Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
UN LUGAR SEGURO
No sabía exactamente a dónde me llevaba.
Solo podía pensar en Liam… en su voz pegada a mi oído, en sus dedos arrancándome la peluca, en ese instante en que sentí que mi infierno regresaba con la misma fuerza de antes.
Tenía la mirada clavada en la ventana del auto, pero ni siquiera veía la ciudad pasar. Las luces eran líneas borrosas. Todo estaba borroso. Todo dolía.
Dexter no dijo una sola palabra durante el trayecto.
Y aun así… su silencio no me asfixiaba.
No era el silencio pesado y controlador de Liam.
No era el silencio que anunciaba castigo.
Era un silencio atento. Presente. Como si estuviera esperando que yo respirara mejor antes de hablar.
El auto se detuvo frente a un edificio tan alto que tuve que levantar la cabeza para verlo completo. Vidrio, acero y luces que reflejaban la noche de Berlín como si la ciudad estuviera a sus pies.
Mis manos comenzaron a temblar otra vez.
Dexter salió primero. Rodeó el auto y abrió mi puerta antes de que pudiera reaccionar. El aire frío de la madrugada me golpeó la piel.
Y entonces su abrigo cayó sobre mis hombros.
Grande. Pesado. Cálido.
Oliendo a él.
—No entiendo por qué estoy aquí —murmuré, aferrándome a la tela como si fuera un escudo.
—Porque necesitas calmarte —respondió con esa voz baja, controlada, que parecía diseñada para no romper nada más de lo que ya estaba roto.
Levanté la mirada.
Sus ojos.
Ya no estaban llenos de rabia.
No había rastro del hombre que había golpeado a Liam.
Solo una intensidad distinta… más profunda.
—No tenías que pelear así —susurré.
Su mandíbula se tensó apenas.
—Sí tenía.
—Podría haber salido mal.
—Salió bien.
—Te pudo haber hecho daño.
Una sombra cruzó su expresión.
—No me importa.
—A mí sí —se me escapó.
El silencio entre nosotros cambió.
Algo más suave. Más frágil.
Entramos al edificio. El ascensor subía en silencio, los números iluminándose uno por uno. Mi reflejo en el espejo me devolvió una imagen que casi no reconocía: ojos hinchados, cabello rojo suelto, piel pálida.
Dexter notó hacia dónde miraba.
—No te escondas —dijo de repente.
Fruncí el ceño.
—No me estoy escondiendo.
—Sí lo haces. Incluso ahora.
Bajé la mirada.
Las puertas se abrieron.
El penthouse era… irreal. Ventanales enormes, la ciudad extendiéndose como un mar de luces. Muebles elegantes, líneas limpias, todo impecable.
Demasiado perfecto.
—Solo será temporal —dije en voz baja, adelantándome—. No quiero que pienses que—
—No pienso nada raro —interrumpió, con una media sonrisa suave—. Solo pienso que aquí nadie puede tocarte.
Esa frase me atravesó.
Caminé hacia el centro de la sala, abrazando aún el abrigo.
Sentí su mirada sobre mí.
No era una mirada que devorara.
No era la mirada posesiva de antes.
Era… contemplativa.
—Tienes un cabello muy lindo —dijo de pronto.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
Se acercó un paso, despacio, como si estuviera acercándose a un animal herido.
—Me gusta más así —murmuró—. Natural. Pelirroja.
Mi corazón dio un salto extraño.
—Es… complicado.
—No debería serlo.
—Lo es para mí.
Su mirada bajó un segundo a mis hombros, donde el abrigo casi me cubría por completo.
—Te ves más tú —añadió—. Más real.
Tragué saliva.
—No sabes cómo soy “yo”.
—No. —Negó con calma—. Pero quiero saberlo.
El aire se volvió más denso.
—No soy la chica fuerte que viste en el club —confesé, casi en un susurro—. No siempre.
—No tienes que serlo conmigo.
Eso me desarmó.
Respiré hondo y tomé la decisión que llevaba años evitando.
—Mi nombre real es Giselle O’Connor.
Lo dije como quien deja caer un arma al suelo.
Él no se rió.
No hizo un comentario sarcástico.
Solo me miró con una atención absoluta.
Luego extendió la mano, solemne pero con esa chispa inevitable en los ojos.
—Dexter Müller. Un placer conocerte oficialmente, Giselle.
Una pequeña risa se me escapó sin permiso.
—Eres imposible.
—Y tú eres hermosa.
Mi sonrisa se congeló.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no lo soy.
Su expresión cambió de inmediato.
—No vuelvas a decir eso.
—Dexter—
—No —su voz fue firme, pero no dura—. No tienes idea de cómo te ves cuando dejas de fingir.
Mi respiración se volvió más lenta.
—¿Cómo me veo?
Se acercó un poco más, pero sin tocarme.
—Te ves valiente. Incluso cuando estás temblando. Te ves real. Y eso… —hizo una pausa— eso es más hermoso que cualquier disfraz.
Sentí calor subir por mi cuello.
—No me mires así —susurré.
—¿Así cómo?
—Como si importara.
Sus ojos se suavizaron.
—Importas.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.
—No estoy acostumbrada a que alguien… —mi voz falló— se quede.
—Yo no me voy a ir.
—No puedes prometer eso.
—Puedo prometer que lo intentaré todos los días.
Mi pecho se apretó.
—No sabes en lo que te estás metiendo.
—Explícame.
—Liam no es alguien que se rinda.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
—Yo tampoco.
—Eso es lo que me da miedo.
Se acercó un poco más, lo suficiente para que sintiera el calor de su cuerpo, pero aún sin tocarme.
—Giselle —dijo mi nombre como si lo estuviera probando—. Mírame.
Lo hice.
—No voy a decidir por ti. No voy a encerrarte. No voy a obligarte a nada. —Su voz era baja, sincera—. Pero si alguien vuelve a intentar hacerte daño… va a tener que pasar por mí.
Mi garganta ardió.
—No quiero que pelees mis batallas.
—Entonces déjame estar a tu lado mientras tú las peleas.
Eso fue peor.
Porque no era dominación.
Era elección.
—No estoy acostumbrada a que alguien me cuide sin querer algo a cambio.
Su mirada bajó un segundo a mis labios… y volvió a mis ojos.
—Quiero cosas —admitió.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué cosas?
—Quiero verte sonreír sin miedo. Quiero que un día me mires sin esa sombra en los ojos. —Se inclinó apenas, su voz más grave—. Y sí… quiero besarte. Pero cuando tú lo quieras.
El recuerdo del “casi” volvió a arder entre nosotros.
—No eres justo —susurré.
—Lo sé.
—Me desarmas.
—No quiero desarmarte. Quiero que te sientas segura.
Me llevó hasta la habitación. Amplia. Luminosa. Con sábanas blancas que parecían intactas.
Me detuve en la puerta.
—Dexter…
—Sí.
—Gracias.
No por el golpe.
No por el lujo.
Por estar.
Él asintió una sola vez, pero sus ojos dijeron más de lo que su boca permitió.
—Descansa, Giselle.
—¿Y tú?
—Estaré aquí.
—¿Aquí dónde?
—En la sala. —Se encogió apenas de hombros—. No voy a dormir mucho de todos modos.
—No tienes que vigilar.
—No estoy vigilando. —Media sonrisa—. Estoy asegurándome.
Nos quedamos mirándonos un segundo más.
La tensión ya no era agresiva.
Era… dulce. Cargada. Prometedora.
—Buenas noches, Dexter.
—Buenas noches, pelirroja.
Rodé los ojos, pero esta vez sonriendo de verdad.
Cerré la puerta.
Y por primera vez en mucho tiempo… el silencio no daba miedo.
Sabía que al otro lado había alguien despierto.
Alguien que no quería poseerme.
Solo quedarse.