Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 10 - La primera nevada
La primera nevada llegó un martes. No avisó. Me desperté y el techo de mi casa estaba blanco y la calle del fondo no se veía por la niebla. Mi madre me dijo que no fuera al local porque hacía mucho frío. Le dije que tenía que ir igual porque había dejado al zorro ahí y porque Tizón se quedaba solo.
Caminé con botas de goma y con una bufanda que me había tejido Marta. El local estaba frío adentro. La estufa chica no alcanzaba. El zorro, que ya le puse de nombre Canelo por el color, estaba en su caja, temblando un poco. Tenía la pata mejor, ya no sangraba, pero todavía no la apoyaba. Tizón estaba acostado arriba de la caja, como siempre, dándole calor. Les puse más mantas y prendí la estufa al máximo.
A las nueve llegó Leo con leña. Traía un carrito viejo con palos cortados y con una bolsa de carbón. Me dijo que su tío le dijo que me los regalaba porque sabía que yo no tenía plata para comprar. Entre los dos prendimos un fuego chico en un balde de metal que me había dado Marta para que hiciera de estufa grande. El local se calentó un poco más y los animales se acercaron al balde. Canelo sacó la nariz de la caja y olió el aire caliente.
A las diez llegó el cartero. No viene nunca a la calle del fondo. Me trajo una carta con un sello grande y dorado. Era de la escuela de veterinaria de la capital. La abrí con las manos frías. Adentro decía que el alcalde don Ernesto y el señor Silas habían mandado una carta recomendándome y que me invitaban a una entrevista para una beca de estudios básicos. Decía que era para jóvenes que ya tenían experiencia con animales y que vivían en pueblos chicos. Decía que la entrevista era en dos semanas.
Me quedé parada con la carta en la mano. Leo me preguntó qué era. Se la di y la leyó en voz alta. Cuando terminó, me dijo, te vas a ir a la capital. Le dije que no sabía, que tenía miedo. Le dije que nunca había salido del pueblo y que no quería dejar el local solo. Leo me dijo que el local no se iba a ir a ningún lado y que si me daban la beca, podía volver los fines de semana.
Mi madre vino al mediodía con sopa caliente y con un gorro de lana. Le mostré la carta. La leyó dos veces y se le llenaron los ojos de agua. Me dijo que estaba orgullosa y que por primera vez entendía por qué yo pasaba tanto tiempo con animales. Me dijo que su padre, mi abuelo, también curaba caballos cuando era joven y que nunca se lo había contado a nadie porque pensaba que yo quería ser abogada. Me abrazó fuerte y me dijo que fuera a la entrevista, que ella cuidaba el local esos días.
En la tarde vino Silas. Venía con una capa gruesa y con nieve en los hombros. Me preguntó si había leído la carta. Le dije que sí. Me dijo que él había escrito a un amigo que trabaja en la escuela y que le contó lo del halcón y lo de la yegua y lo del zorro. Me dijo que su padre también había estudiado ahí con beca y que por eso sabía cómo era. Me dijo que si quería, me podía acompañar a la capital porque tenía que ir a comprar medicinas para sus caballos.
Nos sentamos los dos al lado del balde con fuego. Me preguntó cómo me sentía con lo de escuchar a los animales. Le dije que al principio me dolía la cabeza y que escuchaba muchas voces juntas, pero que ahora ya sabía cuál era cuál. Le dije que Tizón habla bajito y que Canelo habla con miedo. Me dijo que con el tiempo iba a aprender a cerrar un poco esa puerta cuando no quisiera escuchar, porque si no, se cansa mucho. Me dijo que su padre le enseñó a hacerlo mirando fijo un punto y respirando lento. Lo probamos ahí mismo y sentí que los ruidos bajaban un poco.
A las cuatro vino Kian. No venía desde la tormenta. Traía una bufanda azul y una caja chica. Me dijo que se iba a la capital al día siguiente porque tenía un torneo de esgrima que duraba una semana. Me dijo que quería despedirse. Me dio la caja. Adentro había un estetoscopio viejo, de esos que usan los doctores para escuchar el corazón. Me dijo que era de su abuelo y que su madre le dijo que me lo diera porque a mí me servía más que a él.
Le dije gracias. Me dijo que estaba contento por lo de la beca y que él también se iba a presentar a una beca, pero de deportes. Me dijo que ya no quería que fuéramos novios, que entendió que lo que sentía por mí era costumbre y que ahora quería que fuéramos amigos de verdad. Le dije que me parecía bien. Se fue caminando bajo la nieve y lo vi perderse en la calle blanca.
Cuando se hizo de noche, el local estaba caliente por el fuego del balde. Afuera seguía nevando y la luz chiquita que puso Leo en el cartel se veía amarilla entre la nieve. Adentro estaban Tizón, Canelo, dos gallinas que me dejó una señora porque no tenía donde tenerlas con la nieve y los dos conejos que me había traído Kian la semana de la tormenta y que ya eran parte del local.
Leo se quedó conmigo hasta tarde. Me ayudó a limpiar las cajas y a darles agua a todos. Me dijo que cuando me fuera a la capital, él podía abrir el local en las tardes y que su primo podía ayudar. Le dije que sí, que confiaba en él. Me dijo que me iba a extrañar y se rió porque le daba vergüenza decirlo. Le dije que yo también.
Antes de cerrar, abrí la caja de Canelo. Su pata ya estaba casi curada. Caminaba cojeando pero ya apoyaba. Lo saqué y lo puse cerca de la puerta. Afuera la nieve seguía cayendo pero ya no hacía tanto viento. Lo miré y le dije, ya puedes irte si quieres. En mi cabeza escuché, gracias, vuelvo si hace frío. Abrió la puerta con la nariz y salió corriendo, dejando huellitas chicas en la nieve. Tizón lo miró irse y volvió a acostarse al lado del fuego.
Cerré el local con llave y caminé a mi casa con Leo. La calle estaba toda blanca y se escuchaba el silencio que queda después de la nieve. Llevaba la carta de la beca en el bolsillo de mi campera y el estetoscopio de Kian en la otra mano. Tizón iba dentro de mi bufanda, con la cabeza afuera.
En mi pieza, escribí en mi cuaderno, día treinta, primera nevada, carta de la capital para entrevista de beca, Canelo se fue, tengo veinte monedas y un estetoscopio viejo, el local sigue caliente. Abajo escribí, ya no soy la villana que persigue al príncipe. Ahora soy la chica del refugio.
Apagué la luz y por la ventana vi la luz del local que seguía prendida, amarilla, entre la nieve blanca. Mañana iba a volver temprano para limpiarla.