Valentina no recuerda a Gael Montenegro.
Él asegura que hace tres años estuvieron enamorados… hasta que un accidente le borró aquella noche de la memoria.
Pero cuando sus recuerdos comienzan a regresar, Valentina descubre algo aterrador:
ella no fue la víctima del accidente.
Fue la única persona que sobrevivió.
Y antes de perder la memoria, dejó un mensaje para sí misma:
“No confíes en Gael. Él sabe quién me quiso matar.”
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Lo que ella olvidó
Capítulo 20 —
Valentina abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
El techo blanco sobre su cabeza parecía demasiado familiar, pero al mismo tiempo completamente ajeno. Escuchaba un sonido constante a su lado, un pitido suave y repetitivo que se mezclaba con el ruido lejano de unas voces detrás de la puerta.
Intentó moverse.
Un dolor punzante le atravesó la cabeza.
—Ah…
Cerró los ojos de nuevo.
Entonces recordó.
La carretera.
Las luces.
La lluvia.
La mano de alguien sujetando la suya.
Y después…
Nada.
Valentina respiró profundamente y se incorporó un poco.
—No deberías levantarte todavía.
La voz hizo que se quedara inmóvil.
Giró lentamente la cabeza.
Él estaba sentado junto a la ventana.
Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en ella.
Había algo diferente en sus ojos.
No era solamente preocupación.
Era miedo.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó Valentina.
—Toda la noche.
Ella frunció el ceño.
—¿Toda la noche?
Él asintió.
—No quería irme.
Valentina lo observó durante unos segundos.
A pesar de todo lo que había ocurrido entre ellos, había algo en su presencia que conseguía tranquilizarla.
O quizá era precisamente eso lo que la asustaba.
Porque no sabía por qué confiaba en él.
No recordaba haberlo conocido.
No recordaba cómo se habían enamorado.
No recordaba las peleas.
Ni los momentos felices.
Ni siquiera recordaba el momento exacto en que había comenzado a quererlo.
Pero su cuerpo parecía recordarlo por ella.
Cada vez que él se acercaba, su corazón reaccionaba antes que su cabeza.
—¿Qué pasó? —preguntó ella.
Él bajó la mirada.
—Tuviste un accidente.
—Eso ya lo sé.
—Entonces sabes más de lo que crees.
Valentina se quedó callada.
—¿Qué significa eso?
Él se levantó de la silla.
Caminó lentamente hasta la cama.
—Que los médicos dicen que tu memoria puede volver.
Ella tragó saliva.
—¿Y si no vuelve?
Él no respondió inmediatamente.
Se sentó junto a ella.
—Entonces empezaré de nuevo contigo.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—Porque ya lo hice una vez.
Ella lo miró confundida.
Él sonrió ligeramente.
—Y volvería a hacerlo.
Valentina apartó la mirada.
No quería llorar.
No delante de él.
No cuando ni siquiera sabía qué había sido de ellos.
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Todos me dicen que tú y yo estábamos juntos… pero nadie quiere contarme cómo terminamos.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Porque no terminamos.
Valentina volvió a mirarlo.
—Entonces ¿por qué siento que te perdí?
Él se quedó completamente quieto.
Aquella pregunta parecía haberlo golpeado.
—Porque hubo alguien que quiso que pensaras eso.
—¿Quién?
Silencio.
Valentina sintió que el aire de la habitación se volvía más pesado.
—Dímelo.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si te lo digo ahora, podrías recordar algo para lo que todavía no estás preparada.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—¿Sabes qué? Todos siguen diciéndome que no estoy preparada.
—Valentina…
—¡No! —lo interrumpió—. Es mi vida. Son mis recuerdos. Tengo derecho a saber qué pasó.
Él bajó la cabeza.
—Sí.
—Entonces dime la verdad.
Él respiró profundamente.
—La verdad es que antes del accidente descubriste algo.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Qué descubrí?
—Que alguien cercano a ti estaba mintiendo.
—¿Quién?
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Una mujer entró apresuradamente.
Valentina la reconoció.
O creyó reconocerla.
Era alguien que había visto varias veces desde que despertó.
Su rostro era amable, casi maternal.
Pero al verla, el hombre junto a la cama se puso rígido.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él.
La mujer sonrió.
—Vine a ver cómo está.
Valentina la observó.
Había algo extraño.
Algo que no podía explicar.
—Estoy bien —respondió.
La mujer se acercó.
—Me alegra mucho.
Entonces tomó su mano.
Valentina sintió un escalofrío.
Un recuerdo apareció.
Un pasillo.
Una puerta.
La misma voz.
—No puedes decirle nada.
Valentina retiró la mano bruscamente.
La mujer la miró sorprendida.
—¿Qué pasa?
Valentina respiró con dificultad.
—Nada.
Pero no era verdad.
Había escuchado aquella voz antes.
Y estaba segura.
—Yo te conozco.
La mujer palideció.
El hombre junto a la cama la observó.
—Valentina…
—No —dijo ella—. Déjame pensar.
Cerró los ojos.
El recuerdo volvió.
Una habitación oscura.
Su propia voz llorando.
—¿Por qué haces esto?
Después la voz de aquella mujer:
—Porque si él se entera, lo perderás todo.
Valentina abrió los ojos de golpe.
—Tú.
La mujer retrocedió.
—¿Qué?
—Tú estabas conmigo aquella noche.
Nadie habló.
