Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 16: El Precio del Silencio
El estruendo de la segunda explosión fue tan cerca que la camioneta blindada se levantó del suelo, aterrizando con un golpe seco que hizo saltar los airbags. El humo blanco de los químicos se filtró por el sistema de ventilación, y el pitido sordo en los oídos de Elena Vargas le impedía escuchar los gritos de Maira.
—¡Están aquí! ¡Silas nos tiene en la mira! —rugió Valeria, pateando la puerta abollada de la camioneta para salir. Tenía el rostro manchado de hollín y sangre, pero sus ojos de fiera herida brillaban con una resolución mortal.
Elena sacudió la cabeza, tratando de enfocar la vista. Vio a su madre, Beatriz, temblando en el asiento trasero, atrapada en un trance de terror. Samael ya estaba afuera, usando la puerta del conductor como escudo mientras devolvía el fuego contra las sombras que se movían entre la niebla del bosque.
—¡No vamos a salir todos de esta! —gritó Val, cambiando el cargador de su fusil con una rapidez mecánica—. Maira, agarra el equipo. Leni, llévate a tu mamá por el barranco. Hay un sendero que lleva al río. ¡Corran!
—¡No te voy a dejar, Val! —gritó Elena, bajándose del vehículo con su pistola en alto.
—¡Es una orden, Leni! —Valeria la miró por un segundo, y en esa mirada hubo una ternura fugaz, una despedida que Elena se negó a aceptar—. Tú eres la que tiene que llegar al yacimiento. Yo soy la que se asegura de que nadie te siga. ¡Váyanse ya!
Samael agarró a Elena del brazo, tirando de ella con una fuerza de dominación que no aceptaba réplicas.
—Si te quedas, ella muere en vano. ¡Muévete, Leni!
Elena vio, como en cámara lenta, cómo Valeria corría hacia el centro del camino, atrayendo el fuego de los mercenarios de Silas hacia ella. Val era una danza de plomo y furia, una guerrera protegiendo a su familia. Fue la última imagen que Elena tuvo de su amiga antes de que Samael la obligara a saltar por el terraplén hacia la oscuridad de la selva.
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Caminaron durante horas bajo una lluvia torrencial que borraba sus huellas pero también enfriaba sus huesos. Maira lloraba en silencio mientras ayudaba a Beatriz a caminar. Finalmente, encontraron una cueva natural oculta por una cortina de helechos gigantes. Estaban a salvo del rastreo térmico, pero el silencio era más pesado que el ruido de las balas.
Maira y Beatriz se acomodaron en el fondo de la cueva, agotadas. Elena se quedó cerca de la entrada, mirando la lluvia. La culpa la devoraba. Valeria estaba en manos de Silas, y todo por su culpa, por su distracción, por su debilidad por el hombre que ahora estaba de pie detrás de ella.
Samael se acercó. No traía consuelo en sus manos, sino una intensidad que quemaba. La agarró por los hombros y la obligó a girarse hacia él. Elena tenía los ojos secos, inyectados en sangre por la rabia.
—Mátame —le soltó ella, su voz un susurro ronco—. Debería haberme quedado con ella. Soy una cobarde.
—No eres una cobarde, eres una reina que acaba de perder a su torre —respondió Samael, su mandíbula apretada mientras la acorralaba contra la pared de piedra húmeda—. Y si no canalizas esa rabia, Silas nos va a encontrar antes del amanecer.
Samael la besó con una pasión salvaje que buscaba arrancarle el dolor. Elena intentó empujarlo, pero sus manos terminaron enredadas en su camisa, aferrándose a él como si fuera lo único sólido en un mundo que se caía a pedazos. El deseo nació de la desesperación, de la necesidad de sentir que seguían vivos mientras Valeria, quizás, estaba muriendo.
Él la alzó, sus manos grandes de dedos largos apretando sus glúteos con una fuerza que le recordó a Elena su dominación. La sentó sobre una roca plana, abriéndole las piernas con una urgencia que no permitía preliminares. El frío de la cueva contrastaba con el calor febril que emanaba de sus cuerpos. Samael le bajó el traje táctico hasta la cintura, dejando sus pechos firmes y de piel canela expuestos a la luz tenue de la luna que se filtraba por los helechos.
Él bajó su cabeza y comenzó a devorar su cuello, mordiendo y succionando hasta dejar marcas que arderían por días. Elena soltó un gemido que fue una mezcla de placer y sollozo. Sus manos recorrieron los hombros anchos de Samael, buscando su piel, necesitando su calor.
—Haz que me olvide... por favor —suplicó ella, con los ojos cerrados.
Samael se deshizo de su ropa y la penetró de una sola embestida, profunda y potente, que hizo que Elena soltara un grito ahogado en su hombro. El ritmo fue agresivo, una lucha de cuerpos atléticos que buscaban la redención en el placer. Cada estocada de Samael era un reclamo, una forma de decirle que ella le pertenecía, incluso en medio de la tragedia. La sujetaba por las muñecas contra la piedra, mirándola fijo con sus ojos gris acero que ahora eran puro fuego azul.
Elena rodeó su cintura con las piernas, apretándolo contra ella con una ferocidad que buscaba consumirlo. Sus gemidos se volvieron rítmicos, acompasados con el sonido de la lluvia afuera. El sudor les cubría la piel, brillando como barniz bajo la penumbra. El clímax los alcanzó con una fuerza devastadora, un estallido que los dejó a ambos vacíos y temblando, unidos por un pacto de piel y culpa que nadie podía romper.
Minutos después, Elena estaba sentada en el suelo, envuelta en la chaqueta de Samael. Él estaba de pie en la entrada de la cueva, vigilando la oscuridad con su arma en la mano.
—Valeria no está muerta —dijo Samael, sin mirarla—. Silas no la mataría tan rápido. Ella es el cebo para que tú salgas de tu escondite.
Elena se levantó, su rostro volviéndose de nuevo una máscara de gema tallada para cortar. La ternura que sentía por sus amigas se había transformado en un acero frío y letal.
—Si él le toca un solo pelo a Val, voy a quemar la mansión Blackwood contigo adentro si es necesario, Samael.
Samael se giró, y por un segundo, Elena vio un destello de respeto en su mirada de depredador.
—No esperaba menos de ti, Leni. Pero para rescatarla, necesitamos lo que hay en el yacimiento. Necesitamos el poder de las Esmeraldas de Sangre para comprar su libertad o para financiar su venganza.
De repente, Beatriz se despertó en el fondo de la cueva. Su voz sonó clara, despojada de la niebla de los sedantes.
—Estamos cerca. Puedo oler el azufre y el agua dulce. El lugar donde Antonio y tu padre sellaron su pacto... está bajo la cascada de los Siete Vuelos.
Elena miró a Maira, que estaba despertando también, con los ojos hinchados de tanto llorar. La lealtad del grupo había sido herida, pero el objetivo estaba a la vista.
—Mañana llegamos a la cascada —dijo Elena, cargando su arma—. Y después, vamos por Valeria. Y esta vez, no habrá piedad para nadie que lleve el apellido Blackwood, excepto tú... si te mantienes a mi lado.
Samael no respondió, pero asintió levemente. Sabía que la mujer que acababa de poseer en la roca ya no era la misma que entró en su oficina semanas atrás. El misterio estaba llegando a su fin, y la guerra de verdad apenas comenzaba.