El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.
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LA CAÍDA DEL CASTILLO.
Reino de Zayon.
La reina Ravenna estaba al borde del colapso.
—Mis hijos… —murmuró—. Tráiganme a mis hijos…
La voz se le quebraba, una y otra vez y la elegancia que siempre la caracterizaba se había ido.
Caminaba haciendo círculos en el salón del trono, con la mirada perdida, llevándose las manos al cabello como si apretarlo pudiera mantenerla en pie.
Enzo, su hermano, la observaba desde unos pasos atrás pero no decía nada.
La culpa, no, no era culpa, pero lo que sentia le apretaba la garganta. ¿Había dejado algo suelto? ¿Había sido suficiente?
Aun así, mantuvo el gesto firme. Si alguien miraba, solo vería a un tío preocupado.
—Hermana… —dijo al fin, acercándose—. Debes controlarte.
Ravenna no respondió. Seguía repitiendo el mismo nombre en su cabeza. Seguía esperando que alguien entrara por esas puertas y le dijera que todo había sido un error.
—Mis hijos… —susurró, y entonces las lágrimas cayeron.
Las puertas del salón se abrieron de golpe.
El general avanzó con pasos pesados.
El rostro no reflejaba lo que la reina esperaba… buena noticias.
—Majestad… hemos buscado en todo el castillo. Dentro y fuera de las murallas. En la ciudadela… en los caminos… —se detuvo, tragó saliva—. Los príncipes no han sido encontrados.
Ravenna sintió que algo se rompía.
—No… —intentó decir. No le salió—. No…
Cayó de rodillas en un llanto tan ahogado que no salía sonido de el.
—Ravenna —dijo Enzo, dando un paso adelante—. Levántate. No puedes permitirte esto ahora.
Y entonces añadió, sin medirlo:
— Tus hijos van a aparecer, pero si te muestras débil, atacarán.
El comentario lleno de ira a la reina.
Ravenna alzó el rostro temblando, sus ojos y rostro rojos llenos de lágrimas, pero tambien de algo más oscuro.
—Cállate . — gritó.
La energía estalló sin control y lanzó a Enzo, que la toma de los hombros, contra el suelo. Los guardias se quedaron inmóviles, sin comprender qué acababa de ocurrir.
No murió, pero por poco.
Ravenna con una simple chispa de magia era capaz de lanzar tal ataque.
Pero fue en ese momento que algo dentro de ella se apagó.
Su chispa, había perido la única pequeña chispa de magia que el trono le había entregado.
—No… —susurró, llevándose la mano al pecho.
Ya no había nada allí.
Enzo logró incorporarse, aturdido, sin entender.
Vio a su hermana a los ojos, captando como el azul intenso de sus ojos se tornaban de café oscuro.
****************
Cuando cayó la noche, la reina Ravenna estaba en sus aposentos.
Las sirvientas la movían de un lado a otro para bañarla y cambiarla, pero ella no ayudaba. No ofrecía resistencia tampoco. Simplemente estaba allí, rígida, como si el cuerpo ya no le perteneciera.
Antes siempre hacía que todo fuera más rápido. Les indicaba qué hacer, se incorporaba sola, corregía cualquier torpeza.
Su majestad tenía la mirada perdida en algún punto que no estaba en la habitación.
Las doncellas trabajaban con cuidado, casi sin respirar. Nadie se atrevía a decir su nombre. La reina estaba tan ausente que daba miedo tocarla.
Cuando terminaron, la recostaron en la cama con una delicadeza innecesaria.
Ravenna no reaccionaba.
Una vez que las doncellas cerraron
entonces, en el silencio, lo sintió.
Ella ausencia de la magia. El vacío qie dejada despues de haber sido portadora.
Había perdido a su esposo. A sus hijos.
Buscó la magia dentro de sí por instinto, como quien toca una herida esperando sentir dolor… y no encontró nada.
Absolutamente nada.
El vacío era tan grande que le costaba respirar.
No tenía fuerzas para pensar en el reino. Para pelear por el.
No tenía fuerzas siquiera para incorporarse.
Permaneció allí, mirando la oscuridad, hasta que la soledad terminó de atravesarla.
Y entonces, una lágrima, solitaria, silenciosa, se escapó rodando por su mejilla.
****************
Fuera de las murallas del castillo se movía un ejército.
No era el de Zayon.
