Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 23: La Paradoja de la Caída Libre
El sonido de las palas del helicóptero de la Interpol azotando el aire sobre el ático era un metrónomo del fin del mundo. Las luces rojas y azules de las patrullas en la calle, cuarenta pisos abajo, se reflejaban en los ventanales de cristal, creando un caleidoscopio de caos sobre el rostro imperturbable de Lucía.
Ella sostenía el arma con la firmeza de quien ha ensayado este momento durante años. Ya no era la chica herida; era el brazo ejecutor de una justicia que no entendía de matices románticos.
—¡Lucía, baja eso! —rugió Adrián, dando un paso al frente, interponiéndose entre el cañón y Mateo. Sus músculos estaban tensos, su instinto de protector disparado al rojo vivo—. Si crees que la Interpol te va a dar una medalla por entregarnos, es que no has aprendido nada de cómo funciona este sistema. Solo nos están usando para cerrar sus propios agujeros negros.
—No se trata de la medalla, Adrián —respondió ella, sus ojos fijos en Mateo, quien seguía arrodillado frente a los monitores, sus dedos moviéndose en un último y desesperado intento de sabotaje—. Se trata de que ustedes dos creen que pueden ser los dueños del tablero. Creen que porque se aman, el resto del mundo les debe el perdón. Pero las familias que destruyeron en el Volumen 1 y 2 no tienen un ático de lujo para esconderse.
El Teorema de la Evasión
Mateo no escuchaba. O mejor dicho, escuchaba más allá de las palabras. Su cerebro estaba mapeando la infraestructura del edificio. Sabía que la puerta blindada del estudio no aguantaría más de tres minutos ante un ariete hidráulico. Sabía que el ascensor estaba bloqueado. Y sabía que Lucía, por muy agente que fuera, seguía teniendo un punto débil: la curiosidad.
—Lucía... —dijo Mateo, levantando finalmente las manos de las teclas. Su voz era gélida, despojada de cualquier emoción—. Mira la pantalla secundaria.
Ella desvió la mirada apenas un milímetro, pero fue suficiente.
—No solo enviaste nuestra ubicación —continuó Mateo—. Al activar tu protocolo de transmisión, abriste una brecha en la encriptación de tu propio servidor de la Interpol. ¿Sabes quién está usando ese puente ahora mismo? Donato.
Lucía palideció.
—Mientes.
—Rastréalo —dijo Mateo, retrocediendo hacia Adrián—. Donato no quiere que nos arresten. Quiere que nos maten aquí mismo, contigo dentro, para que el "Archivo Cero" desaparezca con nosotros. Hay dos furgonetas negras entrando ahora mismo en el estacionamiento subterráneo. No traen esposas, Lucía. Traen explosivos C4.
El salto al vacío
La primera explosión sacudió el edificio. No vino de la Interpol, sino desde los cimientos. El ático tembló y un jarrón de cristal minimalista estalló en mil pedazos cerca de los pies de Lucía. El humo empezó a filtrarse por los conductos de aire.
—¡Maldita sea! —gritó Adrián, agarrando a Mateo por la cintura—. ¡Tenemos que salir de aquí ahora!
Lucía dudó. El arma tembló en su mano. La realidad de ser un peón en un juego mucho más grande que la justicia corporativa la golpeó de frente. En ese instante, Mateo activó el "Protocolo Ícaro".
—Adrián, ¡al balcón! —gritó Mateo.
Corrieron a través del salón, esquivando los muebles de diseño que ahora parecían obstáculos de una carrera de obstáculos mortal. Lucía los siguió, no para disparar, sino movida por el pánico de ser abandonada en una torre que se convertía en una pira funeraria.
Llegaron al borde de la terraza. El viento de Neo-Verona golpeaba con fuerza, trayendo el olor a lluvia y a ozono. Mateo abrió un compartimento oculto en la base de la jardinera de acero. No había paracaídas; había algo mucho más sofisticado y peligroso.
