"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
NovelToon tiene autorización de vane sánchez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12: El Sabor de la Despedida
El carruaje real cruzó las puertas de Brumhaven cuando el sol comenzaba a declinar, tiñendo las torres del palacio de tonos dorados y rosados. Lyra, con la mejilla pegada al cristal de la ventanilla, sintió que el corazón se le aceleraba al reconocer cada piedra, cada jardín, cada rincón de su hogar.
Habían sido semanas maravillosas en Aurelia, pero nada se comparaba con la sensación de volver a casa.
—¡Mira! —exclamó Eryndor, señalando—. ¡Papá está ahí! ¡Y también Isolda!
Lyra siguió su mirada y allí estaban, en la escalinata principal del palacio: el rey Aldric, con su túnica azul y su sonrisa inmensa, y a su lado, Isolda, vestida con un elegante traje color marfil que hacía juego con su cabello rubio casi blanco. Incluso desde la distancia, Lyra pudo ver que la expresión de la nueva reina era diferente: ya no era esa máscara de hielo que había mostrado al principio. Había calidez en sus ojos. Había... ¿felicidad?
El carruaje se detuvo y antes de que los sirvientes pudieran abrir la portezuela, Aldric ya estaba allí, tirando de la manija con impaciencia.
—¡Mis niños! —exclamó cuando Lyra y Eryndor aparecieron.
Levantó a Lyra en vilo, haciéndola girar en el aire mientras ella reía con esa risa auténtica que solo su padre podía arrancarle. La llenó de besos en las mejillas, en la frente, en la punta de la nariz, sin importarle que los sirvientes y los guardias los estuvieran mirando.
—¡Papá, para! ¡Que me ahogas! —protestó Lyra entre risas.
—Imposible —respondió Aldric, apretándola contra su pecho—. Te he extrañado demasiado para dejarte ir tan rápido.
Luego fue el turno de Eryndor. Aldric lo abrazó con la misma intensidad, aunque su hijo ya era casi tan alto como él.
—Has crecido —dijo, separándose para mirarlo—. O es que el aire de Aurelia sienta bien.
—O tal vez es que las ballenas me han hecho más grande —bromeó Eryndor.
—¿Ballenas? —Aldric levantó una ceja—. Eso tendrás que contármelo con detalle.
Isolda se acercó entonces, con esa elegancia que la caracterizaba pero con una sonrisa suave en los labios.
—Bienvenidos a casa —dijo, y sus palabras sonaron sinceras—. Espero que hayan disfrutado de su estancia en Aurelia.
Lyra se acercó a ella y, para sorpresa de todos, le dio un abrazo. Isolda se quedó rígida un instante, pero luego sus brazos rodearon a la niña con una ternura que revelaba cuánto había cambiado en esas semanas.
—Gracias —susurró Lyra—. Por prestarnos a tu hermano y a tu sobrino. Y por cuidar de papá.
Isolda se separó ligeramente y la miró a los ojos. Por un instante, Lyra vio algo brillar en esas pupilas azules: gratitud, sí, pero también algo más. Algo que parecía decir "tú también eres mi familia ahora".
—Vamos —dijo Aldric, rompiendo el momento—. Entremos. Hay una cena esperando y quiero oír cada detalle de su viaje.
---
La Cena de los Recuerdos
El comedor familiar, más pequeño e íntimo que el gran salón de banquetes, estaba preparado con esmero. Una mesa redonda, apenas para cuatro, permitía que todos estuvieran cerca. Las velas parpadeaban suavemente, y los platos humeaban con las comidas favoritas de cada uno: estofado de ciervo para Aldric, lubina para Isolda, pastel de carne para Eryndor, y para Lyra, una sopa de verduras con hierbas que Nana Elle siempre le preparaba.
Durante la cena, las palabras fluyeron como un río desbordado.
—¡Y entonces la ballena saltó! —exclamó Eryndor, con los ojos brillantes—. Salió completamente del agua, papá. ¡Completamente! Era tan grande que tapaba el sol.
—No te creo —dijo Aldric, con una sonrisa pícara—. Ningún pez puede ser tan grande.
—¡No es un pez! —protestó Lyra—. Es una ballena. Y Adrián dijo que pueden medir más de treinta metros.
