Llegué a la selva con miedo.
Me quedé por su protección.
Y sin darme cuenta… encontré un hogar.
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Capítulo 15 – Lo que se ofrece sin cadenas
Después del reconocimiento, nada cambió…
y, al mismo tiempo, todo lo hizo.
Aiden seguía despertando con el sol, ayudando en la aldea, caminando por la selva. Pero ahora había una diferencia sutil: nadie lo guiaba como a alguien frágil. Las miradas ya no eran de cuidado, sino de respeto.
Raegor, en cambio, parecía moverse con una atención aún más delicada.
No lo tocaba más de lo necesario. No se adelantaba a sus palabras. Aprendía a leer sus silencios.
El primer regalo llegó una mañana tranquila.
Raegor regresó de la caza con algo más que alimento. En sus manos traía un colgante distinto al de los ancianos: una pieza tallada en hueso claro, pulida con paciencia, con símbolos de protección y elección.
—No es un lazo —dijo al ofrecérselo—. Es un recordatorio. De que siempre puedes irte… y siempre puedes volver.
Aiden lo tomó con manos temblorosas.
—Nadie me había dado algo así —susurró—. Sin esperar nada a cambio.
Raegor sonrió apenas.
—Tal vez porque nunca antes te vieron como alguien libre.
Esa noche, Aiden no pudo dormir.
No por inquietud, sino por una necesidad nueva. Tomó fibras vegetales, restos de cuero fino, pequeñas piedras del río. Trabajó en silencio, concentrado, recordando técnicas de su mundo antiguo, adaptándolas a los materiales de este.
Al amanecer, le entregó a Raegor su regalo.
Era una banda para el brazo, resistente pero flexible, diseñada para no interferir con la transformación. En ella, Aiden había grabado símbolos simples… y uno nuevo, propio.
—No sé si significa algo aquí —dijo con timidez—. Pero para mí es… hogar.
Raegor cerró la mano alrededor del regalo con fuerza contenida.
—Entonces es sagrado.
Pocos días después, surgió el primer desafío.
Un grupo de exploradores regresó con noticias inquietantes: una zona del bosque más allá del río estaba cambiando. El agua se enturbiaba, los animales huían. Algo antiguo se había desestabilizado.
Raegor fue elegido para liderar una pequeña expedición.
—Quiero ir contigo —dijo Aiden, sin dudar.
Raegor lo observó largo rato.
—El camino no será amable.
—Yo tampoco lo fui con mi pasado —respondió Aiden—. Y aun así sobreviví.
Partieron al amanecer.
Fuera de la aldea, la selva era distinta: más densa, más salvaje. Aiden sentía sus sentidos agudizarse, su cuerpo responder con una seguridad nueva. No se retrasó. No tropezó. Caminó a la par.
Durante una noche de descanso, el miedo volvió a rozarlo. Viejos recuerdos, sombras del otro mundo.
Raegor no dijo nada. Solo extendió su manto de piel y lo envolvió con cuidado.
—No estás solo —murmuró.
Aiden apoyó la frente en su pecho.
—Antes… eso me habría aterrorizado —confesó—. Ahora… me calma.
El problema resultó ser una acumulación de agua atrapada por raíces gigantes, generando presión peligrosa. Aiden observó, pensó, recordó conocimientos olvidados.
—Si desviamos el cauce aquí —explicó—, el flujo se libera sin destruir el bosque.
Trabajaron juntos. La selva respondió.
Cuando regresaron, la aldea los recibió con alivio y orgullo. No como protector y protegido… sino como iguales.
Esa noche, sentados junto al fuego, Raegor habló con voz baja:
—Cuando estés listo… no para mí, sino para ti… te lo preguntaré.
Aiden entrelazó sus dedos con los de él.
—No tengo todas las respuestas —dijo—. Pero quiero descubrirlas contigo.
La selva escuchó.
Y esta vez, sonrió.