Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?
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ACEPTADO.
...GONZALO:...
— ¿Por que no nos sentamos? — Me pidio la madre de mi futura esposa.
— Claro
Me límite a decir.
Me observo y yo Sonrei.
— ¿Gaby y tu? ¿Como se conocieron?
Pregunto finalmente.
— En una cafetería, ella no vio que la mesa estaba ocupada por mi y se sento, al final compartimos mesa … y que puedo decirle señora, me atrapó
Ella sonrio.
—Eso suena muy a Gaby —dijo, con una sonrisa suave, casi nostálgica—. Siempre ha sido así…
Su sonrisa se sostuvo un segundo más, luego se sentó con más cuidado, como si la conversación empezara a pesarle.
—Mi esposo no es un hombre fácil —dijo de pronto—. Nunca lo ha sido.
No me sorprendió.
Pero tampoco quise apresurarme a responder.
—Lo sé —admití—. Y no lo juzgo por eso.
Levantó la vista hacia mí, evaluándome de nuevo.
—Lo único que te pido —dijo— es que siempre estés para ella, justo como ayer. Pude ver en ti a un hombre… no solo a alguien capaz de enfrentarlo todo. A alguien que lo hace no por ella, sino para ella.
Hizo una pausa.
—Pero Gonzalo no sé si ella sea capaz de dejar su mundo. Solo mírala… se alejó de su padre, de su familia, de su hogar, para estar donde está ahora.
Respiré hondo antes de responder.
—Me sorprende, señora, que crea que yo quisiera sacarla de ahí —dije con calma—. Cuando la conocí, Gaby estaba tan concentrada en lo suyo que no prestaba atención a nada más. Y conforme seguimos juntos, me di cuenta de que eso… eso me fascinaba.
La miré con firmeza.
—Jamás intentaría apartarla de su mundo. Y sé que ella nunca me habría elegido si creyera que yo quería hacerlo.
Hice una pausa breve, dejando que las palabras se asentaran.
—Le pedí matrimonio no para asegurarme de que ella no se fuera de mi vida —continué—, sino para asegurarme de no irme yo de la suya.
La madre de Gaby no respondió de inmediato.
Bajó la mirada, como si necesitara ordenar lo que acababa de escuchar.
Asintió apenas, una vez.
—Eso… —dijo finalmente— era lo único que necesitaba saber.
Se recargó en el respaldo del sillón y exhaló despacio.
—Gaby siempre ha sido intensa, firme, terca —sonrió con un dejo de cansancio—. Y aunque a veces eso nos rebasó como padres, nunca quise que alguien intentara apagarla.
Me miró de nuevo, esta vez sin reservas.
—Si tú no buscas cambiarla, si solo quieres caminar a su lado… entonces no tengo nada que temer.
Se levantó con calma.
—Mi esposo tardará más —admitió—. Pero hoy dio un paso que no creí posible.
Dudó un segundo antes de añadir:
—Y tú también.
Extendió la mano.
La tomé.
—Cuídala —pidió, ya sin formalidades—. Incluso cuando no sepa cómo dejarse cuidar.
—Lo haré —respondí sin pensarlo—. Todos los días.
Ella asintió, satisfecha.
—Entonces —dijo—, bienvenido a la familia.
Y en ese instante, supe que no solo había sido escuchado…
había sido aceptado.
Gaby y su padre tardaron un poco más de tiempo en salir.
Cuando volvieron ella tenía los ojosos cristalizados, me habría alarmado de no ser por la gran sonrisa que tenía en el rostro.
— ¿Esta todo bien? — le pregunté cuando llego a mi.
Asintió.
— Todo está perfecto.
La señora Perla observó a su esposo.
El solo asintió.
Y con eso, algo cambió en el aire.
—La comida está lista —anunció entonces la señora Perla, como si retomara una normalidad que había estado suspendida—. Pasemos al comedor.
Caminamos juntos.
Gaby se sentó a mi lado.
Durante los primeros minutos hablaron de cosas simples: el viaje, el clima, el trabajo de Gaby y sus conferencias. Realmente se mostraban interesados.
Ella, como siempre, hablaba con gusto de lo que tanto le apasionaba.
Sus padres tenían cara de confusión en algunas ocasiones, pero Gaby encontraba la manera de que pudieran comprender.
Yo escuchaba atento, sin intervenir más de lo necesario.
Hasta que su padre dejó los cubiertos sobre el plato.
—Gonzalo —dijo—. Ayer mencionaste que eres psiquiatra.
