Isadora Valença creía vivir un matrimonio perfecto… hasta descubrir que su marido la engañaba con su mejor amiga.
Poco tiempo después, un accidente la hace desaparecer.
Para todos, Isadora murió.
Años más tarde, regresa como Lívia Montenegro, una mujer fría, poderosa e irreconocible. Con una nueva identidad y un imperio en sus manos, su único objetivo es ajustar cuentas con el pasado.
El destino la pone nuevamente frente a frente con Adriano Bastos, el hombre que la destruyó. Arrepentido y marcado por la culpa, se enamora de Lívia… sin saber que ella es la esposa que cree haber perdido para siempre.
Entre venganza, deseo y sentimientos sin resolver, Isadora debe decidir:
¿revelar la verdad… o hacerlo pagar hasta el final?
Una historia de renacimiento, poder femenino y venganza emocional.
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Capítulo 11
Clara pasó la noche en vela.
No por culpa —esa ya formaba parte de su rutina hacía años—, sino por inquietud. Había algo en Lívia Montenegro que no encajaba. Un detalle invisible, un eco extraño que insistía en repetirse en la mente de Clara cada vez que cerraba los ojos.
La mirada.
Era eso.
No era curiosa, ni evaluadora. Era conocedora.
Clara se levantó demasiado temprano y preparó café fuerte, intentando alejar la sensación incómoda. Abrió el celular y recorrió noticias recientes sobre negocios, deteniéndose en un titular que traía el nombre de Lívia en destaque. Leyó el texto con atención excesiva.
Demasiado impecable, pensó.
Cuando llegó a la oficina de la fundación, Clara ya estaba tensa. Encontró a Adriano en el corredor, distraído, sonriendo al celular.
—Buenos días —dijo ella, seca.
—Buenos —respondió él, sin levantar los ojos—. ¿Dormiste bien?
La pregunta sonó casi irónica.
—¿Vas a almorzar con ella hoy? —preguntó Clara, sin rodeos.
Adriano levantó la mirada, sorprendido.
—¿Con quién?
—Lívia —respondió ella—. Se han estado encontrando bastante.
Él frunció el ceño.
—Es trabajo —dijo—. Nada más que eso.
—El trabajo no suele involucrar cenas —replicó Clara.
Adriano suspiró.
—Clara… —comenzó— estás exagerando.
Ella cruzó los brazos.
—Solo me parece extraño —dijo—. Ella llegó ahora y ya ocupa un espacio que no es común.
—Ella es competente —respondió él—. Y tú sabes reconocer eso mejor que nadie.
Clara se mordió el labio, insatisfecha.
—No es eso.
—¿Entonces qué es? —preguntó Adriano, con un tono más firme.
Ella vaciló. No podía decir celos. No podía admitir el miedo irracional que sentía.
—Intuición —respondió, por fin.
Adriano rió, sin maldad.
—Siempre has tenido de esas —dijo—. Pero esta vez, estás viendo cosas donde no existen.
Clara sintió un desconfort creciente. Aquello la hizo callar.
Durante el día, intentó observar a Lívia a la distancia. El modo como hablaba con todos con educación contenida, como parecía siempre en control, como evitaba proximidad excesiva. Había algo allí… algo que Clara sentía sin conseguir nombrar.
Al final de la tarde, Clara resolvió actuar.
Pasó por el sector administrativo y pidió, casualmente, acceso a algunos documentos recientes ligados a los nuevos proyectos. Nada ilegal. Nada obvio. Apenas curiosidad profesional, dijo.
El nombre de Lívia aparecía en todos.
Sin fallas.
Sin contradicciones.
Clara sintió un escalofrío.
En casa, a la noche, Adriano llegó más tarde de lo habitual. Encontró a Clara sentada en el sofá, el ambiente silencioso demás.
—¿Aconteció algo? —preguntó él.
—¿Te gusta ella? —preguntó Clara, directa demás.
Adriano paró en medio de la sala.
—¿De qué estás hablando?
—De Lívia —repitió ella—. ¿Te gusta ella además del trabajo?
Él pasó la mano por el rostro, impaciente.
—No —respondió—. Pero admiro.
—La admiración suele ser el primer paso —replicó Clara.
—¿Celos ahora? —preguntó él, levantando una ceja.
La palabra alcanzó a Clara como una bofetada.
—No seas ridículo —respondió ella, defensiva—. Yo solo te estoy alertando.
—¿Alertando de qué? —insistió Adriano.
Clara se levantó, caminando de un lado para otro.
—No sé —admitió—. Solo siento que esa mujer no está aquí por casualidad.
Adriano se aproximó y sujetó sus hombros.
—Estás proyectando —dijo, con calma forzada—. Después de todo lo que vivimos, es normal tener miedo de perder el poco equilibrio que restó.
Clara sintió un nudo en la garganta.
—¿Y si yo estuviera en lo cierto?
—No lo estás —respondió él, convencido—. Eso son celos, Clara. Nada más que eso.
Ella se alejó, dolida y furiosa.
Mientras tanto, Lívia estaba sentada en su apartamento, analizando informes en silencio. Una sonrisa mínima surgió cuando leyó una anotación específica.
Clara Bastos —comportamiento defensivo.
Lívia cerró el archivo.
El desconfort estaba funcionando.
Más tarde, Adriano envió un mensaje.
Necesitamos conversar. ¿Cenar mañana?
Lívia respondió después de algunos minutos.
Claro.
Ella apoyó el celular sobre la mesa y encaró el propio reflejo en la ventana.
Adriano se aproximaba emocionalmente, sin percibir. Clara desconfiaba, sin entender.
Todo caminaba exactamente como planeado.
Lívia no necesitaba apresurar nada.
La verdad, cuando viniera, sería devastadora.