Están abriendo el núcleo! ¡Ignorad a la chica! ¡Matad a Caelum!
Cinco soldados rompieron la línea y corrieron en círculo, rodeándome para llegar hasta el Dios del Invierno. Caelum estaba indefenso, con las manos pegadas a la puerta, canalizando toda su magia en la cerradura.
—¡Ni lo soñéis! —grité.
Lancé mi espada al aire. Mientras Deshielo giraba, di una patada al suelo de hielo y levanté una estalagmita afilada de escarcha con la punta de mi bota, golpeándola como si fuera un proyectil. La estaca de hielo salió disparada y se clavó en la espalda de uno de los soldados que corrían hacia Caelum.
Atrapé mi espada en el aire justo a tiempo para bloquear el golpe vertical del capitán de armadura dorada.
—¡Eres muy obstinada para ser una simple batería! —gruñó el hombre, empujando su pesada hoja contra la mía.
—Y tú muy feo para llevar oro —le sonreí, mostrando los dientes manchados de sangre.
Deslicé la empuñadura, dejando que su fuerza lo desequilibrara hacia adelante, y le conecté un rodillazo directo en la mandíbula inferior. El crujido de sus dientes rompiéndose resonó en la cueva. El capitán cayó de espaldas, inconsciente.
Pero los otros cuatro soldados habían llegado a Caelum.
Levantaron sus espadas para apuñalarlo por la espalda.
—¡Caelum!
Un sonido sordo, como el descorche del océano profundo, sacudió el aire.
Las puertas colosales de obsidiana se abrieron de golpe, succionando el aire de la sala.
Caelum se giró a una velocidad inhumana. Su aura estalló. No usó un arma. Simplemente extendió su mano derecha abierta hacia los cuatro soldados.
Una onda de choque de escarcha azul sólido, a doscientos grados bajo cero, barrió la plataforma.
Los cuatro soldados se congelaron en pleno movimiento. Sus armaduras, sus armas, sus ojos abiertos por el pánico... todo se convirtió en estatuas de hielo opaco en un abrir y cerrar de ojos. Caelum cerró el puño y las cuatro estatuas se hicieron polvo, colapsando sobre el suelo en una montaña de nieve sangrienta.
Los soldados restantes en el pasillo retrocedieron horrorizados.
—¡Aura, adentro! —ordenó Caelum, agarrándome del brazo y tirando de mí hacia el interior del Núcleo Principal.
Entramos.
Las puertas de obsidiana comenzaron a cerrarse a nuestras espaldas con un mecanismo pesado y rítmico.
—Lo logramos —susurré, apoyándome en las rodillas mientras la pesada puerta se cerraba con un golpe hermético que nos dejó en el silencio absoluto de la cámara acorazada—. Estamos en la raíz. Puedes sellar la montaña.
Caelum no respondió.
Levanté la vista hacia él. El Dios del Invierno estaba paralizado, mirando hacia el centro de la sala. La escarcha de su capa se estaba derritiendo a un ritmo alarmante.
Me giré lentamente, levantando la luz esmeralda de mi espada.
La Cámara del Núcleo Principal no estaba vacía.
El enorme pilar de hielo que sostenía la magia de la Fortaleza, la batería central que mantenía al norte congelado, estaba agrietado de arriba a abajo.
Y de pie frente a él, iluminado por el resplandor de sus propias lianas, estaba el Príncipe Elian.
No había usado el pasillo. Había cavado directamente a través de un kilómetro de hielo sólido usando las bestias de madera corrompida, y ahora estaba allí, apoyando la mano en el corazón de la Fortaleza, con una sonrisa torcida y la Espada Verde clavada en el hielo.
—Me ahorraste el trabajo de derribar la puerta, hermano —dijo Elian, su voz reverberando en la cúpula gigante.
Elian giró la Espada Verde dentro del hielo primigenio.
El pilar central de la Fortaleza emitió un quejido agudo y ensordecedor, como el llanto de mil ballenas, y una fisura verde venenosa comenzó a trepar hacia el techo.
Estábamos encerrados en el cuarto de máquinas, y Elian acababa de encender la mecha de la bomba.