—Así es, señor —afirmé—. Actualmente soy director médico. En ocasiones cubro turnos, pero me dedico principalmente a la consulta privada y a la investigación.
—¿Qué edad tienes? —preguntó, directo.
—Veintiocho.
Alzó ligeramente las cejas.
—¿Y ya terminaste la residencia? —inquirió—. ¿Cómo es que eres director tan rápido?
—El hospital ya existía —aclaré—. Yo heredé la dirección.
—¿Hospital público o privado? —preguntó, con ese tono con el que uno mide terreno.
—Privado. Hospital Tanori.
La señora Perla levantó apenas las cejas y miró a su esposo.
—¿Recuerdas a Héctor Tanori? —dijo—. Uno de los inversionistas más fuertes en investigación en salud.
El señor Fausto asintió de inmediato.
—Claro que lo recuerdo. Ambos fuimos donadores de la misma causa —me miró con más atención—. ¿Perteneces a su familia?
Bajé un poco la cabeza y sonreí.
—Era mi padre —respondí—. Estoy continuando su investigación sobre trauma complejo y trastornos afectivos. Fue el proyecto al que más tiempo le dedicó.
Mis suegros se miraron entre sí.
No dijeron nada durante un segundo, pero el silencio lo dijo todo.
Entendieron que yo pertenecía a una familia profundamente acomodada, no solo por su posición en la medicina, sino por sus inversiones en distintas áreas.
—Cuando escuchamos tu apellido —dijo finalmente el señor Fausto— jamás imaginamos que hablabas de ser el hijo de Héctor Tanori.
Asentí.
—Fue un hombre honesto —añadió—. Estoy seguro de que te crió bien.
—Hizo lo mejor que pudo —respondí, con sencillez.
Miré a Gabriela.
Ella tomó mi mano y me sonrió, porque por primera vez parecía que sus padres me aceptaban sin reservas.
Y eso… era más que suficiente.
—Creí que por poco no los alcanzaba. Esa entrevista estuvo… —dijo Arlet al llegar, interrumpiendo la conversación, con una expresión cansada.
Aún me sorprendía el parecido con mi esposa.
Los gemelos suelen ser similares, pero siempre hay algo que permite distinguirlos. Incluso cuando pasan mucho tiempo separados, las diferencias suelen hacerse más evidentes: la postura, los gestos, la manera de ocupar el espacio.
Pero ellas no.
Aunque, en apariencia, sus estilos de vida eran tan distintos, se parecían demasiado.
Tal vez era porque ahora su hermana llevaba el mismo color de cabello que mi esposa. Diferente a cuando Gaby me la había mostrado en fotos, cuando aún lo llevaba rubio.
La conversación continuó.
Arlet acaparó la atención apenas se sentó. Habló de lo difícil que era salir sin ser reconocida, de sus proyectos, de lo demandante que era su trabajo.
Había pasión en ella.
Eso era innegable.
Y cuando pensé que jamás cambiaría de tema, lanzó el comentario como si no pesara.
—Gaby —dijo—, ¿en qué piensas invertir el dinero que recibirás cuando te cases?
Me giré de inmediato hacia mi prometida, confundido.
Ella me sostuvo la mirada apenas un segundo.
No hubo sorpresa.
Ni nervios.
—Es una herencia de mi abuelo —dijo con naturalidad, como si hablara del clima—. Es para todos los nietos. Solo se libera cuando nos casamos.
Asentí despacio.
—No lo sabía —admití, sin rastro de molestia.
—No era algo importante —añadió ella—. Nunca ha definido mis decisiones.
La miré un segundo más.
No para cuestionarla.
Sino para confirmarlo.
Y lo entendí.
No había nada oculto.
Nada que cambiar.
Nada que explicar.
—Tiene sentido —dije simplemente.
Gaby entrelazó sus dedos con los míos debajo de la mesa.
Sonrió, tranquila.
El gesto no pasó desapercibido.
Su padre nos observó con atención, como si midiera algo que por fin empezaba a cuadrar.
Su madre relajó los hombros, apenas.
Arlet, en cambio, guardó silencio por primera vez desde que había llegado.
Pero no duró mucho.
—¿Cuándo planean casarse?
Nos miramos.
—La verdad es que como Gonzalo me lo propuso hace unos días, no hemos hablado de la fecha —respondió Gaby con naturalidad, encogiéndose apenas de hombros.
Asentí, acompañando su respuesta.
Pero la pregunta se quedó conmigo.
La comida transcurrió sin tensiones.
