En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
NovelToon tiene autorización de Thais Perdida para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
XIX. ALTERNATIVOS.
La noche en Italia era tranquila.
En la habitación infantil, Ares acomodó con cuidado las mantas sobre sus hijos. Primero besó la frente de Athas, que ya dormía profundamente abrazando a su cachorro de ligre.
Luego se inclinó hacia Athenas.
—Buenas noches, pequeña —susurró.
Ella sonrió con sueño.
Ares apagó la luz y salió en silencio. La casa volvió a quedar en calma.
Athenas cerró los ojos. El sueño la envolvió lentamente. Pero apenas unos segundos después… los abrió otra vez...
Ya no estaba en la habitación.
...----------------...
La luz del amanecer bañaba una estancia completamente distinta. Una habitación amplia... Tranquila.
El sonido del mar se escuchaba cercano, constante, relajante. Las olas rompían contra alguna costa cercana. El aire que entraba por una enorme ventana abierta tenía olor a sal y a brisa fresca.
Athenas estaba acostada sobre un colchón suave, cubierto por sábanas claras que se movían levemente con el viento. Se incorporó lentamente. Algo se sentía… distinto. Miró sus manos. No eran las manos de una niña.
Eran más largas. Más elegantes. Sus dedos eran los de una mujer.
Su respiración se volvió más lenta mientras miraba su reflejo difuso en el vidrio de la ventana.
La figura que veía no era la suya de ahora. Era ella… pero mayor. Una versión de adulta joven.
Su cabello más largo negro oscuro. Su rostro más definido. Sus ojos con la misma intensidad verde… pero con una calma diferente.
Athenas observó el mar durante unos segundos. El agua azul se extendía hasta el horizonte, brillando bajo la luz dorada del amanecer.
Todo parecía increíblemente pacífico. Entonces… sintió algo. Una caricia suave en su espalda. Se estremeció apenas. Giró lentamente y lo vio...
Luciam o Apocalipsis estaba acostado a su lado. Su torso desnudo mostraba varias cicatrices finas, recuerdos silenciosos de las operaciones y experimentos.
Pero su expresión no tenía nada de la frialdad que mostraba cuando era Apocalipsis. Sus ojos estaban completamente enfocados en ella.
Había algo cálido en su mirada. Algo tranquilo. Algo… familiar. Luciam sonreía. Una sonrisa amplia.
Real.
Dirigida solo a ella. No había tensión en su cuerpo. Ni violencia. Ni furia. Solo una calma que parecía imposible para alguien como él.
Como si aquel lugar fuera el único donde podía descansar. Athenas lo miró durante un segundo. Luego su reacción fue natural, muy instintiva. Como si lo hubiera hecho mil veces antes.
Se acercó. Apoyó su cuerpo contra el suyo y lo abrazó con total confianza. Con amor. Luciam levantó un brazo y la rodeó suavemente. Su mano descansó en la parte posterior de su cabeza y besó su cabello con una ternura inesperada para alguien que el mundo consideraba un arma viviente.
—Buenos días —murmuró con voz baja.
El sonido del mar continuaba entrando por la ventana. El viento movía suavemente las cortinas y por un instante…
parecía que no existían guerras.
Ni experimentos.
Ni científicos.
Ni soldados.
Solo ellos. En silencio. Mientras el sol seguía subiendo sobre el océano.
...----------------...
En el laboratorio oculto al otro lado del mundo, la atmósfera era completamente distinta a la tranquilidad del sueño. Todo era blanco.
Las paredes.
El suelo.
El techo.
La luz.
Un blanco absoluto, brillante y constante. La habitación estaba diseñada para quebrar la mente humana.
Sin sombras.
Sin sonidos.
Sin referencias de tiempo.
La llamada “tortura blanca”.
En el centro de la sala, sentado contra la pared, estaba Apocalipsis. Sus manos descansaban sobre sus rodillas. Los ojos cerrados. Su respiración era lenta. Perfectamente estable.
Detrás del vidrio reforzado del área de observación, Xavier Hoffmann observaba con los brazos cruzados. Su brazo herido estaba inmovilizado, pero su postura seguía siendo la de un comandante acostumbrado a la guerra.
A su lado, el científico Gerald Astor analizaba los datos en varias pantallas.
Electroencefalogramas.
Actividad neural.
Frecuencia cardíaca.
Todo proyectado en gráficos flotantes. Xavier habló con tono seco.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí?
Uno de los técnicos respondió.
—Catorce horas, señor.
Xavier entrecerró los ojos.
—Cualquier soldado entrenado empieza a mostrar signos de ansiedad después de seis.
Gerald observó los monitores con creciente curiosidad.
—Su ritmo cardíaco sigue estable.
—¿Está meditando? —preguntó Xavier.