—¿Treinta metros? —Aldric fingió estar impresionado—. Eso es más largo que este comedor.
—¡Mucho más! —confirmó Eryndor—. Y cantan, papá. Hacen un sonido... no sé cómo explicarlo. Se siente en el pecho. Como si el mar estuviera hablando.
Isolda, que había escuchado en silencio con una sonrisa suave, intervino.
—En Aurelia hay una leyenda sobre las ballenas —dijo—. Los antiguos creían que eran mensajeras de los dioses del mar. Que cuando cantaban, estaban transmitiendo noticias de un extremo del océano al otro.
—¿De verdad? —preguntó Lyra, fascinada.
—Es solo una leyenda —respondió Isolda con un dejo de ternura—. Pero cuando las oyes, es fácil creer que hay algo mágico en ellas.
Luego fue el turno de los esposos de contar sus aventuras. Aldric habló de los paisajes que habían recorrido, de las aldeas que habían visitado, de las gentes que habían conocido. Isolda, tímida al principio, se animó a describir los lugares que más le habían gustado: un valle cubierto de flores silvestres, una cascada escondida entre las montañas, una posada donde la dueña preparaba el mejor pan del mundo.
—Y tu padre —dijo Isolda, mirando a Lyra con una sonrisa cómplice— casi se cae al río intentando pescar.
—¡No es cierto! —protestó Aldric, sonrojándose—. Solo resbalé un poco.
—Resbalaste tanto que acabaste con el agua por la cintura —rio Isolda, y su risa sonó cristalina, como si llevara años esperando para salir.
Lyra y Eryndor se miraron, sorprendidos y felices. Nunca habían visto a Isolda reír así. Nunca la habían visto tan... viva.
La cena terminó entre risas y más historias, y cuando los sirvientes retiraron los platos, los cuatro se trasladaron a la sala de estar, donde una chimenea crepitaba acogedoramente.
---
Frente a la Chimenea
Sentados en los sillones junto al fuego, con mantas sobre las piernas y tazas de chocolate caliente en las manos, la conversación se volvió más seria.
Eryndor fue el primero en romper el silencio.
—Papá —dijo, con una voz que intentaba sonar firme pero que delataba nerviosismo—. Ya es hora. Tengo que ir a la academia.
Aldric lo miró largamente. En sus ojos había orgullo, sí, pero también esa tristeza que solo sienten los padres cuando sus hijos crecen.
—Lo sé, hijo. Lo he sabido desde que naciste. Pero cinco años... —suspiró—. Cinco años es mucho tiempo.
—No será para siempre —dijo Eryndor, aunque su voz tembló ligeramente—. Y vendré en vacaciones.
—Lo sé —repitió Aldric—. Y estaré esperando cada vez. Pero cinco años... verte convertirte en hombre desde lejos... no es lo que había imaginado.
Lyra, acurrucada en su sillón, sintió que los ojos le picaban. Cinco años. Cinco años sin Eryndor en casa. Cinco años sin sus risas, sin sus paseos en forma de lobo, sin sus abrazos protectores.
Cuando él se fuera, ella seguirá tendiendo 5 años. Cuando regresara, tendría diez. Casi una adolescente. Y él sería casi un hombre.
El tiempo era cruel.
Pero se obligó a sonreír. Por él. Porque él necesitaba saber que ella estaría bien.
—¿Cuándo? —preguntó, con la voz más firme de lo que se sentía.
—En un mes —respondió Aldric—. Hay que preparar muchas cosas. El equipo, los documentos, los escoltas que lo acompañarán. Y también... también hay que prepararnos nosotros.
Isolda, que había permanecido en silencio, se inclinó hacia adelante.
—Yo ayudaré con los preparativos —dijo, con una firmeza que sorprendió a todos—. Conozco la academia de Aurelia, y sé lo que se necesita. Además... —dudó un instante, pero luego continuó— además, quiero hacerlo. Quiero ayudar.
Eryndor la miró con gratitud.
—Gracias, Isolda.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña pero auténtica.
—Para eso está la familia.
---
Los Días de Preparativos
El mes siguiente fue un torbellino de actividad. Isolda, para sorpresa de todos, se involucró en cada detalle con una dedicación que conmovió a los hermanos.