—Gaby, ¿por qué no se quedan en casa? —propuso su madre—. Estarán más cómodos.
—No sé si… —dijo ella, y me miró.
No supe qué responder de inmediato.
—Sí, hermana —intervino Arlet—. Sé que no dormiremos juntas, pero al menos podríamos tener una mañana de spa.
Gaby volvió a mirarme.
Hice un gesto leve, casi imperceptible, dejándole claro que era su decisión.
—Por favor —insistió Arlet—. Te he extrañado muchísimo.
Gaby suspiró.
—Está bien.
La sonrisa de su madre fue inmediata.
—Mandaremos por sus cosas al hotel.
—Gracias, mamá.
—Gracias —añadí yo también.
Perla se levantó de la mesa, satisfecha, como si ese pequeño acuerdo sellara algo más grande que una simple noche bajo el mismo techo.
Gaby tomó mi mano por debajo de la mesa.
No dijo nada.
Pero en ese gesto había calma.
Y algo parecido a hogar.
Yo asentí en silencio, aceptando la invitación no como una cortesía, sino como un paso más hacia un lugar al que, sin darme cuenta, ya empezaba a pertenecer.
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...GABRIELA:...
Por fin estábamos solos, en una habitación, en la casa de mis padres… pero solos.
Él comenzó a quitarse el saco y el reloj; yo, los tacones.
Solté mi cabello y dejé mis gafas sobre uno de los muebles.
Lo sentí abrazarme por detrás.
Me permití sentir su abrazo. Su respiración en mi cuello.
—¿Qué piensas? —preguntó.
Había aprendido a leerme bien. No sé si por su trabajo o por su amor; no importaba. Me gustaba.
—Me quedé pensando en lo que preguntó Arlet.
Se movió para verme directo al rostro.
Sus manos continuaron en mi cintura.
—No hemos acordado fecha para la boda.
Me pegué más a él.
—Bueno —empezó a besar mi cuello—, ¿y cuándo quiere casarse mi futura esposa? —susurró contra mi oído.
—Gonzalo, te estoy hablando en serio.
Reí porque me hacía cosquillas.
—Yo también —respondió, alzando apenas la cabeza para mirarme.
Sus labios no se detuvieron.
—No te estoy esquivando la pregunta —dijo—. Te la estoy haciendo. Así que tú decides… yo hago lo que tú me ordenes.
Sus manos bajaron sugerentes por mi espalda mientras aún me besaba.
No. No tenía que concentrarme en eso.
—No debería decidir esto sola.
—Si por mí fuera, me caso mañana contigo.
Comenzó a bajar el cierre de mi vestido.
—Gonzalo, por favor…
Me besó. Profundo.
—No me digas eso solo para terminar el tema —dije contra su boca.
Se detuvo para verme a los ojos.
—No lo hago —dijo con firmeza—. Y lo que digo es muy en serio.
Tragué saliva porque su mirada cambió.
Ahora estaba serio.
—No te pedí que te casaras conmigo para estar listo algún día —continuó—. Te lo pedí porque ya lo estoy. Porque no necesito más tiempo para saber que eres tú.
—Pero…
—¿Pero?
—Una boda necesita planearse, hacerse con tiempo.
Sonrió.
—Perfecto… entonces dime tú… ¿cuándo estás lista?
—Te mentiría si te dijera que no quiero casarme ya, pero no nos perdonarían casarnos tan furtivamente.
Mi vestido se deslizó por mi cuerpo hasta el suelo.
—Bien, entonces dime.
Su respiración ya estaba agitada. Y la mía también.
—Lo suficiente para que me ayuden a planearla y para que tu madre pueda asistir.
Se detuvo un momento y me miró.
—Sí. La quiero ahí.
Sonrió.
Me besó y comenzó a quitarse la camisa.
—Dos meses —dije.
—Es demasiado —susurró contra mi boca.
—Apenas lo justo.
Me levantó de los glúteos y yo di un pequeño salto para aferrarme a él con las piernas.
—De ser menos, ni Zoe, ni mi hermana, y mucho menos mi madre, me lo perdonarían. Además… quiero llevar un vestido de novia.
Ya estábamos sobre la cama.
Pero eso no evitó que se extrañara.
—No eres tan religiosa —dijo mientras se despojaba del resto de la ropa.
—No —respondí—, pero son hermosos. ¿Qué importa?
— Entonces…
Se posicionó en mi entrada.
— Ya quiero verte con el, para después quitártelo.
Entró en mí y me aferré a él.
— Excelente hay que contar los días