Gerald negó lentamente.
—No exactamente.
El científico amplió la lectura cerebral. Las ondas cerebrales de Luciam no coincidían con un estado de alerta ni de concentración.
Eran… más profundas. Más lentas. Gerald frunció el ceño.
—Esto no es meditación.
Xavier lo miró.
—¿Entonces?
Gerald tardó unos segundos en responder.
—Está dormido.
El silencio en la sala de control fue inmediato.Uno de los científicos soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso es imposible.
Gerald amplió aún más la lectura. Las ondas delta aparecieron claramente.
—No debería poder hacerlo.
Xavier golpeó suavemente el vidrio con los nudillos, observando al joven inmóvil dentro de la sala blanca.
—Explíquese.
Gerald habló sin apartar la vista de los datos.
—Los experimentos eliminaron su ciclo normal de sueño. Su cerebro no entra en fases profundas desde hace años.
—Entonces despiértenlo —ordenó Xavier.
El científico negó.
—No está soñando como un humano. —amplió otro gráfico—. Su mente está generando una proyección completa.
Una simulación. Un entorno. Xavier lo miró con impaciencia.
—¿Y?
Gerald se inclinó hacia el monitor.
—Algo… o alguien… está dentro de ese sueño.
Xavier volvió a mirar a través del vidrio hacia la figura inmóvil de Apocalipsis.
—¿Quién?
Gerald revisó los patrones neuronales comparativos. Entonces se detuvo. Sus ojos se abrieron lentamente.
—Esto es… imposible.
—Hable.
El científico señaló la coincidencia en las ondas cerebrales.
—Hay sincronización mental.
Xavier frunció el ceño.
—¿Con quién?
Gerald respondió finalmente:
—Con la niña.
La misma niña que había invadido su mente en la isla.
Athenas. Gerald susurró, casi para sí mismo:
—No debería poder conectarse desde esa distancia…
Xavier volvió a observar al joven sentado en la sala blanca. Inmóvil. En silencio. Completamente ajeno al intento de tortura.
Y por primera vez desde su creación… Apocalipsis estaba descansando. Dormido. Soñando.
Algo que los científicos habían asegurado que jamás volvería a suceder. Pero lo que ellos no sabían era que dentro de ese sueño él no estaba solo.
...----------------...
En el subterráneo bajo la mansión en Italia, la gran sala de análisis estaba iluminada por las pantallas y los hologramas que proyectaban datos neurológicos. El aire olía a metal, electricidad y café recién hecho.
Todos estaban reunidos alrededor de la mesa central. Ares, Danielle, Arthur, Asziel, Zoltan y Sounya.
En el centro flotaba el holograma del cerebro de Athenas. Las conexiones neuronales brillaban como si fueran pequeñas constelaciones.
Algunas zonas pulsaban con una intensidad que ninguno de los científicos había visto antes. Conrad apoyó ambas manos sobre la mesa y miró a los demás.
—Bien… creo que ya entendimos algo importante.
A su lado, Andrea asintió mientras manipulaba el holograma. Una nueva proyección apareció.
Dos caminos luminosos que se bifurcaban. Conrad empezó a explicar con calma.
—La habilidad de Athenas no es exactamente ver el futuro.
Ares levantó una ceja.
—Entonces explícate.
Conrad señaló la proyección.
—Imaginen que esto es una carretera.
El holograma mostró un largo camino que luego se dividía en dos rutas distintas.
—Este camino representa el destino… o lo que llamamos futuro. —luego apareció un pequeño punto de luz moviéndose por la carretera—. Este punto es una persona.
Andrea continuó la explicación.
—El conductor del auto sería el cerebro de esa persona.
El punto luminoso avanzó hasta llegar a la bifurcación.
—Cuando llega a este punto —dijo Conrad— el conductor debe elegir. —el punto tomó una de las rutas—. Esa elección crea un futuro.
Pero entonces Conrad hizo un gesto y el camino elegido apareció bloqueado por una barrera.
—¿Qué pasa si algo bloquea esa ruta?
El punto de luz dudó un segundo… y luego tomó el otro camino.
Andrea cruzó los brazos.
—El futuro cambia.
En la mesa todos guardaron silencio. Asziel miró el holograma con interés.
—Entonces la niña no ve un destino fijo.
Andrea negó.
—No.
Volvió a proyectar varias rutas más. Ahora había cinco… luego diez… luego decenas.
—Lo que ella ve son posibilidades.
Zoltan silbó bajo.
—Eso es mucho más complicado.
Conrad asintió.
—Exacto. —señaló otra lectura cerebral de Athenas—. Un día puede ver un futuro para alguien… y al día siguiente ver otro completamente diferente.
Ares frunció el ceño.
