Es una historia intensa y visceral sobre pasión, ambición y lealtad en un universo donde cada decisión puede ser la última.
Un romance envuelto en balas.
Una guerra donde el corazón es el único territorio que no están dispuestos a perder.
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CAPÍTULO 2.
Cuando llegué al internado tenía diez años… y todavía creía que lo peor ya había pasado.
Me equivoqué.
El primer robo fue pequeño.
Desperté y mis zapatillas no estaban debajo de la cama. Las busqué en silencio, convencida de que yo misma las había movido.
No dije nada cuando vi a una de las chicas usándolas esa tarde, mirándome con una sonrisa ladeada.
_ Aquí lo que no cuidas, lo pierdes _ me dijo.
Aprendí.
Después fueron mis lápices, luego la manta y esa sí la reclamé.
_ Devuélvemela _ susurré, con la voz temblando.
La chica más alta del dormitorio, Camila, la sostenía entre sus manos como si fuera cualquier trapo viejo.
_ ¿O qué? _ me desafió.
No respondí... Me lancé sobre ella, puesto que esa manta me la había tejido mi abuela y era lo único que me quedaba de ella.
No sabía pelear, pero sabía aferrarme, caímos al suelo entre gritos y risas de las demás. Sentí un tirón en el cabello y un golpe en la mejilla que me dejó zumbando los oídos.
Esa noche tuve mi primera advertencia de la directora.
_ Aquí resolvemos los conflictos con disciplina, no con violencia.
Pero nadie disciplinaba los robos, nadie veía los empujones en las escaleras, nadie escuchaba los insultos cuando se apagaban las luces.
La violencia en el internado no siempre dejaba marcas visibles.
A veces era un plato de comida que desaparecía antes de que pudieras sentarte. Un empujón “accidental” que te hacía caer frente a todas.
Un grupo que decidía ignorarte durante semanas hasta que empezabas a hablar sola. Donde había una chica nueva cada año, siempre una más pequeña y las más grandes necesitaban recordar que tenían poder sobre alguien.
Yo era pequeña, callada y sola.
Perfecta.
Una noche, dos de ellas me encerraron en el baño después del toque de queda y apagaron la luz.
_ A ver quién viene a sacarte _ dijeron riéndose.
Me quedé en la oscuridad, respirando despacio, recordando la voz de mi abuelo diciéndome que no mostrara miedo.
No lloré, no grité. Solo esperé.
A la mañana siguiente, cuando me encontraron, no delaté a nadie. Ese fue mi error, porque el silencio no te protege, solo les enseña que pueden seguir.
Las peleas se volvieron más frecuentes, yo ya no me lanzaba por impulso. Observaba y aprendía quién lideraba, quién seguía, quién fingía no ver.
Una tarde, cuando Camila intentó volver a quitarme algo, no me moví.
_ Tócalo _ le dije, mirándola fijo _Y esta vez no paro.
Algo en mi voz la hizo retroceder. Ya que ese día no gané amigas, no gané paz... Pero gané algo más importante: Respeto.
El internado me enseñó cosas que ninguna niña debería aprender. Que la crueldad nace del miedo, que el poder mal usado se parece mucho al abandono y que si nadie te defiende… tienes que aprender a hacerlo tú.
Tenía diez años cuando llegué, a los once ya sabía pelear y a los doce ya no confiaba en nadie.
Y aunque el mundo me había quitado casi todo…
No iba a dejar que también me quitara la fuerza.
......................
A los quince años ya no me asustaban los gritos, ni los empujones, ni las amenazas susurradas cuando se apagaban las luces.
Lo que me asustaba era otra cosa.
Convertirme en ellas.
El internado no solo te quitaba cosas. Te iba vaciando por dentro, despacio. Donde acostumbrabas a sobrevivir, pero dejabas de sentir... Y yo ya había perdido demasiado como para perderme a mí también.
La decisión no fue impulsiva.
La pensé durante meses.
Observé los horarios de las supervisoras, el cambio de turno de los guardias, el punto ciego de la cámara junto al portón trasero. Guardé en silencio un poco de pan de la cena, una botella pequeña de agua y los pocos billetes que había logrado ahorrar haciendo tareas para algunas chicas.
No le dije a nadie.
A los quince ya había aprendido que los planes sobreviven mejor en secreto.
Esa noche esperé a que el pasillo quedara en silencio. Conté hasta cien y luego hasta doscientos y mi corazón latía tan fuerte que temí que alguien lo escuchara.
Me puse la chaqueta, metí la manta en la mochila y caminé.
Cada paso hacia la salida era una despedida que nadie notaría.
El aire frío me golpeó el rostro cuando crucé el portón.
No corrí al principio, caminé con calma hasta doblar la esquina. Solo cuando el edificio dejó de verse detrás de mí… corrí, corrí como si todos mis años encerrada me empujaran.
No tenía un plan claro. No tenía a nadie esperándome, solo tenía una certeza: Prefería el miedo de la calle al encierro sin alma.
La primera noche dormí bajo un puente.
El ruido de los autos era constante y el suelo estaba helado. Abracé la mochila contra el pecho y me repetí que era libre. Libre. Libre.
Pero la libertad también duele cuando no tienes a dónde ir.
Los primeros días fueron los más duros. Aprendí rápido dónde daban comida sin hacer demasiadas preguntas, aprendí qué calles evitar cuando caía la noche y aprendí que en la calle la confianza se mide en segundos.
Había otros chicos.
Algunos llevaban años ahí y otros, como yo, todavía tenían la mirada demasiado limpia.
Uno de ellos, Gabriel, me habló la tercera noche.
_ No pareces de aquí _ dijo.
_ No lo soy.
No preguntó más. Solo me señaló un lugar más seguro para dormir, cerca de un grupo que se cuidaba entre sí.
En la calle también hay reglas, también hay jerarquías y también hay peligros.
Pero nadie fingía que era un hogar.
Conseguí trabajos pequeños: limpiar parabrisas, ayudar en un mercado a cambio de comida, recoger cartones para vender. A veces el hambre apretaba tanto que mareaba y a veces el frío se metía en los huesos.
Hubo noches en que quise volver.
No al internado. Sino a la casa pequeña con olor a humedad. A las manos de mi abuela, a la voz de mi abuelo diciéndome que fuera valiente... Pero el pasado no abre puertas.
A los quince años vivía en la calle y ya tenía cicatrices invisibles. Pero también tenía algo que nadie había logrado quitarme: La decisión de no rendirme.
El mundo me había abandonado al nacer, me había dejado sola otra vez a los diez y me había encerrado hasta los quince.
Ahora era mi turno de elegir y aunque no sabía cómo, aunque no tenía nada seguro… Yo iba a construir algo.
Aunque empezara desde el asfalto.
ella claramente le dijo que era una trampa pero el de disque macho se fue y cayó en el anzuelo a si que no venga a reclamar nada 😡
despues de aquí seguro aparecerá la valentina esa ocupando el lugar de aurora