Sebastián lo tenía todo: un reino próspero, un cabello pelirrojo que era la envidia de la nobleza y una lengua tan afilada que podía humillar a un mago en tres segundos. Pero el exceso de sarcasmo tiene un precio. Tras insultar al hechicero equivocado, Sebastián despierta convertido en un cangrejo y es arrojado a las profundidades del océano.
Su suerte no mejora cuando es capturado por Rubí, la princesa del Reino Marino. Llamada así por sus hipnotizantes ojos rojos, Rubí es una sirena de una belleza letal y una personalidad... impredecible. Un momento es un ángel dulce que acaricia tus pinzas, y al siguiente está picando perejil mientras decide si te prefiere hervido o a la plancha.
Atrapado en una jaula de cristal y bajo la vigilancia de una "loca" con cambios de humor extremos, Sebastián deberá encontrar la forma de romper su hechizo antes de convertirse en el almuerzo real.
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capítulo 14
El vapor del caldero envolvía a Sebastián en una mortaja blanquecina y letal. Sus patas traseras ya resbalaban por la curvatura del hierro ardiente, y el agua burbujeante salpicaba su vientre con una furia que prometía un final culinario inmediato. Baltazar, con su garra negra extendida y una sonrisa que era un tajo de oscuridad en su rostro humanoide, saboreaba el momento. Rubí seguía aferrada a su cuello, manteniendo su máscara de frialdad, aunque por dentro sus vísceras se retorcían como anguilas en una red.
—Es hora de que este "príncipe" sepa lo que es el calor verdadero —siseó Baltazar, su dedo rozando el caparazón de Sebastián para darle el empujón final.
Pero el destino de Helios no estaba escrito en agua hirviendo.
Desde la penumbra de las vigas superiores, una mancha de sombra absoluta se materializó. **Sombra**, la gata negra, no había olvidado el aroma de su dueño, ni tampoco el rencor hacia el intruso escamoso que la había pateado hacia la piscina. Con un maullido que sonó como un trueno desgarrado, la felina se lanzó al vacío. No cayó sobre Sebastián, sino directamente sobre la cabeza de Baltazar, hundiendo sus garras de obsidiana en el cuero cabelludo y las mejillas del naga.
—¡MALDECIDA BESTIA! —rugió Baltazar, soltando el borde de la olla para intentar arrancarse a la gata de la cara.
El caos fue instantáneo. Baltazar se tambaleó hacia atrás, braceando ciegamente. Rubí, aprovechando la fracción de segundo en la que el naga perdió la visión, soltó su abrazo y actuó con la precisión de un rayo. Con un movimiento rápido de su dedo índice, le dio un **chisguetazo** certero a Sebastián, lanzándolo por los aires lejos del vapor mortal.
—¡Vuela, estúpido! —susurró ella entre dientes.
Sebastián salió disparado, describiendo una parábola sobre las mesas de carnicería. Justo antes de chocar contra el suelo, un par de manos enguantadas en seda fina lo atraparon en el aire. **Aurelia**, que había estado observando el horror desde detrás de un pilar, no esperó a que le dieran permiso. Con el rostro bañado en lágrimas de pánico y su cabello morado desordenado, apretó al cangrejo contra su pecho y echó a correr por los pasillos de servicio.
—¡No dejaré que te cocinen! ¡No en mi guardia! —sollozaba Aurelia mientras sus zapatos de tacón resonaban contra la piedra.
Pasaron horas antes de que el palacio recuperara una calma tensa. Baltazar, con el rostro cruzado por arañazos sangrientos, se había retirado a sus aposentos jurando venganza contra "la plaga peluda" del reino. Rubí, tras fingir que ella también buscaba al "ingrediente fugitivo" para calmar las sospechas del naga, finalmente logró escabullirse hacia la zona más privada de los jardines reales, donde sabía que Aurelia solía esconderse.
Encontró a Sebastián sobre una mesa de piedra, bajo la luz de la luna. Aurelia se había quedado dormida en un banco cercano, agotada por el drama. El príncipe-cangrejo estaba solo, limpiándose los restos de harina y vapor con una parsimonia dominante que ocultaba el hecho de que casi muere hervido.
Rubí se acercó lentamente. Ya no había risas locas, ni sollozos de teatro. Sus ojos rojos estaban cargados de una culpa genuina que le pesaba más que el agua del abismo.
—Sebastián... —murmuró ella, deteniéndose a un metro de la mesa.
El cangrejo no se giró. Sus ojos pedunculados permanecieron fijos en el horizonte, ignorando su presencia con una frialdad que cortaba más que cualquier pinza.
