Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 19: Lobo y la doncella.
La casa donde Anabel había vivido no parecía distinta desde fuera. Vladimir la observó desde la distancia, con el cuerpo tenso, como si el aire mismo lo empujara hacia adelante. Fue una decisión tomada con calma. La necesidad que le ardía en el pecho desde que supo que Arturo seguía allí, respirando, durmiendo bajo un techo mientras ella había tenido que huir.
En el camino cambió de apariencia.
Al principio fue una presión en los brazos, como si la piel se le quedara pequeña. Luego el dolor se volvió concreto. Los huesos de las manos crujieron y las uñas se alargaron hasta convertirse en garras. El vello plateado avanzó por sus antebrazos, espeso, caliente. Sintió cómo los colmillos bajaban, cómo la mandíbula se tensaba. Las orejas se le movieron en la cabeza, como la de un lobo. Aunque mayor parte seguía siendo humano.
Se detuvo un momento, apoyando una mano contra un árbol. Respiró hondo.
—Así que era verdad —murmuró para sí mismo, con la voz más grave de lo normal.
No creyó que pudiera volver a esa forma. Su padre lo había sellado cuando sucedió lo de su disputa con su hermana. Durante años lo intentó, y durante años no pasó nada. Ni una señal. Hasta que apareció Anabel. Hasta que su presencia removió algo que había estado dormido.
La casa estaba iluminada. No estaba solo.
Vladimir avanzó sin cuidado. Dejó que sus pasos se escucharan. Golpeó la pared con el dorso de la mano. Un ruido seco, suficiente para alertar. Dentro se oyó una risa femenina apagada, luego un silencio brusco.
—¿Quién anda ahí? —la voz de Arturo sonó nerviosa.
Vladimir sonrió, mostrando los colmillos.
—Baja —dijo—. Solo tú.
Pasaron unos segundos. Luego la puerta se abrió con violencia. Arturo apareció con una escopeta entre las manos, el rostro enrojecido, los ojos llenos de miedo y furia.
—¡Aléjate! —gritó, levantando el arma.
No tuvo tiempo de disparar.
Vladimir se lanzó sobre él con una velocidad que Arturo no pudo seguir. La escopeta cayó contra el suelo. Vladimir lo empujó contra la pared y le rasguñó el rostro con las garras, dejando marcas profundas y sangre por todo lado. Arturo gritó con fuerza.
—No te mataré —dijo Vladimir, respirando con fuerza— porque ella aún no me lo ha pedido. Pero sí te haré el mismo daño que le hiciste a ella.
El primer golpe lo dejó sin aire. El segundo lo hizo caer de rodillas. Arturo intentó cubrirse, pero no tenía cómo defenderse. Cada golpe era preciso, cargado de odio acumulado.
—¿Te acuerdas cuando la golpeabas? —le preguntó Vladimir, inclinándose sobre él—. Yo sí recuerdo su rostro lastimado por tu culpa.
Lo levantó del suelo hasta afuera, lo lanzó hacia el establo. El cuerpo de Arturo chocó contra la madera y quedó tendido, consciente, respirando con dificultad.
Vladimir se quedó mirándolo unos segundos más. Sus manos temblaban. Sabía que si seguía, no habría vuelta atrás.
Se dio la vuelta antes de perder el control.
Cuando se alejó, la transformación avanzó sin que pudiera detenerla. El dolor fue intenso, pero no lo rechazó. Lo entendió. No era una maldición. Era parte de él. Anabel había sido la llave. Su olor, su presencia, la forma en que su cuerpo la reconocía incluso antes que su mente.
—Mi destino, mi pareja...—susurró mientras corría entre los árboles—. Siempre fue ella.
Horas después, la casa de Edric estaba en silencio. La luna llena iluminaba el jardín. Anabel se asomó por la ventana, inquieta. Algo blanco se movía entre los árboles.
—Edric —dijo en voz baja—. Hay algo ahí.
Edric también estaba despierto, y tampoco podía dormir. Se acercó a su lado y palideció.
—No bajes —advirtió—. Es peligroso. Yo ya lo he visto así hace muchos años. No reconoce a nadie cuando está así.
Anabel no respondió. Abrió la puerta y salió al frío.
El lobo se acercó despacio. Era grande, de pelaje blanco, los ojos plata brillante fijos en ella. Se detuvo a unos pasos.
—Vladimir —dijo ella, sin miedo.
El lobo se acostó frente a ella, bajando la cabeza. Anabel se acercó y se tendió sobre él, abrazándolo.
—Eres como un peluche —murmuró, sonriendo—. Y estás caliente.
Edric los observó desde la puerta, sin decir nada. Porque a él si lo hubiera comido.
La nieve comenzó a caer más. Anabel se quedó dormida sobre el lobo. Vladimir no se movió en toda la noche, su cuerpo grande la cubría a la perfección.
Al amanecer, volvió a su forma humana. La cargó con cuidado y la llevó a la cama. Ella no despertó.
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Muy lejos de allí, en la casa del duque, Grecia se despertó sobresaltada por las voces en el pasillo.
—No quiere las medicinas.
—Ni comer.
—Se va a morir con esa terquedad.
Grecia se levantó sin pensarlo. Se puso el vestido a medio abrochar y salió de la habitación. Caminó hasta la puerta cerrada. Dudó. Ayer se mostró amable. Hoy no se sabe si tendrá el mismo humor.
Tocó una vez la puerta.
—Buenos días —dijo, entrando.
—Buenos días —respondió él desde la cama.
La voz era la misma que la noche anterior. Cansada, pero amable. Grecia vio la bandeja con los medicamentos intactos.
—Eso es tóxico —dijo—. A largo plazo lo empeora.
—¿Ah, sí? —preguntó él, curioso—. ¿Y cómo lo sabes?
—Quise estudiar medicina —respondió ella—. Mi padre no me dejó. Decía que las mujeres no tenemos que tener algún conocimiento que no sea del agrado del marido. Aún así, estudie en secreto todo lo que podía.
—Tu padre, con todo respeto, es un retrasado mental. He conocidos dama de la sociedad más lista que los hombres... por favor, explícame. La ciencia es de mi agrado—pidió el duque.
Ella lo hizo. Habló de hierbas, de tratamientos menos agresivos, como y cuando se debían usar. Él la escuchó en silencio.
—Es interesante. Sabes más que mi propios médicos.
—Duque... yo no-
Hubo una pausa.
—Llámame James —interrumpo él.— ese es mi nombre. Entonces, ¿Que me recomiendas tú? Con los que me explicaste, ese medicamento es tóxico. Más razones para yo no tomarlo.
Grecia no quería declinar la opinión de un médico o de varios, que ya son expertos por experiencia. Pero si el duque le pedía con dolor en su voz, ella no podía a rechazarlo.
—Necesito evaluarlo primero. Si me da permiso para verlo. Podría recomendarle algo mejor.
Él sonrió detrás de la cortina.
—Esta bien. Hoy me siento mejor que ayer como para presentarme frente tuyo.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí