Llegué a la selva con miedo.
Me quedé por su protección.
Y sin darme cuenta… encontré un hogar.
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Capítulo 19 – Elegirse cada día
El tiempo ya no se medía en lunas para Aiden.
Se medía en gestos.
En cuántas veces Raegor dejaba agua fresca cerca de donde él trabajaba sin decir nada.
En cuántas veces Aiden se despertaba antes del amanecer y encontraba al hombre bestia observando el bosque, como si cuidara algo invisible.
Como si lo cuidara a él.
Aiden había crecido. No solo en cuerpo.
Su cabello, ahora más largo, caía libre por su espalda cuando bajaba al río. Su voz se había vuelto más firme, aunque conservaba esa suavidad que lo hacía distinto a las otras hembras de la tribu. Ya no caminaba con cuidado excesivo; sus pasos eran seguros, ligeros, casi felinos.
Y Raegor lo veía.
Cada día.
Lo veía elegir quedarse.
Porque nadie obligaba a Aiden a permanecer allí. Podía haberse ido al primer signo de cambio, al primer miedo, al primer deseo desconocido. Pero no lo hizo.
—¿Nunca te preguntas qué pasará cuando cambie todo? —preguntó Aiden una tarde, mientras afilaba una herramienta hecha con hueso y piedra pulida por sus propias manos.
Raegor no respondió de inmediato.
—Sí —dijo al fin—. Pero también sé esto: aunque el mundo cambie, yo te elegiré igual.
Aiden levantó la mirada, sorprendido por la sencillez de esas palabras.
No eran promesas grandes.
No hablaban de futuro lejano.
Hablaban del ahora.
En los días siguientes, esa elección se volvió visible para todos.
Raegor comenzó a presentarlo ante la tribu no como “el joven” ni como “la pequeña hembra”, sino por su nombre.
Aiden empezó a sentarse a su lado en los consejos, y nadie lo apartó.
El bosque parecía notarlo.
Las aves se posaban más cerca.
El viento se volvía tibio cuando caminaban juntos.
Incluso el río, donde Aiden cantaba al atardecer, parecía responder con un murmullo más profundo.
Una noche, Raegor dejó un regalo junto al lecho de Aiden: un colgante tallado con forma de luna partida, hecho con una piedra que solo se encontraba en lo más profundo de la selva.
—Representa elección —explicó—. Dos mitades que no se atan… pero se buscan.
Aiden, conmovido, pasó los días siguientes trabajando en silencio.
Cuando por fin le entregó su propio regalo, Raegor quedó inmóvil.
Era una tira de cuero cuidadosamente trabajada, con símbolos grabados a mano. No eran marcas de la tribu bestia. Eran nuevas. Pensadas. Creadas.
—En mi mundo —dijo Aiden con timidez—, elegirse también era construir algo juntos. Quise hacer algo que solo tuviera sentido contigo.
Raegor apoyó la frente contra la de él, cerrando los ojos.
Ese contacto despertó algo distinto.
No deseo.
No urgencia.
Reconocimiento.
Esa noche, Aiden soñó.
Soñó con una bestia felina hecha de luz que caminaba a su lado. No lo perseguía. No lo dominaba. Simplemente avanzaba con él, dejando huellas que brillaban en la tierra.
Cuando despertó, tenía el pecho cálido.
No ardía.
No dolía.
Era como si algo se estuviera preparando.
Raegor también lo sintió.
Al mirarlo esa mañana, supo que la espera había terminado. No porque Aiden hubiera alcanzado cierta edad, sino porque su espíritu había elegido quedarse incluso antes de comprenderlo todo.
—La naturaleza observa —dijo con voz grave—. Y cuando ve una elección sostenida… responde.
Aiden tragó saliva.
—¿Responder cómo?
Raegor sonrió, lento, solemne.
—Con una marca que no se impone.
Con un vínculo que no se rompe.
Con un reconocimiento que no necesita palabras.
Aiden sintió un escalofrío recorrerle la piel. No de miedo.
De certeza.
Y por primera vez, entendió que elegirse cada día no era solo amor…
era preparación.
Para la ceremonia.
Para la unión.
Para la marca que elige.