Me obligaron a casarme con el duque más frío del Imperio.
Lo juré odiar… hasta que empezó a protegerme.
Un omega orgulloso, un alfa distante y un matrimonio que podría convertirse en amor.
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Capítulo 10 Lo que duele cuando se toca
La noche cayó pesada sobre Ravenshire.
El sonido de las ruedas de los convoyes alejándose del ducado se mezcló con el crujir de la madera húmeda por la lluvia. Caelan observó desde el ventanal hasta que las luces se perdieron entre la neblina. No se sentía orgulloso. No se sentía heroico. Se sentía cansado.
El cansancio que viene de discutir por lo que importa.
Cuando se dio la vuelta, encontró a Blaise apoyado en el marco de la puerta. No había escuchado sus pasos. El duque parecía fuera de lugar allí, como si no supiera si tenía derecho a entrar en ese espacio que, de algún modo, aún no compartían.
—Los convoyes ya salieron —dijo Blaise.
—Lo sé —respondió Caelan—. Los vi irse.
El silencio se acomodó entre ambos. No era incómodo. Era denso.
—Habló con la nobleza sin rodeos —continuó el duque—. No suelen agradecer eso.
—No suelo hablar para que me agradezcan —replicó Caelan—. Hablo para que no se acostumbren a mirar a otro lado.
Blaise asintió.
—Eso… lo entiendo.
Caelan ladeó la cabeza.
—No suena a algo que suelan entenderle a usted.
—No siempre —admitió—. A veces es más fácil dejar que me odien por ser rígido que intentar que me comprendan.
La frase le sonó demasiado honesta para ser una respuesta ensayada. Caelan la dejó caer en el pecho, incómoda.
—No le pedí que me defendiera hoy —dijo—. Y no quiero que se acostumbre a hacerlo como si fuera su obligación.
—No fue obligación —respondió Blaise—. Fue… elegir no callar.
Caelan no respondió de inmediato. Caminó hasta la mesa, tomó una taza que ya se había enfriado y la dejó sin beber.
—Elegir no callar también tiene consecuencias —dijo—. No siempre las pago yo solo.
—Lo sé —respondió el duque—. Y por eso…
Se interrumpió. El gesto le salió torpe, como si no supiera cómo terminar la frase sin exponerse más de la cuenta.
—¿Por eso qué? —preguntó Caelan.
—Por eso no quería que cargara con esto solo.
Caelan sintió el pinchazo de algo que no quería nombrar.
—No estoy solo —dijo—. Tengo a mi hermano. Tengo mis convicciones.
—No me refería a que estuviera desamparado —respondió Blaise—. Me refería a que… no tiene por qué llevar el peso de este ducado en los hombros sin haberlo elegido.
El comentario tocó un nervio sensible.
—No elegí estar aquí —replicó Caelan—. Pero una vez aquí, no pienso comportarme como si mi presencia fuera decorativa.
—No lo es —dijo Blaise.
La respuesta fue inmediata. Demasiado inmediata para ser solo cortesía.
El silencio que siguió fue distinto. Más frágil.
Caelan se acercó al ventanal otra vez. Afuera, el norte parecía inmóvil. Adentro, el aire estaba cargado de cosas no dichas.
—En el sur —dijo de pronto—, aprendí a no esperar nada de las figuras de poder. Mi familia perdió tierras por decisiones tomadas en salas como la que vimos hoy. Desde entonces, cada vez que alguien con autoridad me dice “es necesario”, escucho “alguien va a pagar, y no seré yo”.
Blaise lo miró con una atención que no juzgaba.
—No sabía eso.
—No se lo conté —respondió Caelan—. No suelo explicar mis cicatrices para que las traten con cuidado.
—No le pedí que lo hiciera —dijo el duque—. Pero me alegra que lo haya hecho ahora.
Caelan apretó los labios.
—No es una invitación a que me mire distinto.
—No pienso mirarlo distinto —respondió Blaise—. Pienso mirarlo mejor.
La frase fue torpe. Sincera. Y peligrosa.
Caelan sintió el impulso de cerrarse.
—No necesito que me “mire mejor”. Necesito que no me mida por lo que otros omegas fueron antes que yo.
Blaise frunció el ceño.
—No lo hago.
—Lo hace cuando asume que necesito protección por defecto —replicó Caelan—. Cuando decide por mí lo que es “prudente”.
—La prudencia no es subestimación —dijo el duque—. Es miedo a perder.
—¿Perder qué? —preguntó Caelan, con una risa amarga—. ¿Su control? ¿Su reputación?
Blaise negó con la cabeza, cansado.
—Perderlo a usted.
Las palabras quedaron suspendidas, torpes, como si no hubieran pasado por el filtro de la razón antes de salir.
Caelan se quedó inmóvil.
—No me ponga ese peso —dijo, al fin—. No me haga responsable de lo que usted teme.
—No lo estoy haciendo —respondió Blaise—. Estoy diciendo lo que temo. No son lo mismo.
El orgullo volvió a alzarse como un muro. Caelan dio un paso atrás.
—No estoy listo para este tipo de… cuidado —dijo—. No cuando aún no sé qué lugar ocupo aquí sin que me lo recuerden.
Blaise asintió, aceptando el rechazo sin discutirlo.
—No lo presionaré.
El duque se retiró con pasos medidos. Caelan se quedó solo en la habitación, con el pecho apretado por una mezcla incómoda de alivio y pérdida.
Habían estado cerca de decir algo que ninguno sabía sostener aún.
Y, a veces, lo que duele no es el rechazo.
Es la cercanía que no se sabe cómo cuidar.