Era el del duque Sorak Halverok.
Sorak permanecía al final de las filas, montado en su caballo oscuro, observando el castillo como quien mira algo que ya le pertenece.
En el carruaje blanco, con bordes dorados, viajaban Lady Amaia y Lady Leyanna. No sabían nada. Solo esperaban.
Amaia se asomó con cautela por la ventanilla.
—Hay demasiados guardias… —susurró—. Nunca he visto tantos.
Leyanna apretó las manos sobre su falda.
—Padre no viaja así —dijo—. Algo está mal.
—Solo están esperando —respondió Amaia, aunque no estaba segura.
Entonces ocurrió provocando qie la jóvenes se sobresaltarán.
Un estallido que provenía de las primeras filas.
Después otro, y luego otro.
El castillo recibió el primer ataque, los hombres de Zayon estaban dispersos, buscando a los príncipes. Las torres no estaban completas por lo que no estaban preparados.
El ataque comenzó por el norte, donde las murallas daban a las montañas y la vigilancia era escasa. Derribaron a los guardias de la entrada pequeña, la que casi nunca se usaba. Los tomaron desprevenidos: creían que todos buscaban niños perdidos, no enemigos.
Luego vinieron las cuerdas.
Escalar de noche era una locura, pero los centinelas estaban agotados. Uno cayó cuando la cuerda cedió. Su cuerpo se perdió en la oscuridad. Los demás no se detuvieron.
No fue dificil para los hombres de Sorak entrar. Cuando hubo hombres dentro, la puerta principal se abrió desde adentro.
La cadenas giraron y la puerta cayó.
Amaia lo escuchó.
—¿Qué fue eso…? —preguntó.
Nadie respondió.
En este punto el ejército de su padre ya se había dispersado tomando el castillo.
La defensa fue un caos. Los guardias no sabían de dónde venía el ataque pero peleaban por la familia real a toda costa. Los pasillos se llenaron de gritos, de metal chocando, de órdenes contradictorias.
Desde el carruaje, las jóvenes solo oían el ruido, ambas invadidas por el miedo.
Sorak sonrió satisfecho.
Sabía que sin la desaparición de los príncipes jamás habría logrado esto. Aquello le había abierto el reino.
Ashra corría por el pasillo, empuñando su espada, Imogüen apenas podía seguirle el paso.
—¡El ala este! —habían gritado—. ¡La reina está en peligro!
El general llegó primero a los aposentos.
—Majestad… —dijo, esperando una respuesta que no llegó—. Han tomado el castillo. Debemos moverla.
Pero no hubo respuesta.
— Majestad…
Su mirada se cruzó con la de Imogüen cayendo en una desesperación que lo obligó a empujar la puerta con el hombro.
Después de un par de intentos la puerta se abrió de golpe. Entraron de prisa. Pero la imagen los detuvo en seco.
La fuerza les abandonó el cuerpo, sus miradas ligeramente elevadas, temblaron ante la imagen.
La reina Ravenna estaba ahí.
Suspendida.
Colgada con una tela blanca de su propia cama.
Los pies descalzos y el cabello suelto cayendo sobre sus hombros.
El rostro morado, aún así parecia estar dormida.
—No… —murmuró Ashra, cayó de rodillas y apenas respiraba.
—Majestad… No… —susurró Imogüen.
Imogüen apartó la vista, cuando reunió el valor de mirar de nuevo, se acercó despacio.
Ashra no concebía haber fallado en su única misión en la vida, en su propósito, mantener a la familia real a salvo.
—La encontramos demasiado tarde… —dijo Imogüen con voz rota.
—Le hemos fallado —dijo Ashra con rabia, pero no sabía a quién acusaba—. La dejamos sola.
Imogüen bajó la mirada.
— No — aseguró el sabio — el trono, ya no le otorgó más magia. — dijo con esa voz que sonaba como si le doliera hablar—. Y sin sus hijos… ya no tenía nada que la mantuviera aquí.
Ashra tragó saliva.
Se puso de pie.
Hundió los dedos en su propio cabello, desesperado.
—Debimos llegar antes —repitió.
El sabio negó lentamente.
—Ella ya había decidido.
En ese momento, Enzo entró.
—¿Qué… qué ocurrió? Yo venía del salón princi—
Se quedó congelado cuando vio el cuerpo de su hermana.
