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Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amor-odio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Guadalupe Garza

Trilogía: Pecados de Élite

Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.

Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.

El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.

Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.

Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.

¿Qué podría salir mal?

NovelToon tiene autorización de Guadalupe Garza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: Luces de neón y el punto de no retorno

Bajamos del auto y nos internamos en la feria de The Quays, dejando atrás el silencio sepulcral de la carretera. El lugar era una auténtica sobrecarga sensorial, el olor denso a aceite quemado, palomitas de maíz y azúcar tostada flotaba en el aire frío de la noche, la música estridente de las atracciones se mezclaba con el bullicio de la gente y el murmullo constante del agua negra del Alexandra Lake golpeando los muelles... eramos dos soldados de élite, entrenados metodicamente para pasar desapercibidos en las zonas de guerra más hostiles del planeta, pero ahí, rodeados de familias riendo y adolescentes corriendo con premios de peluche, la verdadera anomalía eramos nosotros. Dos mundos colisionando bajo el parpadeo artificial de miles de bombillas de colores.

Caminamos hombro con hombro. Entre nosotros vibraba una tensión invisible, un campo magnético que nos recordaba en cada paso que ella era la mujer oficial de mi hermano menor, y que yo estaba rompiendo deliberadamente cada una de las malditas reglas que había jurado defender. Pero, para mi sorpresa, a los pocos minutos esa rigidez se disolvio en un silencio extrañamente cómodo. No necesitabamos hablar para saber lo que pensabamos. Nos bastaba con medir el compás de nuestros pasos sobre el asfalto húmedo...

De pronto, la Teniente pareció olvidar por completo los galones y el peso de su apellido. Se detuvo en seco frente a un puesto de comida ambulante con una curiosidad brillante en los ojos que me desarmó por completo.

Primero fueron los churros recién hechos. La vi morder uno cubierto por una fina y crujiente capa de azúcar blanca, riendo en voz baja mientras el calor del dulce contrastaba con el viento helado que bajaba del lago.

—No me diga que le da miedo arriesgarse con un simple dulce, mi Coronel —me desafio con una sonrisa traviesa que no le conocía.

Luego compro un cono de palomitas, y antes de que me diera tiempo a protestar por semejante falta de protocolo, me planto un puñado en la boca con un gesto tan natural y audaz que me obligo a masticar en silencio, atónito. Por último, apareció con una nube gigantesca de algodón de azúcar rosa pastel, que sostenia con ambas manos como si fuera el tesoro más grande del mundo. En ese instante, bajo los destellos rosados y azules de las luces de la feria, parecía una criatura mítica, una ninfa juguetona infiltrada en un mundo humano, completamente ajena al peligro colosal que representaba para mi cordura.

—No me va a decir que un Coronel de la F.E.E.M. le teme a las alturas —me provocó de nuevo, señalando con la barbilla la imponente rueda de la fortuna que giraba recortando su estructura metálica contra el cielo negro de Essex.

Me arrastro sin darme opción. No hubo ordenes militares de por medio, solo la punta de sus dedos rozando apenas la manga de mi chaqueta, guiándome con una autoridad dulce hacia la fila de los juegos mecánicos. Terminamos subiendo a una de las atracciones rápidas. Mientras el carrusel giraba a toda velocidad y el viento helado nos azotaba la cara, la escuché reír con una libertad absoluta, una risa cristalina que se tragó el ruido del mundo exterior. Yo me dejaba llevar, obedeciendo ciegamente sus caprichos, comiendo lo que me ofrecia y sintiendome completamente atrapado en su órbita. Por un par de horas malditas, la base de Londres, la mafia italiana, los informes clasificados y mi propio hermano dejaron de existir, solo existiamos nosotros, suspendidos en el tiempo entre el neón de la feria y el agua oscura del lago.

Bajamos de los juegos con el vértigo aún en las venas y seguimos caminando por los senderos laterales. Era una burbuja de paz tan irreal que sabía a mentira, la típica quietud peligrosa que siempre antecede a la peor de las tormentas. Destacabamos demasiado entre la multitud de civiles, ella, con su elegante vestido de alta costura negro que se ceñía a su silueta como una segunda piel desafiante, y yo, aún atrapado en el riguroso traje sastre de la cena de infiltración.

