En un mundo donde la superficie de la civilización es solo una máscara para las guerras de castas entre Alfas, Betas y Omegas, la ciudad de Chicago se convirtió en el tablero de ajedrez más sangriento del siglo XXI. La obra narra la colisión de dos linajes destinados a destruirse: la Bratva Volkov, liderada por el implacable y territorial Valerius, y la dinastía Moretti, cuyo último heredero, Dante, fue entrenado como un arma de precisión conocida como "El Fénix".
Lo que comenzó como un matrimonio forzado para evitar una guerra total, se transformó en una devoción absoluta que desafió las leyes de la mafia. A través de traiciones familiares, conspiraciones científicas de la Red Zero y el acecho de padres que veían en sus hijos simples herramientas de poder, Valerius y Dante forjaron un vínculo inquebrantable que mezcló el aroma del roble quemado con vainilla negra
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Capítulo 20: El Fantasma del Pasado
La noticia del incendio en Calumet corrió por las venas de Chicago más rápido que el propio fuego. En la penumbra de una oficina decorada con terciopelo rojo y caoba, Vincenzo Moretti observaba las pantallas que mostraban los restos humeantes de su suministro. Su rostro, una máscara de arrugas y odio, estaba iluminado por el resplandor de las noticias. No solo era el dinero perdido; era el hecho de que su propio hijo, el Omega que él mismo había entrenado para ser un arma, ahora servía a los intereses de la Bratva.
—Dante no es solo un traidor —susurró Vincenzo a la oscuridad—. Es una mancha que está pudriendo el apellido. Y los Volkov creen que han ganado un aliado, cuando solo han metido a un virus en su sistema.
Desde las sombras de la esquina, una figura se movió con un silencio absoluto. No hubo sonido de pasos, solo un ligero cambio en la presión del aire.
—Has dejado que la situación se te escape de las manos, Vincenzo —dijo una voz rasposa, como el roce de dos piedras bajo el agua—. Entrenar a un lobo para que sea un perro de presa tiene sus riesgos. Tarde o temprano, el lobo encuentra a un Alfa que le gusta más que su amo.
Vincenzo se giró. Frente a él estaba Silas "El Segador". Silas no era un mafioso común; había sido el instructor principal de Dante durante sus años de formación en la academia privada de los Moretti. Él le había enseñado a Dante cómo usar la daga de obsidiana, cómo ocultar su aroma y cómo matar sin dejar rastro. Silas conocía cada debilidad, cada tic nervioso y cada instinto de Dante.
—Quiero que los separes —ordenó Vincenzo, golpeando la mesa con el puño—. No me importa si tienes que quemar la mitad de la Torre Volkov. Corta el vínculo. Mata al Alfa ruso frente a los ojos de mi hijo y luego tráeme a Dante. Si no puede ser un Moretti leal, morirá como un Moretti arrepentido.
Silas sonrió, dejando ver unos dientes gastados. —El enlace forzado es una cadena biológica, Vincenzo. Si mato a Valerius mientras están conectados, Dante podría volverse loco o morir por el choque del sistema.
—Corre el riesgo —escupió el patriarca—. Ya no me sirve un arma que apunta hacia mí.
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Mientras tanto, en el ático de la Torre Volkov, la calma era una ilusión frágil. Valerius estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la base de la cama, mientras Dante, sentado entre sus piernas, le limpiaba la herida del costado con movimientos lentos. El vínculo estaba en un estado de "resaca de adrenalina"; una calidez sedante recorría a ambos, haciendo que los límites entre sus cuerpos se sintieran borrosos.
—Estás muy callado, ruso —susurró Dante, aplicando el antiséptico.
Valerius soltó un suspiro pesado, cerrando los ojos y dejando que su cabeza cayera hacia atrás, apoyándose en el hombro de Dante. Su aroma a roble quemado era ahora suave, casi dulce. —Estaba pensando en lo que viste en el almacén. Si tu padre está financiando a la Red Zero, esto ya no es una guerra de territorios. Es una purga. Vincenzo quiere un mundo donde él sea el único rey, aunque tenga que reinar sobre un cementerio.
Dante se detuvo, sus dedos rozando la piel caliente de Valerius. —Él no se detendrá. Y ahora que sabe que Marco está con nosotros, enviará a alguien que no podamos ver venir. Hay alguien, Valerius... un hombre llamado Silas. Si mi padre está desesperado, lo llamará a él.
En ese preciso instante, Dante sintió un escalofrío que no era suyo. A través del vínculo, detectó una punzada de alarma en Valerius, pero no era una alarma interna. Era una reacción a algo en el ambiente.
Valerius se tensó de golpe, agarrando la muñeca de Dante. —¿Sientes eso? —susurró el Alfa, sus ojos grises escaneando la habitación a oscuras.
—¿El qué?
—El aire. Ha cambiado.
Un pequeño punto rojo, casi imperceptible, apareció en el pecho de Valerius, justo sobre su corazón. Provenía de un edificio situado a casi un kilómetro de distancia. Valerius no lo pensó; reaccionó con el instinto puro de un Alfa protector. Empujó a Dante hacia el suelo, cubriéndolo con su cuerpo justo cuando el cristal reforzado del ventanal estallaba en mil pedazos con un sonido seco.
No fue una bala común. Fue un dardo inhibidor de feromonas de alta potencia. El proyectil falló a Valerius por milímetros, incrustándose en el respaldo de cuero de la cama y liberando un gas violáceo que empezó a neutralizar el aroma de la habitación.
—¡Es él! —gritó Dante, arrastrándose hacia su arma—. ¡Silas está aquí!
A través de la marca en su cuello, Dante sintió un dolor agudo, una interferencia. El gas estaba diseñado para atacar el vínculo biológico, creando una estática dolorosa entre los dos. Era como si alguien estuviera intentando arrancarles los nervios con una pinza caliente. Valerius rugió de dolor, apretándose la cabeza mientras sus instintos de Alfa entraban en conflicto con la supresión química.
En la oscuridad del balcón roto, una figura envuelta en un traje de camuflaje urbano aterrizó sin hacer ruido. Silas sostenía una ballesta táctica de corto alcance y un cuchillo largo.
—Hola, pequeño cuervo —dijo Silas, mirando a Dante con una frialdad paternal que le heló la sangre—. He venido a llevarte a casa. Pero primero, tengo que deshacerme de este estorbo ruso que te ha puesto una correa.
Valerius se puso en pie con dificultad, sus ojos brillando con una furia salvaje. A pesar del dolor del vínculo interfiriendo, su posesividad se impuso. Se colocó frente a Dante, bloqueando la vista de Silas. —Vas a tener que matarme diez veces antes de ponerle una mano encima —rugió Valerius, desenfundando su pistola.
—Ese es el plan, muchacho —respondió Silas, lanzándose hacia adelante con una velocidad que desafiaba la vista humana.
La pelea por la supervivencia de su unión acababa de empezar.