Elian Rojas (23) trabaja en el refugio Second Chance Paws en Austin, Texas, y se paga la carrera de veterinaria. Cuando el refugio entra en quiebra y recibe orden de desalojo, encuentra un flyer rosa: "Se busca niñera. $3,500/mes. Niños difíciles. Si ellos te aceptan, te quedas".
Va a la entrevista sin fe. Le advierten que 3 niños han echado a 7 niñeras. Lo eligen porque es hombre, se ve torpe e ingenuo y creen que será fácil hacerlo renunciar con trampas de harina, tinta azul y pistolas de agua.
Pero Elian no ve berrinches, ve abandono. Y poco a poco, entre caos y perros colados, se ganará a una familia rota.
Lo que no esperaba era enamorarse de su jefe, Dante Montero (34), CEO viudo, frío y que no sabe cómo ser padre sin su esposa.
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prólogo
Yo no quería ser niñero. Lo juro. Yo quería curar perros. No limpiar mocos, no hacer trenzas. (Y sigo sin saber hacer trenzas).
Pero aquí estoy.
Second Chance Paws huele siempre igual. A cloro barato, a croqueta mojada y a desesperación. Está al este de Austin, donde el sol pega a 38 grados aunque sea octubre. Mi camioneta del 2009 no prende si no le hablas bonito. Ese día no prendió.
Mariana me llamó a su contenedor-oficina. El aire sonaba como helicóptero. Me dijo: nos cierran en 30 días, Elian. El dueño vende el terreno. Van a hacer condos de lujo. Como si eso importara cuando tienes cuarenta perros que nadie quiere.
Yo tenía 23, debía 42 mil dólares de préstamo y me pagaba la carrera limpiando jaulas. Canelo me miraba desde la jaula 7. Mestizo color pan tostado, una oreja caída. Llegó atropellado. Lo curé yo. Bueno, casi. Se me cayó el suero y Javi todavía se ríe. Torpe, ya sabes.
¿Sabes lo que es ver caer tu lugar seguro? Da un nudo aquí. Me toco el pecho y todavía me acuerdo.
Salí oliendo a desinfectante y me fui a UT Austin. Tenía cirugía a las 4. Me quedé dormido en el pasillo, roncando. Javi me tomó foto y la subió: futuro veterinario del año.
Fue Javi quien vio el flyer. Pegado chueco en el tablón, al lado de uno de bicis usadas. Rosa chillón. Decía: SE BUSCA NIÑERA. $3,500 AL MES. NIÑOS DIFÍCILES. WEST LAKE HILLS.
Me reí. Yo, niñera. No puedo ni hacer café sin quemarlo.
Pero 3,500 pagaba dos meses de U y un mes de comida para los perros. Lo arranqué, arrugado, con mancha de café, y lo metí en mi mochila que olía a premios.
La dirección era una mansión. Portón automático, pasto perfecto. Yo llegué en mi camioneta tosiendo humo, con mi única camisa buena manchada de cloro en el cuello. Genial.
Me abrió una mujer de traje gris. Me dijo: son tres. Milo, Santi y Luna. Han corrido a siete niñeras. La última duró tres días, Santi le puso pegamento en el zapato y Milo le hackeó el cel.
Pensé en irme. ¿Qué hacía ahí? No sé canciones infantiles. Solo sé inyectar a un perro sin que me muerda. Y a veces ni eso.
Entonces bajaron ellos. Los tres jueces.
Milo, 16, hoodie negro, laptop pegada, me escaneó como virus. Santi, 11, con pistola de agua escondida detrás (se le veía, obvio). Luna, 7, dos coletas rosas, abrazada a un cuaderno de dibujos. No hablaba desde que murió su mamá.
Me miraron. Se miraron. Se rieron bajito.
Milo dijo: él.
¿Yo qué?, dije.
Santi: tú. Te ves lo suficientemente torpe para que sea divertido echarte. Y eres hombre. Nunca tuvimos niñero hombre.
Luna no habló. Se acercó, me jaló la camisa y me dio un dibujo. Un perro feo, de cinco patas. Pero era para mí.
Ahí se me quitó la vergüenza. Vi la casa gigante, vacía, sin juguetes en el suelo. Sin nadie que los mirara de verdad. Solo gente que decía pórtate bien y se iba.
Dante Montero no estaba. El papá. CEO, viudo, siempre en reuniones, me dijo la asistente. El gran ausente. El que pagaba pero no estaba.
Me contrataron con un papel a mano: si ellos te aceptan, te quedas. Si no, te vas mañana a las 8.
Salí con Canelo escondido en la mochila. Obvio. No lo iba a dejar en la jaula 7.
Esa noche Javi me escribió: ¿sobreviviste? Le mandé foto del portón. Me puso: wey, te vendiste. Le contesté: me compraron, que es distinto. Y me reí solo, con Canelo babeándome el asiento del copiloto.
Mi camioneta prendió a la primera. Como si supiera que algo cambiaba.
No sabía que esos tres me iban a destruir la ropa, el sueño y un poco el corazón. Tampoco que su papá, meses después, me miraría como si yo fuera lo único que no quería perder en esa mansión enorme.
Pero esa es otra historia.
Por ahora era solo un chico de 23, que nunca había cuidado ni una planta, con un perro robado en la mochila y un flyer rosa arrugado que todavía olía a cloro y a croqueta mojada.