Narra la historia de Eliza Valantine, una mujer ruda de los barrios bajos que terminará reencarnando en Ofelia, la villana de secundaria de una novela que leyó. La Ofelia original era una mujer sin dignidad que drogó al protagonista, obligándolo a casarse con ella. Esta nueva Ofelia es una mujer empoderada, ruda y fuerte de pies a cabeza que no necesita usar a un hombre para ascender. No se deja de nadie y no necesita un héroe que la salve; ella es su propio héroe.
Si te gustan las protagonistas poderosas que reparten bofetadas a diestra y siniestra, quédate aquí.
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NUESTRA PRIMERA CITA FINAL DE LA PRIMERA PARTE.
Amaneció, Bruno y yo fuimos a la compañía como de costumbre,hoy es nuestra primera cita.
La noche cayó con un cielo pintado de tonos anaranjados y morados. Bruno llegó a la casa en un auto lujoso, vestido con una camisa blanca ajustada y pantalones negros, con unos zapatos relucientes. «Mi reina, estás espectacular», dijo al verme salir con un vestido rojo escotado que dejaba ver mis hombros, con el cabello suelto y un collar con un diamante negro.
Bruno:
Me llevó hasta un restaurante en lo alto de un acantilado, con mesas cubiertas de manteles blancos y velas que bailaban con la brisa marina. La mesa estaba ubicada en una terraza privada, con una vista impresionante al mar que brillaba bajo la luz de la luna.
Ofelia:
Mientras comíamos langosta y bebíamos un vino rosado suave, la conversación fluyó naturalmente. «¿Te gusta leer?», preguntó Bruno mientras movía su tenedor por el plato. «Soy fanático de las novelas clásicas – especialmente las de amor y misterio.»
Yo sonreí, sintiendo cómo un lado dulce que rara vez mostraba salía a la luz: «¡Yo también! Me encantan las historias donde los personajes descubren que tienen más en común de lo que imaginaban. Tengo una colección de libros antiguos que heredé… me gusta pasar tardes enteras leyendo, envuelta en una manta con un café caliente.»
Bruno miró mis ojos con una expresión suave que no había visto antes: «Nunca hubiera imaginado que mi esposa que enfrentó a cuatro secuestradores con una pistola fuera tan tierna con los libros. Me encanta esta faceta tuya.»
De repente, escuchamos unos ladridos débiles cerca de la entrada del restaurante. Una perrita callejera de pelaje blanco, delgada y con los ojos tristes, intentaba acercarse a las mesas, pero el mozo la intentaba espantar con un trapo.
Sentí cómo mi corazón se contrajo. Me levanté de un salto y me acerqué a ella, protegiéndola con mi cuerpo: «¡Basta! ¿Por qué la tratas así? Ella no hace daño a nadie.» La perrita se acurrucó entre mis piernas, temblando. La cogí con mucho cuidado en mis brazos, y ella lamió mis manos con ternura. «Eres tan hermosa… te llamaré Luna», le susurré, acariciando su cabeza suavemente.
Volví a la mesa y miré a Bruno: «Por favor… ¿podemos adoptarla? No puedo dejarla aquí.»
Bruno sonrió – una sonrisa amplia y cálida, la primera que veía en él – y tomó mi mano: «Eres tan linda, Ofelia. Eres valiente y fuerte, pero también tienes un corazón tan sensible. No tienes por qué ser siempre la que tiene el control – puedes ser frágil si tú quieres. La perrita es tuya, mi amor.»
Después de pagar la cena, bajamos hasta la playa, con Luna dormida en mis brazos. La brisa marina movía mi cabello, haciendo que se envolviera alrededor de mis mejillas. Bruno caminó junto a mí, a veces acariciando suavemente el pelaje de la perrita.
«Me encanta cómo eres con ella», dijo él en voz baja. «Cada día descubro algo nuevo de ti – y cada cosa que aprendo me hace quererte conocer más» De repente, se inclinó rápidamente y me robó un beso suave en la mejilla, luego corrió hacia la orilla riéndose a carcajadas.
«¡Hey! ¡Eso no es justo!» grité riendo, corriendo tras él con Luna apretada contra mi pecho. «¡Voy a atraparte!»
Mientras corríamos por la arena, con el sonido de las olas de fondo, Bruno se detuvo y me cogió de la cintura: «Quiero seguirte conociendo, Ofelia. Quiero descubrir todos tus secretos, todos tus gustos… quiero estar a tu lado.» Tomé su mano y la apreté fuerte: «Yo también, Bruno. Quiero eso más que nada.»
Antes de ir a casa, fuimos a un veterinario de guardia. Después de revisar a Luna, el médico sonrió: «Está bien de salud, pero tiene aproximadamente un mes de embarazo. Tendremos que cuidarla mucho en las próximas semanas.»
Yo miré a Bruno con los ojos brillantes: «¡Tendremos cachorritos! Es perfecto – Luna será una mamá maravillosa.» Bruno acarició mi mejilla: «Como tú serías alguna vez, ¿verdad?» Me sonrojé y asentí, sintiendo cómo se calentaba mi rostro.
Al llegar a casa, los trillizos salieron corriendo al escuchar el motor del auto. «¡Una perrita! ¡Una perrita!» gritaron Valentína, Mateo y Santiago al ver a Luna en mis brazos. Se acercaron con mucho cuidado, acariciándola con sus pequeñas manos, riendo y hablando con ella como si entendieran cada palabra.
Me quedé un rato observándolos, con una sonrisa en los labios pero con la garganta apretada. De repente, recordé a mi abuelo de mi vida pasada – el único que me había querido verdadera, que me contaba historias bajo el cielo estrellado y me enseñaba a amar los libros. Sentí cómo las lágrimas comenzaban a rodar por mis mejillas, calientes y silenciosas.
Bruno se acercó y me secó las lágrimas con sus dedos suaves: «Mi reina, ¿qué tienes? ¿Por qué lloras?» Yo intenté sonreír: «Nada, Bruno… es solo que estoy muy feliz.»
En ese momento, mi teléfono vibró. Era una llamada del asilo de ancianos: «Señora Ofelia, su abuelo materno, don Manuel, quiere verte. Dice que es importante.» La antigua Ofelia había sido cruel con él, dejándolo solo en el asilo durante meses sin visitar. Pero algo me dijo que debía ir.
Bruno cogió mi mano: «Voy contigo.» Llegamos al asilo y él se quedó en la sala de espera mientras yo entraba en la habitación de don Manuel. El hombre estaba sentado en una silla, mirando por la ventana. Al escuchar mis pasos, se giró.
«Abuelo…», dije en voz baja, acercándome a él. Sin pensar, salió de mi boca el apodo que usaba con mi abuelo de antes: «¿Cómo estás, tata?»
El rostro de don Manuel se iluminó con una sonrisa llena de lágrimas. Se levantó con dificultad y me abrazó con fuerza: «Mi niña… también reencarnaste, ¿verdad? He estado esperándote tanto. Sabía que vendrías a buscarme algún día.»
Yo me dejé llevar por el abrazo, llorando a mares mientras apretaba a mi abuelo contra mí: «¡Abuelito! ¡Te extrañé tanto! No pude creer que también estuvieras en este mundo. Te llevaré a casa conmigo – nunca más te dejaré solo.»
Don Manuel acarició mi cabello con sus manos arrugadas: «Mi niña valiente… siempre supe que volverías a mí.» Mientras nos abrazábamos, las lágrimas de felicidad no paraban de fluir – un recuentro que cerró cicatrices del pasado y abrió las puertas a un futuro lleno de amor y familia.
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