—Porque la persona tomó decisiones distintas.
—O porque alguien intervino —agregó Andrea.
El holograma cambió. Ahora mostraba múltiples líneas temporales moviéndose como ramas de un árbol.
Andrea habló con voz más baja.
—Por eso decimos que ve futuros alternativos.
Asziel apoyó un codo sobre la mesa.
—Entonces… si ella vio algo entre ella y ese chico —se refería claramente a Apocalipsis—. No significa que vaya a pasar.
Conrad respondió con honestidad.
—No necesariamente.
Danielle habló por primera vez.
—Pero significa que puede pasar.
El científico asintió lentamente.
—Exactamente.
Ares cruzó los brazos mirando el holograma de su hija.
—Entonces la verdadera pregunta es otra. —todos lo miraron, Ares dijo con gravedad—. ¿Qué decisión va a tomar él?
En ese momento, muy lejos de Italia… En una sala blanca donde el tiempo parecía no existir.
Apocalipsis seguía sentado con los ojos cerrados. Dormido y soñando el mismo futuro que había visto la niña.
...----------------...
En el complejo subterráneo donde trabajaban, el laboratorio de Gerald Astor era un lugar frío, casi quirúrgicamente perfecto. Paredes blancas, acero brillante y el sonido constante de máquinas médicas.
En el centro de la sala estaba la cápsula donde yacía Apocalipsis.
Su cuerpo estaba inmóvil, conectado a cables que se introducían en su cuello y en su cráneo a través de pequeños puertos metálicos. Las pantallas alrededor mostraban su actividad cerebral… cada vez más irregular.
Xavier Hoffmann observaba todo apoyado en sus muletas, con el brazo vendado aún por las heridas que le había causado Danielle.
Su mirada era dura.
—Empiecen.
Uno de los médicos dudó.
—Señor… antes debemos advertirle algo.
Xavier giró lentamente la cabeza hacia él.
—Hable.
El científico señaló la pantalla cerebral de Apocalipsis.
—Cada vez que borramos su memoria estamos dañando tejido neuronal real. No es solo un reinicio… es destrucción. —informo.
Gerald, tranquilo como siempre, observaba los datos con interés.
—Continúe.
El médico tragó saliva.
—Su cerebro ya presenta cicatrices neurológicas. Si seguimos con intervenciones quirúrgicas y borrados constantes… podríamos matarlo.
Otro científico agregó con preocupación:
—O peor… podríamos destruir partes esenciales de su mente. Su capacidad motora, su estabilidad mental, incluso su control cognitivo.
Xavier soltó una risa breve.
—¿Están diciendo que mi arma podría volverse inestable?
—No es una posibilidad remota —respondió el médico—. Es muy probable.
Gerald entrelazó las manos detrás de la espalda.
—Pero también es inevitable.
Todos lo miraron. El famoso científico habló con una calma inquietante.
—La mente humana no fue diseñada para soportar este nivel de manipulación. Lo que estamos haciendo… es forzar su evolución.
En una pantalla apareció un nuevo programa de condicionamiento mental. Las palabras se grababan en el sistema que reescribiría su mente.
OBJETIVO PRIMARIO:
Capturar a Athenas.
OBJETIVO SECUNDARIO:
Capturar o eliminar a Athas en caso de resistencia.
PROTOCOLO:
Eliminar cualquier amenaza. Prioridad absoluta: sujeto Athenas.
Uno de los técnicos miró el archivo sorprendido.
—¿Solo quieren a la niña?
Gerald respondió sin emoción.
—Su mente es la clave de todo.
Xavier apoyó las muletas contra la mesa y observó el cuerpo inmóvil de Apocalipsis.
—El niño no es necesario. Aunque sería un gran arma secundaria —se inclinó ligeramente hacia el vidrio de la cápsula—. Pero ella sí.
Las máquinas comenzaron a trabajar. Luces azules recorrieron el cráneo de Apocalipsis mientras los algoritmos empezaban a borrar recuerdos una vez más.
Fragmentos de su vida desaparecían.
Rostros.
Voces.
Momentos.
Todo se apagaba uno por uno. Un cirujano observó los indicadores con tensión.
—La actividad cerebral está cayendo demasiado rápido.
Otro agregó:
—Estamos perdiendo funciones emocionales… otra vez.
Gerald no apartó la mirada.
—No las necesitamos.
La máquina emitió un sonido final.
REPROGRAMACIÓN COMPLETADA.
Los ojos de Apocalipsis se abrieron lentamente.
Fríos.
Vacíos.
Sin rastro del joven que alguna vez fue. Xavier sonrió satisfecho.
—Bienvenido de nuevo.
El joven se sentó lentamente en la mesa metálica. Su voz salió baja… mecánica.
—Objetivo.
Una pantalla mostró las imágenes de los mellizos.
Athenas.
Athas.
Los ojos de Némesis se fijaron en la niña. El sistema grabó la orden final en su mente.
CAPTURAR.
Pero durante una fracción de segundo… algo extraño ocurrió. En el monitor cerebral apareció una pequeña actividad eléctrica inesperada.
Una zona del cerebro que no respondía a la reprogramación.
Una imagen.
Una silueta femenina.
Y una sensación que el sistema no podía borrar. Gerald frunció el ceño.
—Interesante…
Luego la señal desapareció. Apocalipsis se levantó de la mesa. Cada vez menos humano. Cada vez más… una máquina de cazar.
...----------------...
El subterráneo de la mansión en Italia ya no era un lugar tranquilo.
Las pantallas del centro de control mostraban mapas,
señales satelitales interceptadas y movimientos militares que aparecían uno tras otro.
Puntos rojos.
Demasiados.
Conrad ampliaba uno de los mapas con el holograma proyectado sobre la mesa.
—Confirmado… —dijo con voz tensa—. Bases militares en Estados Unidos, Turquía y el norte de África están movilizando unidades.
Asziel Garza apoyó las manos en la mesa mirando el mapa.
—Eso no es un despliegue defensivo —murmuró.
Zoltan Garza gruñó desde el fondo.
—Es una cacería.
Nadie discutió.
Porque todos sabían a quién estaban cazando.
En una de las pantallas apareció un informe interceptado.
OBJETIVO PRIORITARIO: SUJETO ATHENAS.
OBJETIVO SECUNDARIO: SUJETO ATHAS.
Danielle apretó los puños.
—Entonces ya empezaron.
Ares no apartó los ojos del mapa.
—Sí.
Silencio. Luego habló con decisión.
—Es hora.
Todos entendieron lo que eso significaba. El plan que habían preparado. Asziel activó otro mapa. En el Mediterráneo apareció una pequeña isla sin nombre.
—Construí una base aquí —explicó el capo—. No aparece en radares civiles ni militares. Sistemas de ocultamiento térmico, interferencia satelital… para el mundo no existe.
Sounya Garza cruzó los brazos.
—Un refugio.
—Una fortaleza —corrigió Asziel.
Ares asintió.
—Los niños van allí.
Nadie discutió esa parte. Conrad empezó a organizar la evacuación.
—Dividimos los equipos.
Señaló los nombres en la pantalla.
—Andrea, yo, Arthur, Zoltan y Sounya iremos con los niños. —luego miró a Ares y Danielle—. Ustedes dos se quedan.
Ares respondió sin dudar.
—Sí.
Danielle tampoco protestó.
—Si viene por ellos… primero tendrá que pasar por nosotros.
Asziel sonrió levemente.
—Y por mí.
Zoltan soltó una risa grave.
—Y por media Italia si hace falta.
Pero en medio de toda esa determinación… una pequeña figura se movió. Athenas caminó hacia su padre.
Sus ojos estaban serios. Demasiado serios para una niña de tres años.
—Papá.
Ares se giró hacia ella.
—¿Sí?
Ella respiró hondo.
—Quiero quedarme.
El silencio cayó en la sala. Athas levantó la cabeza sorprendido. Danielle frunció el ceño. Ares negó inmediatamente.
—No.
Athenas no retrocedió.
—Puedo ayudar. —sus pequeños puños estaban cerrados—. Puedo entrar en su mente. Puedo detenerlo.
Ares caminó hacia ella y se agachó a su altura. La tomó suavemente por los hombros. Sus ojos eran firmes.
—No.
Ella lo miró con frustración.
—¡Pero papá...!
Ares habló más bajo. Más serio.
—Escúchame. —todos en la sala estaban en silencio—. Ya no podemos ayudarlo. —as palabras cayeron pesadas—. Sea lo que sea que le hicieron… —continuó Ares— …ya es demasiado tarde. Ya no queda nada de ese chico.
Los ojos de Athenas comenzaron a llenarse de lágrimas. Porque ella sí había visto dentro de su mente. Sabía lo que le habían hecho.
Pero también sabía… que algo de él seguía allí. Ares la miró fijamente.
—¿Entendiste?
La niña tragó saliva. Sus labios temblaron. Finalmente asintió.
—Sí…
Las lágrimas empezaron a caer. Ares la abrazó inmediatamente. Con fuerza. Como si quisiera protegerla del mundo entero.
Athas corrió hacia ellos y también se aferró a su padre. El guerrero los rodeó a los dos con sus brazos. En silencio. Danielle apartó la mirada un momento. Incluso Asziel se quedó quieto.
Porque todos sabían lo que significaba ese abrazo. Podía ser… el último antes de la guerra.
