NovelToon NovelToon
La Prisionera Del Comandante Declan

La Prisionera Del Comandante Declan

Status: Terminada
Genre:Esclava / Sirvienta / Ascenso de clase social / Dominación / Amor tras matrimonio / Completas
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.

NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Navira

El aire gélido de la noche de Vaelkoria me golpeaba el rostro, pero no lograba enfriar la lava que corría por mis venas. Estaba apoyada en la barandilla de piedra del balcón, con las manos aferradas al frío mármol, mirando hacia las luces distantes de la capital. Mi vestido seguía desajustado, los tirantes caídos, y mi respiración era un vapor blanco que se disipaba en la oscuridad.

Diez minutos, había dicho él. Habían pasado quince, y cada segundo se sentía como una eternidad de tortura.

Escuché el sonido sordo de la puerta de mi habitación cerrándose. Pero no fue un cierre normal. Fue el estruendo metálico de un pesado candado echado con furia, seguido del silencio absoluto del pasillo. El corazón me dio un vuelco.

—Se acabó la diplomacia, Navira.

La voz de Declan llegó desde las sombras de la habitación, cargada de una vibración tan baja y peligrosa que sentí cómo mis rodillas flaqueaban. Me giré lentamente. Él estaba allí, de pie bajo el marco de la puerta del balcón. Se había deshecho de la capa y de la camisa; su torso desnudo brillaba bajo la luz de la luna, mostrando cada cicatriz, cada músculo tenso por la adrenalina y el deseo contenido.

—El mensajero se ha ido —dijo, dando un paso hacia el balcón—. Kael tiene órdenes de ejecutar a cualquiera que se acerque a diez metros de esta puerta. Y he cerrado con candado. Nadie va a sacarme de aquí esta noche.

Caminó hacia mí con la elegancia de un depredador que ha acorralado a su presa favorita. Yo retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la barandilla fría.

—Te dije que volvería —susurró, atrapándome entre sus brazos y el vacío del precipicio—. Y voy a cumplir mi promesa. Voy a follarla hasta que te olvides de tu propio nombre, hasta que lo único que quede en tu mente sea el sonido de mi voz y el calor de mi piel.

Su mano subió por mi muslo, levantando la seda del vestido con una brusquedad que me hizo jadear. Sus ojos azules estaban oscuros, casi negros, fijos en los míos con una posesividad que me quemaba.

—Declan… —logré articular, aunque mi voz era un gemido—. Los guardias… nos van a ver en el balcón. Alguien podría mirar desde la torre de vigilancia.

—Que miren —gruñó él, hundiendo su rostro en mi cuello y mordiendo el lóbulo de mi oreja con una ferocidad que me hizo arquear la espalda—. Que vean cómo el Comandante de Vaelkoria reclama lo que es suyo. Que vean cómo la reina de Sundergard se deshace en mis manos.

—No… adentro —supliqué, aunque mis manos ya estaban enredadas en su cabello rubio, tirando de él hacia mí—. Por favor…

Él soltó una risa oscura contra mi piel. Me levantó de golpe, haciendo que mis piernas se enredaran automáticamente en su cintura. Me llevó hacia el interior de la habitación, pateando la puerta del balcón para cerrarla detrás de nosotros. Me lanzó sobre la cama inmensa y se posicionó sobre mí antes de que pudiera recuperar el aliento.

Lo que siguió no fue un acto de amor romántico ni una caricia delicada. Fue una guerra. Fue un choque de fuerzas salvajes que llevaban demasiado tiempo contenidas tras muros de odio y orgullo.

Declan me desnudó con una urgencia animal, desgarrando la seda carmín sin importarle el valor del vestido. Sus manos eran grandes, calientes y posesivas, marcando mi piel con una intensidad que gritaba propiedad. Cuando su piel desnuda finalmente se presionó contra la mía, el contacto fue como una explosión.

—Eres mía, Navira —gruñó, sus labios buscando los míos en un beso que sabía a posesión absoluta—. Dilo. Di que eres mía.

—¡No soy… de nadie! —grité, aunque mis uñas se hundían en sus hombros, dejando surcos rojos en su piel.

Él se rió, un sonido gutural, y me penetró con una fuerza que me hizo perder el sentido del espacio y el tiempo. Fue una embestida salvaje, rítmica, implacable. Me aferré a él como si fuera la única cosa sólida en un mundo que se estaba desmoronando. Cada movimiento suyo era una declaración de poder, cada gemido mío era una confesión de rendición.

El sudor empapaba nuestros cuerpos mientras nos movíamos en una coreografía de deseo animal. Declan no me dejaba apartar la mirada; me obligaba a verlo, a reconocer al hombre que estaba rompiendo mis últimas defensas. Sus manos me sujetaban con fuerza, sus dedos entrelazados con los míos contra las almohadas, mientras sus embestidas se volvían más rápidas, más profundas, más desesperadas.

—¡Declan! —grité su nombre al techo, con la espalda arqueada y los ojos nublados por el placer más puro y violento que jamás había imaginado.

