Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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Sin memorias
El silencio que siguió fue denso, cargado del olor a ozono y metal que siempre acompañaba a Mara. Ella soltó el brazo de Adrian con una lentitud deliberada, limpiándose una mota de polvo inexistente de su chaqueta de cuero. La sonrisa radiante de "novia enamorada" se desvaneció de su rostro como un holograma apagado, dejando paso a la expresión clínica y gélida de la analista jefe de Helix.
—¿Qué demonios fue eso, Mara? —la voz de Adrian vibró con una furia que no pudo contener. Sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que los nudillos le blanqueaban—. Has destruido lo único que...
—He salvado la misión, Adrian —lo cortó ella, cruzándose de brazos y mirándolo con una mezcla de lástima y desprecio—. Estabas a punto de confesar. Tus micro-expresiones, tu dilatación pupilar, el tono de tu voz... ibas a entregarle nuestra existencia a una aberración biológica por un arrebato de culpa sentimental. La Orden no entrena mártires, entrena activos.
—¡Son personas! —rugió Adrian, atrayendo las miradas de un par de estudiantes que pasaban cerca. Se obligó a bajar la voz, pero el veneno seguía allí—. Lo que hiciste fue una manipulación barata. Me has dejado sin salida.
—Te he dejado exactamente donde perteneces: con nosotros —replicó Mara sin inmutarse—. Ahora, camina hacia el coche. Daniel nos espera en la Central. Los sensores informaron de una anomalía en tu lóbulo frontal tras el ritual del Enclave. Tus niveles de empatía están fuera de los parámetros permitidos. Necesitas una revisión profunda, Valerius. Ahora.
Adrian sintió el frío metálico en su nuca. Sabía que si se negaba, Mara daría la señal y los agentes de apoyo que seguramente estaban camuflados entre la multitud lo reducirían allí mismo. Caminó hacia el sedán negro, sintiendo que cada paso lo alejaba más de la luz dorada de los ojos de Aeryn y lo hundía más en las sombras de mercurio de su linaje.
La Central de la Orden Helix era un complejo de cristal y titanio enterrado bajo el distrito financiero de la ciudad. Al entrar, Adrian fue conducido directamente al Nivel 7: el Departamento de Neurología y Reacondicionamiento. El aire allí era tan puro que resultaba irritante, y el zumbido de los servidores era un recordatorio constante de que, en ese lugar, la carne era secundaria a la información.
Daniel lo esperaba en la sala de operaciones, hablando en voz baja con dos médicos que vestían trajes de aislamiento biológico.
—Acuestate en la camilla —ordenó Daniel sin siquiera mirarlo a los ojos—. Adrian, los informes de Mara son concluyentes. La exposición a la magia de contacto de las "Crónicas de Sangre" ha causado un daño estructural en tus inhibidores. Has desarrollado una fijación emocional con el objetivo que compromete la seguridad de nuestra Orden.
—No es un daño, Daniel. Es que finalmente puedo ver la verdad —dijo Adrian, resistiéndose cuando los enfermeros intentaron sujetar sus muñecas a la camilla metálica—. No necesito una revisión. Necesitan escuchar lo que vi. El Enclave no es una amenaza, nosotros lo somos.
Los médicos intercambiaron una mirada preocupada. Uno de ellos consultó una pantalla táctil que mostraba un mapa de calor del cerebro de Adrian. Las áreas de la compasión, la memoria episódica y el afecto brillaban en un rojo intenso, desafiando la lógica fría que Helix exigía.
—Señor —dijo el médico jefe, dirigiéndose a Daniel—, la contaminación neuro-mística es más profunda de lo que pensábamos. No basta con un reajuste químico. Los patrones de memoria están entrelazados con su identidad básica. Si queremos recuperar al agente Valerius, necesitamos un Reinicio de Nivel Sigma.
Adrian sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Sabía lo que era el Nivel Sigma. Era el eufemismo que usaba la Orden para el borrado total de la memoria reciente. No solo olvidaría el nombre de Aeryn; olvidaría el sabor del pan en el Enclave, el calor de la piedra de Miri, la visión del estanque... olvidaría quién era él realmente.