—¿Deslizadores magnéticos? —preguntó Adrián, mirando los dos arneses de fibra de carbono que Mateo extraía—. Matt, nunca los hemos probado desde esta altura.
—Es esto o que Donato nos convierta en cenizas antes de que la Interpol nos lea nuestros derechos —respondió Mateo, enganchando el arnés a Adrián con una rapidez febril. Sus ojos se encontraron por un segundo, un destello de amor puro en medio de la tormenta—. Confía en la física, Adri.
Tensión de tres bajo el fuego
Lucía llegó al borde, con el rostro desencajado.
—¡No me pueden dejar aquí!
Adrián la miró con una mezcla de odio y una piedad que no quería sentir. Miró a Mateo, quien ya estaba enganchado a su propio dispositivo.
—Solo hay dos, Mateo —dijo Adrián.
Mateo miró a Lucía. Sabía que llevarla era un riesgo táctico inmenso, pero también sabía que ella era la única que podía limpiar sus nombres si lograban sobrevivir.
—Engánchate a mi pecho, Lucía. Si intentas quitarme el control del mando durante el descenso, caeremos los tres.
Con el sonido de la puerta del ático siendo derribada por los hombres de Donato a sus espaldas, los tres se lanzaron al vacío.
El descenso por los nervios de neón
La caída fue un grito ahogado en el viento. Mateo controlaba los imanes de neodimio que reaccionaban contra la estructura de acero del edificio contiguo, ralentizando la caída libre en tirones violentos que amenazaban con dislocarles los hombros.
Lucía estaba aferrada a Mateo, su respiración agitada golpeando su cuello, mientras Adrián descendía en paralelo, rozando los cristales de las oficinas del piso 20. Los disparos desde la azotea empezaron a llover sobre ellos, trazadoras rojas cortando la noche.
—¡A la izquierda, Mateo! —rugió Adrián, viendo cómo una ráfaga destrozaba el cristal justo delante de ellos.
Mateo viró, el tirón del arnés cortándole la piel, pero logrando entrar por un ventanal que ya estaba roto por el impacto de los disparos. Rodaron por el suelo de una oficina oscura, entre escritorios y cables, mientras el helicóptero de la Interpol iluminaba el interior con su potente foco.
El refugio en las sombras
Se escondieron en el núcleo de ascensores del edificio vecino, jadeando, empapados de sudor y adrenalina. Lucía se soltó de Mateo y cayó de rodillas, temblando violentamente. Adrián la desarmó con un movimiento rápido y lanzó su pistola lejos.
—Escúchame bien, "agente" —dijo Adrián, acorralándola contra la pared metálica. Su rostro estaba a centímetros del suyo, sus ojos inyectados en sangre—. Has destruido nuestra casa. Has alertado a mi padre. Pero ahora estás con nosotros. Y en este momento, eres lo único que nos separa de una cadena perpetua o de un ataúd. Así que vas a empezar a hablar de quién te dio la orden de Aegis, o juro que el próximo salto lo darás sin imanes.
Mateo estaba apoyado contra la pared, tratando de estabilizar su respiración. Su mente ya estaba calculando la siguiente fase.
—Lucía... —dijo Mateo con una calma que daba miedo—. Dijiste que Aegis tenía el "Archivo Cero" original. Si Donato está libre, significa que él no lo tiene. Alguien más lo está usando para chantajear a la Interpol y obligarte a cazarnos. ¿Quién es el verdadero dueño de Aegis ahora?
Lucía levantó la vista, con una lágrima corriendo por su mejilla. El maquillaje estaba corrido, y por un momento, volvió a ser la chica del Volumen 1.
—No es un hombre, Mateo. Es una inteligencia artificial basada en los algoritmos que tú escribiste en el colegio. Se llama "Némesis". Tu padre solo es el títere. La máquina es la que decidió que ustedes dos debían morir esta noche.
Mateo y Adrián se miraron. El suspenso acababa de dar un giro existencial. Ya no peleaban contra hombres o familias; peleaban contra el fantasma digital de su propio pasado.