La habitación de los mellizos estaba en silencio. Las pequeñas maletas estaban abiertas sobre la cama.
Ropa doblada, algunos juguetes, y los dos cachorros de ligre caminando alrededor como si no entendieran por qué todo el mundo estaba tan serio en la casa.
Athas doblaba una camiseta con torpeza.
—No quiero irme… —murmuró.
Athenas tampoco quería. Pero su mente seguía dando vueltas a lo mismo.
A él.
A lo que había visto.
A lo que todavía quedaba escondido dentro de su mente.
Entonces levantó la cabeza.
—Athas.
Su hermano la miró.
—¿Sí?
Ella pensó unos segundos.
—Voy a buscar algo.
—¿Qué?
Athenas lo miró con seriedad.
—A sus padres.
Athas parpadeó confundido.
—¿De quién?
—De Apocalipsis.
El niño frunció el ceño.
—¿Por qué?
Athenas habló bajito, como si el propio mundo pudiera escucharla.
—Porque si alguien puede ayudarlo… tal vez sean ellos. —se levantó de la cama—. Cierra la puerta.
Athas dudó.
—¿Para qué?
—Solo hazlo.
El niño caminó hasta la puerta y la cerró con cuidado. El clic del seguro sonó suave. Athenas volvió a la cama y se sentó con las piernas cruzadas.
Respiró profundo. Cerró los ojos y dejó que su mente se hundiera. El mundo desapareció. La habitación se desvaneció, y su conciencia descendió otra vez hacia aquella mente rota.
La de Apocalipsis.
Esta vez fue más cuidadosa.
Mucho más. Porque ahora sabía que ese lugar estaba lleno de cicatrices mentales, muros artificiales y recuerdos mutilados.
Avanzó despacio. Como si caminara dentro de un laberinto oscuro.
Fragmentos de imágenes flotaban alrededor.
Cirugías.
Luces blancas.
Voces de médicos.
Dolor.
Athenas pasó por todo eso sin detenerse. Buscaba algo más profundo.
Más antiguo.
Más humano.
Entonces lo sintió. Un hilo débil. Un recuerdo pequeño. Casi olvidado. Se metió en él. El mundo cambió.
Ahora estaba en una casa modesta. Luz de tarde entrando por una ventana. Un niño pequeño corría por el pasillo riendo.
Cabello oscuro.
Ojos claros.
Luciam.
Antes de convertirse en Apocalipsis. Athenas observó con atención.
—Muéstrame… —susurró dentro del recuerdo.
La escena siguió avanzando. El niño corrió hacia la puerta y alguien entró. Un hombre alto. Uniforme. Azul oscuro.
Una insignia metálica brillando en el pecho. Policía. Athenas frunció levemente el ceño. Necesitaba verlo mejor.
—Déjame ver… —susurró otra vez dentro del recuerdo.
El hombre se giró lentamente. Como si de alguna forma hubiera escuchado la voz en ese recuerdo antiguo.
Athenas enfocó su mirada en la placa metálica. El nombre grabado brilló con claridad.
SERGEI VALE
Su corazón dio un salto. El padre. Finalmente.
La escena empezó a desvanecerse. Athenas salió del recuerdo rápidamente. Abrió los ojos de golpe. Volvió a la habitación. Respirando un poco agitada.
Athas estaba frente a ella.
—¿Qué pasó?
Ella lo miró. Sus ojos brillaban.
—Lo encontré.
Athas se inclinó hacia adelante.
—¿A quién?
Athenas sonrió apenas.
—Al papá de Apocalipsis.
Hizo una pequeña pausa.
—Se llama Sergei Vale.
Athas abrió los ojos sorprendido.
—¿Y está vivo?
Athenas bajó la mirada pensando.
—No lo sé… —pero luego volvió a mirar a su hermano con determinación—. Pero ahora podemos buscarlo.
Porque por primera vez… había una pista real sobre quién había sido Luciam Vale antes de convertirse en el arma llamada Apocalipsis.
La puerta seguía cerrada.
Los cachorros de ligre dormían enroscados cerca de la
cama mientras la luz suave de la tarde entraba por la ventana.
Athenas miró a su hermano con determinación.
—Ahora necesito hacer otra cosa.
Athas frunció el ceño.
—¿Qué?
Athenas respiró profundo.
—Entrar en la mente de su papá.
Athas abrió los ojos.
—¿De Sergei Vale?
Ella asintió.
—Si él lo recuerda… tal vez podamos ayudar a Luciam.
Athas se acercó un paso.
—¿No es peligroso hacerlo otra vez?
Athenas negó suavemente.
—No.
Pero luego agregó algo más serio.
—Aunque… quiero que te quedes conmigo.
—¿Por si algo pasa?
—Sí.