—Sé lo que piensas —continuó Rubí, dando un paso más—. Piensas que te traicioné. Que te arrojé a la muerte para salvar mi pellejo con Baltazar. Pero tenías que entender... si él sospechaba que me importas, te habría aplastado allí mismo. Tuve que hacerlo.
Sebastián finalmente movió una pinza, golpeando la piedra con un sonido seco y autoritario.
—Me lanzaste a un caldero hirviente, Rubí. No me des discursos sobre "estrategia". Sentí el hierro quemarme las patas mientras tú te abrazabas a ese monstruo.
—¡Fue un chisguetazo calculado! —exclamó ella, desesperada—. ¡Sabía que Sombra atacaría! ¡Te puse a salvo de la única forma que podía sin que él nos matara a ambos!
—No me mires, Rubí —chirrió Sebastián, su voz cargada de un egocentrismo herido y una dignidad inquebrantable—. No quiero tus disculpas, ni tus explicaciones. Me usaste como un juguete para tu actuación de sirena mártir. Preferiría haber terminado en el estómago de Sombra que ser el objeto de tu "piedad" demente. Vete.
Rubí sintió un nudo en la garganta. Ella, que siempre había sido la depredadora, la que jugaba con sus víctimas, ahora se encontraba mendigando el perdón de un marisco orgulloso. Pero no se rindió. El lado posesivo de su personalidad chocó con el muro de piedra de Sebastián.
Al día siguiente, el asedio de Rubí comenzó.
Primero, intentó el camino de la **opulencia**. Apareció en la habitación donde Sebastián se refugiaba con una bandeja de plata llena de las algas más finas traídas de las corrientes cálidas del sur, sazonadas con perlas trituradas que eran un manjar para cualquier ser marino.
—Es para reponer tus fuerzas, Cangrejito —dijo ella con una voz dulce y sumisa.
Sebastián ni siquiera miró la bandeja. Usó una pinza para empujar una hoja de lechuga marchita que Aurelia le había dejado, demostrando que prefería la basura terrestre antes que sus lujos oceánicos.
Después, intentó la **humillación**. Rubí se arrodilló frente a la pequeña plataforma donde él estaba.
—Si quieres, puedes pellizcarme. ¡Aquí mismo! —dijo señalando su brazo—. Un pellizco por cada grado que subió la temperatura del agua. Te dejaré que me dejes marcas, Sebastián. Solo deja de ignorarme.
Sebastián se dio la vuelta, dándole la espalda de caparazón, manteniéndose en un silencio absoluto que la volvía loca.
Finalmente, intentó la **magia del entretenimiento**. Rubí comenzó a realizar danzas submarinas en el aire usando esferas de agua encantada, recreando batallas épicas y paisajes del Reino Marino para distraerlo. Cantó baladas que hacían llorar a las rocas, pero Sebastián permanecía impasible, calculador, como si estuviera contando los segundos para que ella se cansara y se fuera.
—¡Eres el ser más testarudo de los dos mundos! —estalló Rubí tras tres horas de intentos fallidos—. ¡Casi mueres, sí! ¡Pero estás vivo! ¿No puedes entender que te salvé la vida?
—Me diste un chisguetazo —repitió Sebastián, su voz resonando con una frialdad dominante—. Y me entregaste emocionalmente a ese naga. No me pidas que te perdone por salvarme de un fuego que tú misma ayudaste a avivar con tus mentiras. Puedes traer todas las perlas del mar, Rubí, pero mi confianza no está en el menú.
Rubí se sentó en el suelo, con los hombros caídos. Por primera vez en su vida, se dio cuenta de que no podía forzar una emoción, ni siquiera en un cangrejo. Sebastián, seguro de sí mismo y más egocéntrico que nunca, disfrutaba de su poder sobre ella. Sabía que mientras mantuviera su silencio, él era quien tenía el control, y Rubí, la princesa del caos, estaba encadenada a su necesidad de ser perdonada por el bocado más difícil que jamás había intentado tragar.
—No me voy a ir —susurró Rubí, mirando al pequeño ser rojo—. Me quedaré aquí hasta que me mires. Aunque Baltazar queme el palacio, no te dejaré solo de nuevo.
Sebastián solo hizo un pequeño chasquido con su pinza, un sonido que podía interpretarse como desdén o, quizás, como el primer y más sutil reconocimiento de que, a pesar de todo, ella seguía ahí. Pero por ahora, el silencio seguía siendo su mejor arma.