Ashra se incorporó.
—Cierra la puerta —ordenó con voz áspera—. Nadie debe ver esto todavía.
Enzo no obedeció, estaba impactado, aunque por dentro sentía algo mas, parecia que esta vez si sentia culpa.
Ashra apretó los puños y cerro la puerta.
Con cuidado se acercaron a la su reina.
Imogüen cubrió los hombros de la reina con una manta despues de haberla bajado como si se tratase de lo más frágil que pudiesen tener en sus manos.
Los tres quedaron de pie frente a la reina que yacía inmóvil en la cama.
Ashra estaba rígido, como si sostenerse de pie fuera un esfuerzo.
—Esto fue traición —solto Ashra de pronto, con la voz ronca, mirando a la reina como si no pudiera creerlo—. Entraron al reino mientras buscábamos a los príncipes. Todo fue planeado.
—¿Y quién traicionó? —preguntó Enzo, apretando los dientes, fingiendo indignación—. ¿O acaso… acaso debemos revisar tu lealtad del general?
Ashra lo miró como si fuera a partirle la cara en ese mismo instante.
—Ten mucho cuidado con lo que dices —advirtió con ojos inyectados —. Yo jamás traicionaría a mi reino, mi lealtad no es voluble.
— Tú estabas a cargo de la seguridad del castillo. Solo tú pudiste haberlo hecho.
Imogüen levantó la cabeza.
—Solo un hombre podía mover tropas así sin ser visto —dijo—. Solo uno…
Pero no sospechaba del general. Su vista se dirigió a Enzo en busca de una respuesta.
—Sorak… —murmuró el general.
En ese momento, la puerta se abrió de manera estrepitosa.
Guardias armados, que no estaban a su cargo, vestidos con los colores del duque.
Dos se lanzaron sobre Ashra, sujetándole los brazos.
Otros tres derribaron al sabio, que cayó al suelo de rodillas.
Nadie tocó a Enzo.
Ashra lo notó de inmediato.
—Tú… —le dijo con los ojos y el rostro lleno de furia, una vena en la frente marcándose de furia —. ¡Tú sabías! ¡Traidor!
Enzo tragó saliva, retrocediendo apenas un paso, pero no pudo negar nada.
Sorak se acercó.
—Así que aquí estaban —dijo con una sonrisa fría.
Sus ojos se posaron en la cama…
Y al ver el cuerpo sin vida de Ravenna, su expresión cambió.
La sonrisa se convirtió en rabia, haciendo que su rostro se desfigura.
Rabia pura.
—La maldita perra prefirió morirse antes que enfrentarme —escupió, acercándose a la cama—. Era lo único que quedaba de esa repugnante línea real para quebrar… pero me ganó la maldita.
Agarró el borde de la cama con fuerza, haciendo rechinar la madera.
Luego miró a Ashra y al sabio, que seguían sometidos.
—Ustedes dos —dijo Sorak, acercándose poco a poco—. Pueden vivir. Solo deben jurarme lealtad. Incarse. Reconocerme como rey. El reino lo hará de todas maneras.
Ashra escupió sangre al suelo.
—Jamás —dijo con la mandíbula apretada.
Imogüen respiró hondo.
Sus manos temblaban, pero su voz no.
—Yo solo sirvo a la familia real —susurró.
Sorak chasqueó la lengua.
—Qué lástima. — fingió tristeza.
Le hizo una seña a uno de sus hombres.
El guardia desenvainó.
—No… —murmuró Enzo, dando un paso al frente queriendo evitar, arrepintiéndose demasiado tarde de todo.
Pero ya no había vuelta atrás.
El guardia colocó la espada en el cuello de Ashra y el filo pasó por su garganta eñ un cirte limpio.
La sangre cayó como una cascada roja que se esparció por la alfombra de la reina y se desplomó, temblando bajo la perdida de sangre.
El sabio Imogüen cerró los ojos aceptando su destino. El guardia lo sujetó del cabello y pasó el acero por el cuello.
Su sangre se mezcló con la de Ashra y su cuerpo cayó inerte junto al de el.
Sorak observó la escena sin emoción.
—Limpien esto. Quiero estos cuartos preparados. —Se giró hacia Enzo—. Y tú… compórtate. No te necesito nervioso. El reino es mío ahora.
Enzo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Había cometido un error y era ahora que lo veia.