—No —dijo Adrian, luchando con una fuerza desesperada contra las correas de cuero y acero—. No me quitarán esto. No tienen derecho. Daniel, ¡mírame! Soy un Valerius. Mi lealtad es...
—Tu lealtad es hacia la supervivencia de la humanidad, no hacia tus sentimientos —sentenció Daniel, acercándose a la camilla—. Y ahora mismo, tus sentimientos son un arma en manos del enemigo. Procedan.
—¡Daniel, detente! —gritó Adrian—. ¡He visto lo que vamos a hacer! ¡He visto el fuego! ¡Aeryn no merece...!
Sus palabras fueron ahogadas por una máscara de oxígeno que descendió del techo. Mara se acercó y le puso una mano fría en la frente, no como un gesto de consuelo, sino como quien sujeta una pieza antes de soldarla.
—Duerme, Adrian —susurró ella—. Cuando despiertes, el mundo volverá a ser ordenado. No habrá bosques, ni lunas, ni promesas rotas. Solo estarás tú y tu deber.
Adrian intentó concentrarse en la imagen de Aeryn. Trató de aferrarse al recuerdo de su risa, al calor de la piedra que aún estaba en su chaqueta, confiscada en la entrada. Pero el líquido plateado comenzó a fluir por su vía intravenosa.
El proceso comenzó.
Primero, las luces de la sala se volvieron blancas, luego grises. Adrian sintió una presión inmensa detrás de sus ojos, como si miles de agujas microscópicas estuvieran descosiendo el tejido de sus recuerdos. Vio la cara de Aeryn bajo el roble de la universidad, pero la imagen comenzó a pixelarse, a desvanecerse en una estática fría. Intentó gritar su nombre, pero su lengua ya no respondía.
En las pantallas de monitoreo, los bloques de memoria que contenían los últimos meses de su vida empezaron a ser marcados con el código "DELETED". Los archivos sobre el Enclave, las sensaciones táctiles, el aroma a lluvia del bosque... todo estaba siendo sobrescrito por el protocolo de fábrica de la Orden.
Adrian sintió un vacío abismal expandiéndose en su pecho. Era como caer en un pozo sin fondo donde la oscuridad no era la ausencia de luz, sino la ausencia de ser. Lo último que vio antes de que su mente se apagara por completo fue un destello de luz cian, el eco de las Crónicas de Sangre, que se resistía a morir en un rincón recóndito de su subconsciente.
—Reinicio al 45%... 60%... —la voz mecánica de la computadora resonaba en la sala estéril—. Eliminando conexiones neuronales no autorizadas. Restaurando integridad del perfil Valerius.
Daniel y Mara observaban el monitor con una satisfacción gélida. El pulso de Adrian, que había estado agitado y errático, comenzó a descender rítmicamente hasta estabilizarse en los sesenta latidos por minuto que la Orden exigía. La línea era plana. La máscara de la máquina había vuelto a cubrir al hombre.
—95%... 100%. Reinicio completado —anunció el sistema.
Adrian Valerius se quedó inmóvil en la camilla. Sus ojos estaban abiertos, pero no veían nada. Eran dos espejos grises que no reflejaban ni amor, ni odio, ni memoria. La Orden Helix lo había logrado: habían matado al traidor para salvar al arma.
Mientras los médicos retiraban los cables, Daniel se inclinó sobre él.
—¿Adrian? ¿Puedes oírme?
El joven parpadeó lentamente. Sus rasgos se endurecieron, recuperando la simetría perfecta y fría de un soldado de élite.
—Afirmativo, señor —respondió Adrian. Su voz era plana, desprovista de cualquier matiz emocional—. Informe de situación: ¿Cuál es mi próximo objetivo?
Daniel sonrió por primera vez en días.
—Tu objetivo es la localización y neutralización de una anomalía biológica en el sector norte, conocida como el Enclave. Prepárate para el despliegue de la Purga Solar.
Adrian se incorporó con movimientos precisos y mecánicos. No sentía el peso de la piedra de Miri. No sentía el vacío de Aeryn. Solo sentía el llamado del deber. El cazador había regresado, y esta vez, no tenía un corazón que lo detuviera.