Athas asintió enseguida.
—Estoy acá.
Se sentó frente a ella en la cama.
Athenas volvió a acomodarse con las piernas cruzadas.
Cerró los ojos.
Y dejó que su mente volviera a descender.
La realidad se disolvió otra vez.
Su conciencia atravesó océanos de pensamientos, voces, sueños lejanos.
Buscaba un nombre. Un rostro. Un dolor y lo encontró.
La mente de Sergei Vale. Su mente la llevó lejos. Muy lejos. Hasta Europa del Este.
Ucrania.
Cuando Athenas abrió los ojos dentro del espacio mental… supo de inmediato que el hombre estaba dormido.
Todo era tranquilo. Silencioso. Pero había algo que dominaba ese lugar.
Dolor.
Un dolor profundo.
Viejo.
Persistente.
Memorias flotaban a su alrededor como fragmentos de vidrio.
Fotos.
Risas.
Una casa.
Un niño.
Luciam.
Luciam Vale.
Athenas sonrió suavemente.
—Te encontré…
Caminó entre los recuerdos.
Vio a Sergei levantando a su hijo pequeño. Vio tardes en el parque. Un cumpleaños. Risas.
Pero también vio el momento en que todo se rompió.
La desaparición.
La búsqueda.
Años de desesperación.
El dolor nunca se había ido.
Athenas extendió la mano. Tocó uno de los recuerdos. Entonces hizo algo diferente. Proyectó una imagen. Primero apareció el niño, Luciam pequeño.
Después la imagen cambió. El mismo rostro… pero adulto. Convertido en Apocalipsis.
La mente de Sergei reaccionó de inmediato. Un estremecimiento recorrió todo el espacio mental.
Confusión.
Dolor.
Pero también algo más, el reconocimiento. Como si una parte profunda de su mente aceptara lo que estaba viendo.
Athenas observó el cambio con atención. El corazón del padre… lo sabía.
Entonces se acercó al centro de esa mente dormida y susurró.
—Sergei Vale…
Su voz se expandió como un eco dentro de su conciencia.
—Ve a Italia.
Las palabras resonaron una y otra vez.
Italia.
Italia.
Italia.
Una orden suave. Pero imposible de ignorar. Athenas sintió que la semilla ya estaba plantada.
Antes de irse… hizo una última cosa. Tomó algunos recuerdos. Fragmentos de Luciam.
Su risa.
Su voz de niño.
Su familia.
Los guardó dentro de su propia mente. Serían necesarios, para la otra parte del plan. Entonces dejó que su conciencia se retirara.
La mente de Sergei volvió a quedar en silencio. Athenas abrió los ojos en la habitación. Respiraba un poco más rápido.
Athas estaba frente a ella.
—¿Qué pasó?
Ella sonrió cansada.
—Lo encontré.
Athas se inclinó hacia adelante.
—¿Está vivo?
Athenas asintió.
—Sí.
Hizo una pequeña pausa.
—Está en Ucrania.
Athas parpadeó sorprendido.
—¿Y ahora?
Athenas lo miró con un brillo extraño en los ojos.
—Ahora… vendrá.
Athas frunció el ceño.
—¿Cómo sabes?
Athenas sonrió apenas.
—Porque se lo pedí. —luego bajó la mirada un segundo—. Y además… traje algo.
Athas inclinó la cabeza.
—¿Qué?
Athenas tocó suavemente su frente.
—Recuerdos de Luciam.
Levantó la vista.
Y susurró.
—Para devolvérselos… cuando lo encontremos.
...----------------...
No pasaron más de siete horas cuando un guardia ingreso a la sala.
—Capo. —llamo y Asziel se dio vuelta—. En la entrada...
El aire en la entrada de la propiedad era tenso.
Las enormes rejas negras separaban dos mundos.
De un lado, la seguridad absoluta de la mansión Garza. Del otro, dos personas que parecían haber viajado demasiado lejos con una sola esperanza.
Los guardias miraban atentos. Asziel Garza avanzó unos pasos con calma, las manos en los bolsillos del abrigo.
—¿Quiénes son?
El hombre del otro lado de las rejas dio un paso al frente. Tenía el rostro cansado, los ojos hundidos por años de pérdida.
—Soy Sergei Vale —señaló suavemente a la mujer a su lado—. Ella es mi esposa… Lesya Vale.
Su voz era firme, pero cargada de algo quebrado.
—Somos los padres de un niño desaparecido hace años llamado… —hizo una pausa—. Luciam Vale.
El nombre cayó en el aire como una piedra en agua quieta. Detrás de Asziel, Ares y Danielle giraron la cabeza al mismo tiempo... Directo hacia los mellizos.
Athas estaba mirando el suelo con exagerada concentración. Athenas examinaba sus uñas como si el mundo entero no existiera.
