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Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:636
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

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Capítulo 20

Capítulo 20: La venganza del listón

El portón se cerró detrás de la camioneta. Dulce tenía en las piernas la bolsa del tianguis, con sus dos calzones beige, la pijama de cuadros de Chayo y un camisón de satín que ella no había escogido. Sacó el celular, abrió WhatsApp, buscó el contacto que llevaba nueve días en la lista de bloqueados y le dio a Desbloquear, con la pantalla bien inclinada hacia él para que viera. Luego escribió: ¿Ya?

En la bolsa del pantalón de Adrián vibró algo. Él sacó el teléfono, leyó, y la miró por encima de la pantalla.

—Ya.

Don Lupe se bajó primero y abrió la cajuela. Sacó dos bolsas de regalo de papel grueso, las mismas que Dulce había visto colgando de las manos de Adrián en el jardín del hospital, y una caja envuelta que olía a carne seca.

—Ahora que ya están contentos, esto se va para adentro —dijo—. Glorias de Linares, machacado, y unas cremas que el patrón compró en San Pedro. Me dijo que los tirara. Yo no tiro comida. —Le pasó la bolsa de las cremas a Dulce—. Lo de comer era para la suegrita. Esto es suyo, patrona.

—¿Mandaste tirar mis cremas? —Dulce se volteó hacia Adrián.

—Lupe.

—Ya me voy, patrón. —Don Lupe dejó las bolsas en el escalón de la entrada—. Buenas noches. No hagan mucho ruido, que doña Queta dice que los naranjos también oyen.

En cuanto se fue, Dulce subió dos escalones y se dio la vuelta. Le puso la mano en el pecho a Adrián, para empujarlo hacia arriba.

—Súbete —le dijo, con la voz grave que él había usado la primera noche—. Yo te enseño.

Él se rio. Se dejó empujar escalera arriba sin quitarle los ojos de encima.

* * *

En el cuarto, Dulce abrió el cajón del buró. La bolsa negra seguía ahí, donde la había escondido hacía un mes detrás de la lámpara y alguien la había guardado después. Metió la mano y sacó una de esas cosas que él había comprado: un triangulito de encaje negro y dos tiras larguísimas de listón de satín a los lados. La levantó con dos dedos.

—¿No que no se podía usar? —dijo—. Hoy sí se usa.

Deshizo el moño de un lado y sacó el listón entero. Medía casi un metro. Adrián se sentó en la orilla de la cama, viéndola con la cabeza ladeada.

—Dame las manos.

Se las dio. La derecha todavía con la venda en los nudillos. Dulce le subió los brazos hasta el barrote más alto de la cabecera y le amarró las dos muñecas juntas, con vueltas apretadas, y remató con un nudo ciego, de los que le hacía Chayo a las bolsas del mandado para que no se salieran los jitomates. Jaló para probarlo. No se movió.

—Ahora te toca a ti estar amarrado —le dijo, sentándose encima de él—, señor que bloquea.

Le puso la punta del dedo en la manzana de Adán. La bajó despacio hasta el esternón y ahí le dio un piquete.

—A ver. La primera noche me dijiste que tenías gustos especiales. —Otro piquete—. ¿Cuáles eran? Dímelos todos.

—Que no te tapes. Que me mires. Que me pidas lo que quieres. —Adrián recargó la cabeza en la cabecera, con los brazos arriba—. Y amarrarte un rato cuando finges que no tienes ganas.

—Eso no es un gusto especial. Eso es ser un mandón.

—También me gusta cuando te enojas y me haces pagar. Como ahora.

Dulce se le quedó viendo con la boca abierta. Luego le clavó el dedo con más fuerza en el pecho.

—Eres un…

—Dímelo.

—No. —Le dio un último piquete y se bajó de la cama—. Venganza terminada. Me voy a bañar. Tú ahí te quedas, a pensar en lo que hiciste.

Se metió al baño y cerró la puerta. Dejó que el agua le cayera en la nuca un buen rato, riéndose sola, con la frente pegada a los azulejos. Cuando salió, envuelta en una toalla, la cama estaba vacía.