Cada mañana, después del desayuno, se sentaba con Eryndor a repasar listas: ropa de abrigo para las cuatro estaciones, botas resistentes para las largas caminatas, libros de texto apilados en columnas, armas de práctica que debían ser las adecuadas para su edad y tamaño. Le explicaba cómo era la vida en la academia, las jerarquías entre los alumnos, los profesores más estrictos y los más comprensivos. Le contaba anécdotas de cuando Adrián se preparaba para ir, y aunque su sobrino aún no había partido, ella sabía lo que se necesitaba.
—Los primeros meses son los más duros —le advirtió una tarde—. Extrañarás tu casa, tu familia, tu cama. Pero pasa. Y cuando pase, descubrirás que has crecido más de lo que imaginabas.
Eryndor asintió, absorbiendo cada palabra.
Pero no todo eran preparativos prácticos. Isolda también se encargó de algo que Lyra nunca olvidaría.
Una tarde, cuando Lyra estaba en su habitación leyendo, un delicioso aroma llegó desde la cocina. Bajó las escaleras y siguió el rastro hasta encontrarse con Isolda, envuelta en un delantal, las mangas remangadas y las mejillas manchadas de harina, amasando con una concentración absoluta.
—¿Isolda? —preguntó Lyra, sorprendida—. ¿Qué haces?
La reina levantó la vista y sonrió.
—Galletas —respondió—. Mi abuela me enseñó cuando era pequeña. Las hacíamos siempre antes de una despedida. Decía que el sabor de algo dulce ayuda a recordar que volveremos a vernos.
Lyra se acercó, fascinada. La mesa estaba cubierta de ingredientes: harina, mantequilla, huevos, azúcar, y un frasco de miel que había traído de Aurelia.
—¿Puedo ayudar?
Isolda dudó un instante, pero luego asintió.
—Lávate las manos.
Esa tarde, madre e hija (porque Lyra comenzaba a pensar en ella así) pasaron horas horneando. Hicieron galletas con forma de lobo para Eryndor, con forma de luna para Lyra, y con forma de corazón para Aldric. La cocina se llenó de risas y de harina voladora, y cuando Eryndor llegó atraído por el olor, se encontró con un espectáculo que nunca olvidaría: su hermana y su madrastra, cubiertas de harina de la cabeza a los pies, riendo como dos niñas.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, divertido.
—¡Prueba! —dijo Lyra, ofreciéndole una galleta recién horneada.
Eryndor la probó y sus ojos se abrieron.
—Esto está... increíble.
Isolda sonrió, orgullosa.
—Es la receta secreta de mi abuela. Ahora es de ustedes también.
---
Las Galletas de la Despedida
Los días pasaron volando, y pronto faltaba solo una noche para la partida de Eryndor.
Esa noche, Isolda apareció en la habitación de Lyra con tres cajas de madera tallada.
—Una para ti —dijo, ofreciéndole la primera—. Y otra para él.
Lyra levantó la tapa de la suya y contuvo el aliento. La caja estaba llena de galletas, cada una envuelta individualmente en un pañuelo de tela con un mensaje bordado. Pero no eran solo galletas: en el fondo de la caja, había pequeños pergaminos, cada uno con una fecha escrita.
—Son para los días difíciles —explicó Isolda—. Cada mes, durante los próximos años te haré galletas . Dentro hay una carta mía, o de tu padre, o un recuerdo. Para que sepas que, aunque tú hermano este lejos, siempre estamos contigo.
Lyra miró las galletas, los pergaminos, luego a Isolda, y sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Y la de Eryndor?
—La misma. Pero la suya tiene galletas con forma de lobo y cartas de nosotros. Tu padre y yo hemos estado escribiendo durante semanas.
Lyra no pudo evitarlo. Se lanzó a los brazos de Isolda y la abrazó con todas sus fuerzas.
—Gracias —susurró—. Gracias por todo.
Isolda la sostuvo con ternura.
—Yo también extrañaré a Adrián cuando se vaya —dijo suavemente—. Cinco años es mucho tiempo. Y a veces, cuando lo extraño mucho, horneo. Es mi forma de decirle que lo quiero, aunque esté lejos.
Lyra se separó ligeramente y la miró.
—¿Quieres a Adrián?
—Más que a nada en el mundo —respondió Isolda sin dudar—. Es el hijo que nunca tuve. Bueno, hasta ahora.