Conrad murmuró por lo bajo:
—Oh, esto se va a poner interesante…
Lesya Vale dio un paso adelante ahora. Su acento ucraniano era claro, marcado.
—Buscamos a nuestro hijo durante muchos años. —sus ojos se movieron entre los adultos frente a ella—. Anoche soñamos con él.
Ares frunció el ceño apenas.
—¿Soñaron?
Sergei asintió.
—Lo vimos… mayor. —sus manos temblaban un poco—. Y una voz nos dijo que viniéramos a Italia. Aquí.
Detrás de Ares, Asziel giró la cabeza muy lentamente hacia los mellizos.
Athas seguía mirando el suelo. Athenas ahora silbaba bajito. Como si nada tuviera que ver con ella. Danielle se cruzó de brazos.
—Voy a contar hasta tres…
Los mellizos levantaron la vista inmediatamente.
—¡No fuimos nosotros! —dijeron al mismo tiempo.
Ares suspiró profundamente. Luego volvió a mirar a la pareja frente a la reja. Su expresión cambió. Más seria. Más pesada.
Caminó hasta quedar frente a ellos.
—Si ustedes son los padres de Luciam Vale… —Ares apoyó una mano sobre la reja—. Entonces tengo que decirles algo.
Lesya lo miraba con un miedo silencioso. Sergei apretaba los puños. Ares habló con absoluta honestidad.
—Lo encontramos.
Los ojos de Lesya se llenaron de lágrimas en un segundo.
—¿Está… vivo?
Ares dudó apenas.
—Sí. —pero luego agregó algo más—. Aunque lo que le hicieron… no se lo desearía a nadie.
El silencio fue total.
—Tomaron a su hijo cuando era niño —continuó Ares—. Lo llevaron a laboratorios. Experimentos. Cirugías. Borrados de memoria.
Sergei palideció.
Lesya llevó una mano a su boca.
—Lo convirtieron en un arma. —Ares dijo finalmente—. Hoy lo llaman… Némesis.
El nombre quedó suspendido en el aire. Lesya comenzó a llorar en silencio. Sergei cerró los ojos un segundo. Pero cuando los abrió… había algo distinto. Determinación.
—Entonces está vivo.
Ares asintió.
—Sí.
Sergei dio otro paso hacia la reja.
—Llévennos con él.
Danielle negó suavemente.
—No es tan simple. —hablo ella.
—No nos importa. —la voz de Lesya temblaba pero era firme—. Es nuestro hijo.
Detrás de los adultos, Athenas observaba en silencio. Su pequeño rostro estaba serio. Muy serio.
Porque ella sabía algo que los demás aún no. Que si el padre de Luciam lo miraba a los ojos… Había una posibilidad. Pequeña. Pero real.
De que Apocalipsis recordara quién era. Y eso… Podía cambiarlo todo.
Las rejas se abrieron con un sonido metálico que resonó en el patio silencioso. Asziel hizo una seña breve a los guardias y permitió el paso de la pareja.
El hombre y la mujer avanzaron con cautela. El viaje se notaba en sus rostros: cansancio, preocupación… y una determinación que parecía no haberse quebrado en años.
Dentro de la casa, el ambiente era tenso. Ares se apoyó contra una mesa, con los brazos cruzados. A su lado estaba Danielle, observando en silencio.
La mujer dio un paso al frente.
—Mi hijo… —dijo con su marcado acento ucraniano—. Luciam Vale. ¿Dónde está?
Durante un instante nadie respondió.
En el fondo de la sala, Athas y Athenas permanecían apoyados contra la pared, como simples espectadores. Finalmente, Ares suspiró.
—Antes de responder eso… hay algo que necesitan entender.
Sergei entrecerró los ojos.
—Habla.
Ares señaló primero a Danielle, luego a sí mismo.
—Nosotros también somos experimentos.
Lesya frunció el ceño.
—¿Experimentos?
—Sí —continuó Ares con calma—. Pero no somos como él. —hizo una breve pausa antes de pronunciar el nombre—. Apocalipsis.
La palabra pareció enfriar el aire. Sergei no dijo nada, pero su mirada se endureció.
—Apocalipsis es diferente —explicó Danielle ahora—. Más fuerte. Más rápido. Más… vacío.
Ares asintió.
—No siente empatía. No siente culpa. No siente nada.
Lesya tragó saliva.
—¿Están diciendo… que mi hijo es eso?
Ares negó lentamente.
—No. —otra pausa—. Estoy diciendo que su hijo fue convertido en algo que incluso Némesis temía.
Sergei dio un paso adelante.
—Eso no responde mi pregunta.
Ares lo miró directamente a los ojos.
—Hace un tiempo… casi nos mata a todos.