Un golpe de viento helado subio repentinamente desde la superficie oscura del Alexandra Lake, hacirndola estremecer de pies a cabeza. Sin decir una sola palabra, me quité el saco de los hombros y se lo acomode con cuidado sobre su espalda. La prenda le quedaba enorme, envolviendola por completo en mi propio calor corporal. Victoria se quedó inmóvil un segundo, sujetando las solapas de mi saco con las manos, y una sonrisa nostálgica, suave y melancólica curvó sus labios.

—Estar aquí... entre luces y ruido... me recuerda tanto a las tardes de mi infancia, antes de que el apellido Morgan se convirtiera en una sentencia de disciplina perpetua —susurro,, observando el parpadeo lejano de las bombillas reflejadas en el agua.

La guié con suavidad, alejandola del tumulto principal hacia los puestos más tranquilos que bordeaban el paseo de madera del lago, donde terminó arrastrándome a comprar un par de simples hot dogs en un carrito callejero. Nos apoyamos contra la barandilla de madera carcomida, masticando en silencio mientras contemplábamos la negrura infinita del agua. La mire de reojo, analizandola con detención, la brillante Teniente de la Fuerza Especial de Élite, comiendo comida rápida con la misma gracia letal con la que sostenía un rifle de asalto en el campo de tiro.

—Jamás imaginé que la hija menor de la dinastía Morgan Moore, criada en cuna de oro y con una educación militar impecable, terminaría comiendo esto en un callejón de feria —comente con un matiz de ironia en la voz profunda, incapaz de filtrar del todo el peso de su origen aristocrático.

Ella apartl lentamente la mirada del lago y me sostuvo la vista de frente. Sus grandes ojos verdes brillaban con una seriedad repentina que me helo la sangre en las venas.

—Un apellido pomposo, una cuenta bancaria o la realeza burocrática que me rodea no me definen como persona, Alec —respondil firmemente, usando mi nombre de pila por primera vez sin rastro de jerarquía —no soy un trofeo de la dinastía, soy una soldado, y se muy bien quién soy cuando me quito el uniforme.

Oírla pronunciar mi nombre de esa manera, con una desnudez emocional tan absolutamente ajena al frío y robótico protocolo militar, encendio en mi interior una chispa voraz, una curiosidad salvaje y destructiva. Quise romper cada una de las capas de hierro que ocultaba bajo el uniforme, quise conocer a la mujer real que habitaba detrás del mito, a pesar de tener la maldita lucidez de saber que albergar esos pensamientos por la novia de mi propio hermano era una traición imperdonable. Pero ¿saben qué? No me importaba lo más mínimo. Que fuera prohibida, que fuera la prometida de Dante o que fuera la hija del maldito presidente de la nación me importaba una absoluta mierda, la quería para mí, bajo mis condiciones, en mi cama. No para una relación formal, las cursilerías de un romance domestico jamás habían ido conmigo, sino porque mi cuerpo y mi instinto animal exigían poseer lo que el destino me había puesto enfrente.

Nos quedamos en completo silencio, atrapados en una distancia física que de pronto se volvió insostenible, casi inexistente. El ruido estridente de la feria se atenuo hasta convertirse en un zumbido lejano, ahogado por la luz de los neones que nos teñía la piel de tonos azules y magentas.

No sabría decir con exactitud quién de los dos dio el paso al frente, pero rompi la barrera que nos separaba. Mis dedos se deslizaron con lentitud por la línea de su mandíbula, sintiendo su piel suave estremecerse bajo mi tacto, y mis labios buscaron los suyos en un beso hambriento, profundo, robado por completo al tiempo, a la logica y al deber.

Fue un instante irreal, suspendido en el aire gelido de West Thurrock, un pecado absoluto donde el mundo real, los códigos de conducta, los rangos de la F.E.E.M. y las inevitables traiciones del amanecer se congelaron de golpe bajo la noche de Essex, sellando un pacto del que ya jamás podríamos dar marcha atrás.

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Estefanny Castro
me encanta la novela me gustaría que subieras más capitulos o que hicieras un maratón
Estefanny Castro: cuál es el nombre de la otra plataforma para leer las historias que has hecho
total 3 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Alec estás jugando con fuego y te vas a quemar 🔥
Guadalupe Garza: yo diría que los dos 🤭
total 1 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Peligroso muy peligroso 🔥
Nairobis Cardozo Portillo
Dios mío ésto está que arde🔥
Guadalupe Garza: Y lo que falta
total 1 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Excelente comienzo
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