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DONDE DUERMEN LOS LOBOS

DONDE DUERMEN LOS LOBOS

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Padre soltero / Fantasía LGBT
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.

Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.

Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.

Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2 - Mamá con moño

Desperté con un pie en la mejilla.

Era el pie de Milo. Lyra dormía encima de mi pecho, babeando mi polera. Los tres habíamos terminado en el suelo de la biblioteca, entre mantas húmedas y libros desordenados. El sol se colaba por la ventana rota y olía a leche cortada y pino.

Me incorporé con esfuerzo. Tenía el cabello suelto, enredado, cayendo hasta la cintura. El moño se había deshecho en la noche. Me vi en el vidrio: ojeras, camiseta manchada, mechones castaños por la cara. Parecía cualquier cosa menos un padre presentable.

—Arriba, equipo —murmuré, cargando a cada uno en un brazo.

A las nueve golpearon la puerta. Tres toques firmes.

Era Silas. Camisa verde de trabajo arremangada, botas con barro y un bolso de cuero de veterinario. Olía a bosque frío y café recién hecho.

—Escucharon aullidos anoche —dijo sin saludar—. Vine a revisar.

—Pasa —contesté, intentando recogerme el cabello con una mano—. La biblioteca no tiene camilla, pero tengo suelo.

Se agachó junto a la caja que usamos de cuna. No los examinó como médico humano. Les observó encías, les palpó detrás de las orejas, les olió la cabeza. Lyra le mordió un dedo con sus dientes diminutos. Él sonrió.

—Sanos —dictaminó—. Pero mal alimentados. Esa leche de tarro no les sirve. Necesitan papilla de carne blanda con un poco de sangre. Son mitad depredador. El cuerpo les pide otra cosa.

—Les doy lo que alcanza —respondí, a la defensiva—. No tengo para comprar carne.

—Yo traigo —dijo—. Cazo y trabajo en el matadero del pueblo dos días por semana. Tengo de sobra.

Me observó el cabello, ahora a medio atar.

—¿Quieres que te ayude a cortarlo? Aquí la gente habla mucho por tonterías.

Apreté la goma del pelo.

—No —dije—. Me gusta así. Siempre lo llevé largo. No voy a cortarlo para que ellos se sientan cómodos.

Silas asintió, satisfecho.

—Mejor. Te queda bien. Que se muerdan la lengua entonces.

Al mediodía intenté abrir la biblioteca. Puse a los dos en las mochilas portabebés, una delante y otra detrás, y atendí a los tres ancianos que vienen a leer el diario. Uno de ellos me preguntó si era la hermana mayor de las guaguas. No me enojé. Ya estoy acostumbrado a ese tipo de confusión en este pueblo cerrado. Solo até más fuerte mi moño y seguí sellando libros.

Lyra me miró fijo en ese instante. Abrió la boca y soltó una palabra nítida, sin balbuceo.

—Mamá.

El aire se me fue.

—Papá —corregí, bajito—. Soy papá, amor. Papá.

Ella frunció el ceño, ofendida, como si yo fuera el equivocado.

—Mamá —repitió, abrazándome el cuello con fuerza.

Milo levantó la cabeza al escuchar a su hermana.

—Mamá —dijo también, ronquito.

Silas soltó una carcajada corta.

—Perdiste —dijo—. Ya te bautizaron.

—Les digo papá cada día —protesté, sonrojado—. Todo el día. Papá, soy papá. Y me contestan eso.

—Para ellos mamá no es una palabra de género —explicó Silas, más suave—. Mamá es quien se queda. Quien huele a hogar, a leche, a manta. Tú hueles a eso.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió sin permiso. Marta entró con dos vecinas y canastos de comida. Se frenaron al vernos a los dos tan cerca de los niños.

—Ay, Elías... ¿interrumpimos? —dijo Marta, mirando mi cabello suelto y a Silas arrodillado a mi lado.

—Es el veterinario —dije rápido—. Revisa a los bebés. Tuvieron fiebre.

—Veterinario de guaguas —murmuró una vecina—. Qué moderno.

Otra susurró, lo suficientemente alto para que escuchara: "la chiquilla del moño que se cree padre".

Sentí el calor subir a la cara. Silas se puso de pie de golpe.

—Basta —dijo, sin gritar, pero con una voz que llenó la sala—. Él es el padre. Cría solo a dos criaturas, trabaja dos turnos, no duerme. Si quieren chismear, chismeen de eso. No de su pelo ni de cómo se ve.

El silencio fue incómodo. Marta dejó el canasto y bajó la mirada.

—Solo traíamos comida —dijo.

—Gracias —contesté, con un nudo en la garganta—. De verdad.

Se fueron rápido. Cuando la puerta se cerró, me dejé caer contra la pared.

—Gracias —le dije a Silas—. No tenías que enfrentarte a ellas por mí.

—Sí tenía que hacerlo —respondió—. Odio a la gente que opina sin saber. Y tú no tienes que justificarte por verte como te ves.

Esa tarde regresó con una olla pequeña. Dentro había una pasta rojiza y espesa.

—Hígado de ciervo molido con caldo —explicó—. De a poco.

Les di una cucharadita a cada uno. Lyra abrió los ojos como platos y se devoró media olla sin pausa. Milo hizo un sonido nuevo, un aullidito agudo de felicidad que nunca le había escuchado.

Don Héctor, dueño de El Ciervo, advirtió que no podría seguir así. Con dos criaturas colgando y el cabello en la cara, parecía que tiraría una bandeja.

Por primera vez en días, no lloraron por hambre. Durmieron siesta larga, tranquilos, con la panza llena.

Los observé dormir. Les había puesto gomitas diminutas en el poco pelo que tenían, solo por molestar.

—Si yo soy mamá con moño, ustedes son lobitos con moño —susurré.

Lyra bostezó. En ese bostezo noté algo distinto. El borde de sus orejas ya no era redondo. Se estaba volviendo levemente puntiagudo, con una pelusa más oscura en la punta. Milo también tenía las orejas más erguidas que ayer.

—Oh, no —murmuré—. No ahora. Aún no.

Me acerqué a la ventana. El bosque frente a la biblioteca estaba oscuro y quieto, pero sentía ojos. Silas me advirtió que en Moonvale los lobos no abandonan a sus crías sin motivo. Si alguien los dejó frente a mi puerta bajo la lluvia, fue porque sabía que yo no los entregaría. Alguien me eligió.

Alguien que quizá volvería.

El viento golpeó el vidrio. A lo lejos, un aullido largo respondió, grave y triste.

Lyra se removió en sueños y murmuró otra vez, bajito.

—Mamá.

Esta vez no la corregí.

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bruja de la imaginación 👿😇
🥰me gustó mucho está historia
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