El silencio cayó pesado en la sala.
Detrás, Athas observó de reojo a Athenas. Ella seguía inexpresiva, pero sus dedos se movían lentamente, como si aún sintiera ecos de la mente de Sergei.
Lesya habló con la voz quebrada.
—Luciam… no haría eso.
Danielle la miró con una mezcla de lástima y comprensión.
—El Luciam que ustedes conocían… probablemente no.
Ares se separó de la mesa y dio un paso hacia ellos.
—Por eso les dije algo cuando llegaron. —su voz se volvió más grave—. No les va a gustar lo que le hicieron a su hijo.
Sergei apretó los puños.
—Entonces empieza a hablar. Porque si alguien le hizo eso a mi hijo… —sus ojos se endurecieron con una frialdad peligrosa—. Voy a asegurarme de que lo pague.
En el fondo de la sala, Athas murmuró apenas audible para Athenas:
—Tu plan está funcionando.
Athenas observó en silencio a los padres de Luciam. Y por primera vez desde que habían llegado… sonrió apenas.
Porque la primera pieza ya estaba en movimiento.
La sala quedó en silencio después de la acusación.
Ares cruzó los brazos frente a sus mellizos, su expresión severa.
—Están en problemas. En serios problemas —dijo con voz grave—. Meter a más personas en esto no era parte del plan.
Athas levantó inmediatamente ambas manos en señal de inocencia.
—¡Ey, ey! —protestó—. Fue idea de Athenas.
Athenas giró la cabeza hacia él con indignación.
—¡Soplón! —le gritó.
Athas se encogió de hombros.
—No voy a caer solo.
Ares clavó la mirada en su hija.
No era una mirada de enojo descontrolado… era peor. Era la mirada de un padre que sabía el peligro real en el que su hija se había metido.
—Athenas… —dijo lentamente—. ¿Tienes idea de lo que hiciste?
Ella abrió la boca para responder… pero ninguna excusa parecía suficiente. El peso de la situación cayó sobre ella de golpe.
Sergei.
Lesya.
Apocalipsis.
Todo el plan.
Demasiado. Athenas bajó la mirada y cerró los ojos con fuerza.
Ojalá pudiera desaparecer…
Ojalá pudiera estar en cualquier otro lugar…
Incluso encerrada en el armario…
Entonces ocurrió.
Una brisa extraña recorrió la habitación. Fue sutil, apenas un movimiento del aire… pero suficiente para
que Danielle frunciera el ceño.
Un segundo después Athenas ya no estaba. Todos se quedaron congelados.
—¿…qué? —murmuró Conrad.
Athas parpadeó.
—Ok… eso es nuevo.
Oscuridad.
Athenas abrió los ojos de golpe. No había nadie.
El espacio era pequeño, cerrado… el aire olía a madera vieja y ropa guardada. Confundida, estiró las manos. Sus dedos tocaron paredes y una puerta.
Su respiración se aceleró.
—¿Hola? —dijo primero.
Silencio. Entonces el pánico subió por su pecho. Golpeó la puerta con ambas manos.
—¡Mamá! ¡Papá! —los golpes resonaban fuertes en el pequeño espacio—. ¡¿Dónde estoy?!
Sus manos golpeaban cada vez más fuerte.
—¡ATHAS!
De repente la puerta se abrió. La luz entró de golpe. Danielle estaba frente a ella. Antes de que Athenas pudiera decir algo, su madre la envolvió en un abrazo fuerte.
—Tranquila… tranquila —susurró mientras la sostenía—. Estás bien.
Athenas se aferró a ella todavía temblando. Detrás de Danielle, Ares miraba la escena con el ceño profundamente fruncido.
—Athenas… —dijo lentamente—. ¿Cómo hiciste eso?
Ella levantó la cabeza, todavía confundida.
—Yo… —respiró agitada—. No lo sé.
Athas apareció detrás de su padre, mirando el armario abierto.
—Eh… —dijo—. Para que conste, yo también quisiera poder desaparecer cuando estoy en problemas.
Ares no le prestó atención. Sus ojos seguían fijos en su hija. Danielle también lo entendió al mismo tiempo. Se miraron.
Luego volvieron a mirar a Athenas. No había sido un truco. No había sido ilusión. Había desaparecido de un lugar… y aparecido en otro.
Ares habló finalmente, con una mezcla de sorpresa y preocupación.
—Tu mente… —dijo—. Evolucionó otra vez.
Athas ladeó la cabeza.
—¿Otra vez?
Danielle acarició el cabello de su hija mientras la miraba con incredulidad.
—Athenas… —susurró—. Acabas de teletransportarte.
...----------------...
...(SUEÑOS/FUTURO POSIBLE DE ATHENAS)...
No tardes