Se llevó una mano al vientre, un gesto pequeño que Lyra notó pero no preguntó. Habría tiempo para eso después.
—Por eso entiendo cómo te sientes —continuó Isolda—. Y quiero que sepas que no estarás sola. Estoy aquí. Y aunque no soy tu madre, quiero ser... algo. Lo que tú me dejes ser.
Lyra la miró largamente. Luego, sin decir palabra, se acurrucó contra ella y apoyó la cabeza en su hombro.
Isolda la rodeó con sus brazos y la sostuvo en silencio.
Y así, madre e hija (Lyra decidió en ese momento que lo era) pasaron la última noche antes de la despedida.
---
La Mañana de la Partida
El día amaneció frío pero despejado. La comitiva que acompañaría a Eryndor a la academia esperaba en el patio de armas: dos docenas de caballeros, cuatro sirvientes, dos carros con equipaje, y el propio Eryndor, vestido con su nueva túnica de cadete, azul marino con bordados plateados.
Lyra lo abrazó con todas sus fuerzas, como si pudiera retenerlo solo con la fuerza de sus brazos.
—Cinco años —murmuró contra su pecho—. Es mucho tiempo.
—Lo sé —respondió Eryndor, con la voz ronca—. Pero pasará volando. Y cuando vuelva, seré un caballero. Te lo prometo.
—No quiero un caballero. Quiero a mi hermano.
Eryndor se arrodilló para quedar a su altura y la miró a los ojos. Sus ojos azules, profundos como el hielo, estaban llenos de lágrimas.
—Siempre seré tu hermano. Pase lo que pase, pase el tiempo que pase. Eso no cambiará nunca.
Lyra asintió, mordiéndose el labio.
—Escríbeme —le susurró—. Todos los días.
—Todos los días —prometió él—. Y tú respóndeme.
—Siempre.
—Y cuando te sientas sola, recuerda que siempre estoy contigo. En tu corazón. Y en el vínculo. Aunque esté lejos, siempre podrás sentirme.
Lyra asintió, sabiendo que era cierto. El vínculo que compartían, ella con su lobo y él con la suya, los unía de una manera que ninguna distancia podía romper.
—Y tú recuerda que tienes una hermana que te espera —dijo Lyra—. Y que si alguien te hace daño, iré a buscarlo aunque tenga que cruzar el mundo.
Eryndor rió, una risa húmeda.
—Te creo. Eres capaz de todo.
Luego fue el turno de Aldric. El rey abrazó a su hijo durante un largo minuto, sin decir palabra. Cuando se separaron, sus ojos estaban rojos y surcados de lágrimas.
—Cinco años —dijo con voz quebrada—. Cuando vuelvas, serás casi un hombre.
—Siempre seré tu hijo, papá.
—Lo sé. Pero igual dolerá cada día que no estés.
Isolda se acercó y le entregó la caja de madera.
—Para el camino —dijo dándole la caja de galletas y la caja de cartas—. Y para los días difíciles. Hay una carta para cada mes. No las abras todas de una vez.
Eryndor tomó la caja con reverencia.
—Gracias —dijo, y su voz se quebró—. Gracias por todo. Por cuidar de mi hermana. Por cuidar de mi padre. Por ser... por ser quien eres.
Isolda, superando su habitual reserva, lo abrazó.
—Cuídate, Eryndor. Vuelve pronto. Te esperaremos.
—Lo haré.
Cuando Eryndor montó su caballo y la comitiva comenzó a moverse, Lyra agitó la mano hasta que la última figura desapareció tras las puertas.
Luego, cuando ya no pudo más, dejó que las lágrimas cayeran.
Isolda la tomó en brazos.
—Vamos —dijo suavemente—. Te prepararé chocolate caliente. Y abriremos una de tus galletas. La de hoy.
—¿Cuál es la de hoy?
—La de la primera noche. La que dice "te quiero" en el bordado.
Lyra asintió y se dejó llevar.
Y mientras caminaban hacia el palacio, sintió que, aunque su hermano se iba por cinco largos años, no estaba sola.
Tenía a su padre. Tenía a Isolda. Tenía a su loba, esperando en sueños.
Y tenía galletas. Muchas galletas.
Eso sería suficiente.
Por ahora.