—Eso es… —susurró él en mi oído, su respiración quemándome—. Olvida el resto del mundo. Olvida la rebelión. Olvida quién eres. Solo soy yo. Solo soy yo dentro de ti.

El éxtasis llegó como una ola gigante que nos arrastró a ambos. Me sacudió con una violencia que me dejó sin aire, mientras sentía a Declan tensarse sobre mí, soltando un rugido de triunfo y agotamiento mientras se derramaba dentro de mí, reclamándome en lo más profundo.

Nos quedamos allí, jadeando, envueltos en sábanas revueltas y en el silencio pesado de la noche. El calor que emanaba de nuestros cuerpos era la única calefacción que necesitaba la habitación. Declan no se quitó de encima inmediatamente; se quedó allí, con su peso reconfortante presionándome contra el colchón, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello.

Poco a poco, mi respiración se estabilizó. El silencio empezó a sentirse incómodo, o quizás demasiado revelador. La realidad regresó a golpes: yo era Navira de Sundergard, y acababa de dejar que el hombre que destruyó mi mundo me hiciera suya de la forma más completa posible.

Me aclaré la garganta, tratando de recuperar mi máscara de frialdad, aunque mis extremidades se sentían como gelatina y mi piel todavía vibraba por su contacto.

—Esto… —empecé a decir, mi voz todavía ronca—. Esto no quiere decir que te quiera, Declan. Que quede claro. Solo ha sido… una necesidad física. Un desahogo. No te creas que has ganado nada más que una noche.

Sentí el pecho de Declan vibrar contra el mío. Se incorporó sobre sus codos, mirándome desde arriba con esa sonrisa de suficiencia, esa mirada azul que veía a través de todas mis mentiras. Tenía el cabello desordenado y los labios hinchados, y nunca lo había visto tan peligrosamente satisfecho.

—Sí, como no, reina —respondió con una ironía deliciosa, rozando mi mejilla con el dorso de su mano—. Como no.

—¡Es verdad! —insistí, intentando apartar su mano, pero él la mantuvo allí—. Eres un animal, un cerdo y un imbecil. Sigo odiando cada fibra de tu ser.

—Me odias tanto que me has arañado la espalda como una gata salvaje y has gritado mi nombre como si fuera el único dios al que rezas —se burló él, inclinándose para darme un beso corto en los labios que me supo a gloria—. Sigue mintiéndote, Navira. Pero la próxima vez que te folla hasta que no puedas ni hablar, intenta que no se te escape que me amas entre gemidos.

—¡Jamás he dicho eso! —grité, roja de rabia y vergüenza.

—Tus ojos lo dicen cada vez que entro en una habitación —sentenció él, levantándose de la cama con una gracia atlética y ofreciéndome la mano—. Ahora, ven aquí. El "animal" tiene hambre, y sospecho que tú también, después de tanta "logística" física.

Lo miré, de pie allí en su gloriosa desnudez, y supe que estaba perdida. No importaba cuántas veces le gritara que lo odiaba, ni cuántas veces intentara fingir que esto era solo sexo. El candelero de mi habitación se había apagado, pero el fuego que Declan había encendido en mi alma iba a arder mucho después de que el invierno de Vaelkoria terminara.

—Eres insoportable —murmuré, tomando su mano.

—Y tú eres mi esposa —respondió él, tirando de mí para pegarme a su pecho de nuevo—. Acostúmbrate, mi pequeña rebelde. Porque esta ha sido solo la primera de muchas noches en las que vas a olvidar tu nombre para recordar el mío.

Me dejé envolver por sus brazos, sabiendo que, aunque nunca lo admitiría en voz alta ante él, Navira de Sundergard ya no existía. Solo quedaba la mujer que había encontrado su libertad en la rendición más salvaje de todas.

1
Silvana Beatriz Velazquez
maravillosa historia 😍. Solo me hubiera gustado un extra con el nacimiento del bebé y unos años después mostrando su carácter.
Elsa Martinez Gonzalez
MAGNÍFICA
Paola Cordero
Jajajjaja y jajajjajajajjaja como todo hombre super exagerado jajajajajajsjajsjjs
karla yustiz garcia
🤣🤣🤣🤣 la vitamina N
Olinda Bernales Bertolotto
Siempre lindo... nunca decepciona leer tus libros.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄
Sharon Mendoza
precioso
Sharon Mendoza
precioso
karla yustiz garcia
se lee tan buena 👏👏
karla yustiz garcia
será que hay fotos de ellos 🤔
karla yustiz garcia
a mi también 🤭
karla yustiz garcia
me encanta 😍😍
karla yustiz garcia
😍😍 que bello
Viviana Lopez
Espléndido
Irene Covarrubias
creo que fue muy sutil 🤣🤣
Rosa Villena
Bellísima historia, me encantó, gracias, gracias ❤️🥰
Elilu 🇲🇽
jajaja no pues viéndolo por ese lado Declan tiene razón es un gran avance en la relación de peros y gatos que se traen ustedes dos.
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play