En el barrote de la cabecera colgaban dos pedazos de listón, deshilachados en la punta.

Un brazo la agarró de la cintura por detrás y la levantó del piso. Dulce gritó. La toalla se abrió y cayó a sus pies. Adrián le pegó la boca a la oreja, y ella vio de reojo sus muñecas: dos rayas rojas, hondas, una en cada una, donde el listón había apretado antes de romperse.

—Ahora sí, aunque llores.

—¿Me rindo o me rindes? —Dulce se retorcía de la risa, desnuda y colgada de su brazo.

—Ya veremos.

La cargó hasta la cama y la dejó de rodillas sobre el colchón. Antes de que Dulce pudiera voltearse, Adrián le agarró el pelo mojado con una mano y le besó la nuca. La otra le recorrió la espalda, bajó por la cintura y se cerró sobre una nalga. Dulce soltó un gemido que todavía tenía risa, pero se le acabó cuando él le dio una palmada seca.

—Eso es por el nudo ciego.

—Ni te dolió.

Le dio otra, en el otro lado. Dulce apretó las piernas, sintiendo el ardor extenderse por la piel y mezclarse con el calor que ya le corría entre los muslos. Adrián metió la mano entre ellos y comprobó lo mojada que estaba.

—Mentirosa —le dijo contra el hombro.

Dulce se volteó de golpe, lo empujó de espaldas y se le subió encima. Le desabrochó la camisa con tanta prisa que dos botones terminaron en el piso, y bajó la boca por su pecho, por el vientre duro, hasta que la respiración de Adrián perdió el ritmo. Él la dejó hacer apenas un rato. Después la agarró de la nuca, la subió y la besó con hambre.

Rodaron sobre la cama. Adrián quedó encima, con las muñecas marcadas a los lados de la cabeza. Le abrió las piernas con las rodillas y bajó entre ellas. Dulce se mordió el labio al sentir la primera pasada de su lengua. En la segunda ya estaba agarrada de las sábanas. Él la sostuvo de las caderas y siguió hasta que ella dejó de intentar callarse, con el cuerpo tenso y los talones hundidos en su espalda.

El placer le llegó tan fuerte que se dobló sobre sí misma. Adrián volvió a subir antes de que se le acabara el temblor. Dulce sintió su cuerpo duro contra el vientre y le rodeó la cintura con las piernas.

—Ahora —le dijo, jalándolo por el cuello.

Él alcanzó el cajón del buró, sacó un condón y se lo puso sin apartar los ojos de ella. Entró de un solo movimiento. Dulce arqueó la espalda y soltó el aire contra su boca. Ya no hubo dolor ni miedo, solo la presión llena, caliente, y el golpe de sus caderas que empezó lento y duró muy poco así.

Adrián le sujetó las muñecas encima de la almohada con una mano, como ella había hecho con el listón, y con la otra le sostuvo una pierna abierta. Cada embestida entraba más hondo. Dulce le dejó marcas en los hombros, luego en la espalda, y terminó diciendo su nombre con la garganta rota mientras él aumentaba el ritmo.

Se vino debajo de él, apretándolo con todo el cuerpo. Adrián no aflojó hasta sentirla temblar otra vez; entonces enterró la cara en su cuello y terminó con un gemido áspero, mordiéndole el hombro para no hacer más ruido que ella.

La primera vez fue en la cama. La segunda empezó en la regadera, cuando Dulce quiso lavarle las rayas de las muñecas y él le quitó el jabón de la mano. Acabaron contra los azulejos, con el agua enfriándose y ella agarrada de sus hombros. Para la tercera ya estaba amaneciendo. Dulce le había dicho que todavía le debía nueve días y Adrián se tomó la cuenta en serio.

Cuando la ventana empezó a ponerse gris, ella tenía la garganta raspada, las piernas flojas y el pelo otra vez húmedo. Adrián seguía despierto, acostado de lado, dibujándole con un dedo el recorrido del listón sobre el hombro.

