Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 18: Lo que queda cuando no estás
Kael no se fue sin avisar.
Eso, para Elian, ya era una diferencia inmensa.
Se lo dijo con dos días de anticipación, sentado frente a él, sin rodeos, sin minimizarlo.
—Debo salir en una expedición al límite sur —explicó—. Serán varios días. No es opcional.
Elian asintió.
Su rostro no cambió.
Su cuerpo sí.
Un nudo silencioso se formó en su pecho, apretándole la respiración. Lo reconoció de inmediato: no era miedo al peligro, era miedo a la ausencia.
—¿Cuántos días…? —preguntó, intentando que su voz no delatara nada.
—Cinco —respondió Kael—. Tal vez seis, si el clima empeora.
Elian volvió a asentir.
—Estaré bien —dijo, demasiado rápido—. Puedo… ocuparme de mis cosas.
Kael lo observó con atención.
—No dudo de eso —respondió—. Pero quiero que sepas que no olvidé lo que hablamos.
Elian levantó la mirada.
—No desaparezco —añadió Kael—. Volveré. Y antes de irme, dejaré a alguien de confianza pendiente de ti. No para vigilarte. Para acompañarte si lo necesitas.
Elian tragó saliva.
—Gracias.
No dijo no se vaya.
No dijo no me deje.
Había aprendido a no pedir eso.
La mañana de la partida, el castillo se llenó de movimiento. Armaduras, caballos, órdenes breves. Elian observaba desde una distancia prudente, con las manos entrelazadas frente al cuerpo.
Kael se acercó antes de montar.
—Estaré de regreso —dijo—. Cuida de ti mientras tanto.
Elian asintió.
—Lo intentaré.
Kael dudó un segundo… y luego hizo algo pequeño, casi imperceptible para cualquiera más.
Se quitó la chaqueta gruesa que llevaba puesta y la dejó doblada sobre el respaldo de una silla cercana.
—Por si refresca —dijo, como si fuera un detalle trivial.
Elian no preguntó nada.
Solo asintió otra vez.
Cuando Kael se fue, el castillo volvió a quedarse en silencio.
Los primeros dos días, Elian se sostuvo bien.
Siguió la rutina. Comió. Caminó por el jardín. Se sentó a leer aunque no avanzara mucho. Habló lo justo con los sirvientes.
Pero por las noches… algo se deshacía.
No había pesadillas.
No había crisis visibles.
Había una ausencia pesada, como si el aire fuera más frío, como si el espacio se hubiera vuelto demasiado grande para un solo cuerpo.
La tercera noche, Elian despertó sobresaltado.
No por un recuerdo.
Por la soledad.
Se sentó en la cama, respirando rápido. Miró alrededor. El silencio era demasiado amplio. Demasiado parecido al de otras noches antiguas… cuando no había nadie que volviera.
Sin pensarlo demasiado, se levantó.
Caminó hasta la silla.
La chaqueta seguía allí.
Elian la tomó con cuidado, como si fuera algo frágil. El tejido era grueso, firme. Olía a madera, a cuero limpio… a Kael.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
La llevó a la cama.
Se recostó… y la abrazó.
No como un objeto.
Como presencia.
El aroma lo envolvió de inmediato. Sus hombros descendieron. La respiración se le regularizó poco a poco. Sin darse cuenta, se acurrucó más, enterrando el rostro en la tela.
—Va a volver… —murmuró, como un recordatorio.
Elian se quedó dormido así.
Abrazado a algo que no era Kael…
pero que su cuerpo reconocía como seguridad.
Cuando Kael regresó, fue de noche.
La expedición había sido más corta de lo previsto. El clima había cedido. Los informes eran favorables. Todo estaba en orden.
Excepto él.
Desde que cruzó las puertas del castillo, sintió algo distinto. No peligro. No urgencia.
Inquietud.
Subió directo al ala privada.
No encontró a Elian en la sala.
Ni en el jardín.
Avanzó hacia la habitación.
Empujó la puerta con cuidado.
La escena lo detuvo en seco.
Elian dormía profundamente, encogido sobre la cama. El rostro relajado, sin rastro de alerta. Los brazos rodeaban algo oscuro, apretándolo contra el pecho.
Su chaqueta.
Kael no se movió.
El aire se le quedó atrapado en los pulmones.
No fue ternura inmediata.
Fue impacto.
Elian no estaba fingiendo.
No estaba dramatizando.
Su cuerpo había buscado refugio en ausencia.
Kael se acercó despacio, sin hacer ruido. Observó cómo el omega respiraba tranquilo, cómo sus dedos se aferraban inconscientemente a la tela.
Algo profundo, peligroso y definitivo se acomodó en su pecho.
Me reconoce como lugar seguro.
No como autoridad.
No como obligación.
Como hogar.
Kael se sentó en el borde de la cama. No lo despertó. No intentó quitarle la chaqueta. Solo dejó una mano cerca, sin tocar.
—Volví… —susurró.
Elian no despertó, pero su cuerpo reaccionó.
Se relajó un poco más.
Kael cerró los ojos un instante.
Y entendió, con una claridad que lo dejó sin defensas, que ya no bastaba con protegerlo de otros.
Tendría que aprender a protegerlo incluso de la ausencia.
Y por primera vez…
no le asustó la idea.