dioses, vampiros y amor
NovelToon tiene autorización de Dania B para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 23
El ambiente en el castillo de Rubén se volvió asfixiante, no por la oscuridad, sino por la despedida inminente. La nostalgia no era suficiente para retener a un guerrero que ya había escuchado el llamado de la guerra.
El Santuario de los Siglos
Rubén guio a Shion hacia esa sala apartada, un lugar donde el tiempo no se atrevía a entrar. Al cruzar el umbral, Shion sintió que el aire le faltaba. Las paredes estaban cubiertas con los fragmentos de su propia tragedia: armaduras abolladas de siglos pasados, túnicas de seda de eras donde intentó ser solo una mujer, y en el centro, protegida por un cristal, la pequeña y andrajosa túnica que llevaba puesta el día que la lluvia y el destino la pusieron en el camino del Rey de los Vampiros
FLASHBACK: El Origen de la Hija de las Sombras
Rubén recordó aquel día con una nitidez que le dolía. Shion, una niña humana de ojos demasiado viejos para su pequeño rostro, rebuscando entre la basura de los barrios bajos. Él y Lilit la adoptaron no como una mascota, sino como la hija que el destino les había negado. La vida fue hermosa, una burbuja de luz en medio de la inmortalidad de Drácula, hasta que el odio de los hombres estalló.
El fuego de los aldeanos no solo quemaba madera; quemaba el refugio de un hombre que solo quería ser padre. Shion, con apenas 15 años y el peso de sus recuerdos humanos gritándole que se sacrificara, eligió el fuego. Rubén recordó el olor a carne quemada y el sonido de los golpes. Recordó haberla encontrado entre las cenizas, una flor marchita a punto de desvanecerse.
—No me dejes... —había suplicado él, el ser más poderoso de la tierra, arrodillado y llorando como un niño.
La mordida fue un acto de desesperación y amor puro. La convirtió para salvarla, pero al hacerlo, la marcó con una maldición doble: la sed de sangre y la atención de los Dioses. Desde entonces, el ciclo se volvió una tortura para Rubén. La veía ser llevada por el Olimpo, la veía pelear, y siempre, invariablemente, la veía morir. La mitad vampiro le daba fuerza, pero no la protegía del destino que los Dioses habían escrito para ella. Cada vez que Shion moría, Rubén se quedaba solo en la oscuridad, contando los años hasta que ella volviera a nacer, solo para repetir el calvario.
El Regreso del Caballero
De vuelta al presente, Rubén se arrodilló ante ella. No como un rey, sino como un padre destrozado. La abrazó con fuerza, hundiendo su rostro en su hombro, y con la voz rota por milenios de pérdidas, le hizo la única petición que importaba:
—Vive. Por todo lo que más quieras, Shion... esta vez, vive.
Shion sintió que el nudo en su garganta la asfixiaba. Se apartó con delicadeza, besó la mejilla de su padre y le dedicó una sonrisa que guardaba toda la fuerza de sus vidas pasadas. Era la sonrisa de quien ya no tiene miedo a la muerte, sino a la servidumbre.
Antes de que ella cruzara el umbral, Rubén le entregó la segunda katana. Al sentir el peso de ambas armas legendarias en sus manos, la energía de Shion estalló. El aire alrededor de ella se volvió una tormenta de chispas carmesí y plata. Ya no era la niña rescatada del barro, ni la prisionera de los Dioses.
El Asalto al Cielo
Shion salió al balcón del castillo. El aire frío de la tormenta le azotó el rostro, pero ella ya no estaba allí. Con un pensamiento, desenvainó ambas katanas, cuyo metal vibraba con un hambre de justicia divina.
En un estallido de teletransportación que rasgó el tejido de la realidad, Shion apareció frente a las Grandes Puertas del Olimpo. El mármol blanco brillaba bajo una luz antinatural, pero la sombra de Shion se proyectaba larga y oscura sobre la entrada sagrada.
Dentro del JNC, Usui y los demás sintieron el golpe de energía. Sabían que ella ya no estaba en el castillo. El mapa de Hermes brilló intensamente, apuntando hacia lo más alto del firmamento.
—Ella fue por ellos... sola —susurró Usui, sintiendo que su sangre de Ares entraba en ebullición—. ¡Muevanse! ¡Si ella va a caer, caeremos con ella!
Shion, de pie frente a las puertas que la habían mantenido encadenada durante eones, levantó sus katanas. No hubo advertencia, no hubo gritos. Solo el silencio de un monstruo que venía a cobrar una deuda de sangre.
—He vuelto —dijo Shion, y sus palabras resonaron en cada rincón del Olimpo, haciendo que los tronos de los dioses temblaran por primera vez en la eternidad—. Y esta vez, no hay cadenas que me detengan.
Con un movimiento quirúrgico, Shion cruzó sus espadas y atacó el portal sagrado. El juicio final no lo dictarían los dioses; lo dictaría el Caballero.