* * *

A las ocho en punto vibró su celular en el buró. Dulce lo agarró a ciegas y abrió un ojo.

Recibiste una transferencia SPEI por $20,000.00. Concepto: Perdón por las dos semanas. Te las pago toda la vida.

Se quedó viendo la pantalla estrellada. Le tomó captura, se fue a ajustes y la puso de fondo de bloqueo. Adrián la veía hacer todo eso con un ojo abierto, boca abajo en la almohada.

Entonces, sin pensarlo, Dulce estiró el brazo hasta la mochila tirada junto a la cama, sacó la libreta y la pluma, y buscó la hoja. Le debo 538,000. Ya iba a escribir debajo cuando la mano de él le quitó la libreta.

—Oye.

Adrián se sentó en la cama, arrancó la hoja de un jalón limpio. La dobló en cuatro y se la metió en la cartera, que estaba en el buró de su lado.

—Esto nunca fue préstamo. —Cerró la cartera—. Y los trescientos dos mil que me regresaste, ahí se quedan: no te los vuelvo a mandar, para que no te ofendas. Nomás no me regreses los de las ocho.

—¡Esa hoja era mía!

—Ahora es mía.

Dulce le arrebató la libreta. Buscó la hoja siguiente, en blanco, y escribió con letra grande: Le debo: un beso por cada transferencia. Abajo puso la fecha y una rayita.

—Eso sí te lo voy a pagar —dijo, y le dio el primero.

* * *

A las ocho y media le marcó Chayo. Dulce contestó y lo único que le salió fue un graznido. Adrián le quitó el teléfono de la mano y lo puso en altavoz.

—Buenos días, suegrita. Soy Andrés. Está aquí conmigo.

—¡Ay, mijo! —Chayo se oía contentísima—. Ya era hora, ¿eh? Ya era hora. Porque mira, los días que la bloqueaste esta muchacha andaba como sin alma. Hasta se quemó la mano con el agua del termo, ¿no te contó?

Adrián volteó a verla. Dulce escondió la mano izquierda debajo de la sábana. Él se la sacó de ahí y la volteó con cuidado, con la palma para arriba. En el índice y en el dedo de en medio tenía la piel brillosa, rosada, donde se le habían reventado las ampollas. Las costras del pavimento de Bosques ya se le habían caído; en la palma nomás le quedaban unas manchitas rosas.

—Soy un canalla —dijo él, bajito.

—Pues me lo pagas —le susurró ella al oído—. El resto de tu vida.

—El resto de mi vida te lo pago.

Ella le agarró la muñeca para darle un beso en los nudillos. Ahí vio de cerca las dos rayas del listón, moradas ya en la orilla.

—Ay, no. Mira nomás cómo te dejé.

—Eso fue la tarea que aprendiste.

—¿Bueno? —dijo Chayo en el altavoz—. ¿Siguen ahí? ¿Qué tarea?

—Nada, ma —alcanzó a decir Dulce, roja hasta las orejas.

—Mira, mijo. —Chayo bajó la voz, seria—. De todos los muchachos que me la rondan, el único yerno que yo quiero eres tú. Que te quede claro. Ah, y el muchacho Julián vino ayer otra vez; anda ayudándome con unos papeles. Qué muchacho tan acomedido.

Dulce oyó lo de los papeles sin hacerle caso; tenía el pulgar de él dándole vueltas despacio sobre la cicatriz. Se despidieron. Adrián dejó el celular en la cobija y se quedó un rato sin soltarle la mano.

—Lo que viene no va a ser bonito —dijo—. Mi papá, mi hermana, la prensa. ¿Te da miedo?

Dulce lo pensó en serio. Se le vinieron a la cabeza la ventanilla del hospital, el poste de Constitución, Yesenia con su celular levantado.

—Si tú no te mueves, yo no me muevo.

Adrián le miró otra vez los dos dedos quemados.

—Entonces el martes entramos al hospital de la mano. Y que nos vean.

1
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
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