El silencio fue absoluto.
La mujer intentó sonreír.
—Estás confundida.
—No.
Valentina negó con la cabeza.
—No estoy confundida.
El hombre se puso de pie.
—¿Qué pasó aquella noche?
La mujer lo miró.
Por primera vez, su expresión cambió.
Ya no parecía amable.
Parecía asustada.
—No recuerdo —respondió.
Valentina sintió que algo dentro de ella se rompía.
—Yo sí.
La mujer dio un paso atrás.
—Valentina, tienes que descansar.
—¡Tú estabas allí!
La mujer salió de la habitación.
El hombre intentó seguirla, pero Valentina lo sujetó del brazo.
—No.
Él se detuvo.
—¿Qué?
—No la sigas.
—¿Por qué?
Valentina lo miró directamente.
—Porque creo que ella sabe dónde está mi memoria.
Él se quedó en silencio.
Horas después, el hospital estaba tranquilo.
Valentina no podía dormir.
Miraba por la ventana mientras la ciudad permanecía iluminada bajo la lluvia.
Él seguía allí.
Sentado en una esquina de la habitación.
—¿No vas a dormir? —preguntó ella.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo de que cuando despierte ya no estés.
Valentina sonrió débilmente.
—Estoy aquí.
—Ahora.
Ella lo miró.
—¿Qué significa eso?
Él se levantó y se acercó.
—Antes del accidente me dijiste algo.
—¿Qué?
—Que si alguna vez olvidabas todo, debía recordarte quién eras.
Valentina sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Y quién era?
Él se sentó frente a ella.
—Eras insoportable.
Ella soltó una carcajada.
—¿Perdón?
—Sí. Mandona. Impulsiva. Te enojabas por cualquier cosa.
—Eso suena horrible.
—Lo era.
—Entonces, ¿por qué estabas conmigo?
Él sonrió.
—Porque también eras la persona más buena que conocí.
Valentina bajó la mirada.
—¿Y me querías?
Él no respondió.
Simplemente la miró.
—Más de lo que debería.
Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Yo no recuerdo quererte.
Él tragó saliva.
—Lo sé.
—Pero cuando te veo…
Se quedó callada.
—¿Qué?
—Siento algo.
Él se acercó.
—¿Qué sientes?
—Que te conozco.
—Porque me conoces.
—No. Es diferente.
Ella puso una mano sobre su pecho.
—Es como si mi corazón te reconociera aunque mi cabeza no.
Él cerró los ojos por un instante.
Cuando volvió a abrirlos, tenía lágrimas contenidas.
—Entonces esperaré.
—¿Qué?
—A que tu cabeza también me recuerde.
Valentina sonrió.
—¿Y si nunca lo hace?
Él tomó su mano.
—Entonces haré que te enamores de mí otra vez.
Valentina soltó una pequeña risa.
—Eso suena bastante arrogante.
—Lo sé.
—¿Y si no funciona?
—Lo intentaré todos los días.
Ella lo miró durante varios segundos.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Un recuerdo.
Pequeño.
Casi insignificante.
Ella riéndose.
Él persiguiéndola por una casa.
Los dos cayendo sobre un sofá.
Su voz diciendo:
—Te odio.
Y él respondiendo:
—Mentira.
Valentina abrió los ojos.
—Yo…
—¿Qué pasa?
—Acabo de recordar algo.
Él se acercó inmediatamente.
—¿Qué?
—Nosotros…
Sonrió.
—Nosotros nos peleábamos mucho.
Él soltó una carcajada.
—Eso sí lo recuerdo.
—Y tú eras insoportable.
—También lo recuerdo.
Ella sonrió.
Pero la sonrisa desapareció cuando otro recuerdo apareció.
Esta vez no era bonito.
Era oscuro.
Una discusión.
Una puerta cerrándose.
Ella llorando.
Y él diciendo:
—Si ella se entera, nos va a destruir.
Valentina se quedó paralizada.
—¿Quién es ella?
Él dejó de sonreír.
—¿Qué recuerdas?
—Tú dijiste eso.
—¿Yo?
—Sí.
Él se quedó pálido.
—Valentina, escucha…
—¿Quién es ella?
Él no respondió.
—¡¿Quién?!
El monitor comenzó a emitir pitidos más rápidos.
Valentina se llevó las manos a la cabeza.
—No… no…
Las imágenes comenzaron a aparecer una detrás de otra.
Un teléfono.
Una fotografía.
Un sobre.
Una firma.
Y una frase escrita en una hoja:
“Si Valentina recuerda lo que pasó aquella noche, todos estarán perdidos.”
Valentina abrió los ojos.
—¿Qué…?
Él intentó sujetarla.
—Tranquila.
—¡No me toques!
Ella retrocedió.
—¿Qué me estás ocultando?
—No es lo que piensas.
—¡Entonces dime qué es!
Él guardó silencio.
Valentina lo miró con lágrimas en los ojos.
—Tú también estabas ahí.
—Sí.
—¿Y tú sabías que ella estaba involucrada?
Él cerró los ojos.
—Sí.
Valentina sintió que el mundo se le venía encima.
—Entonces me mentiste.
—Lo hice para protegerte.
—¡No necesitaba que me protegieras! ¡Necesitaba que me dijeras la verdad!
Él se acercó.
—Si te decía la verdad aquella noche, no estarías viva.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—El accidente no fue un accidente.
Silencio.
La lluvia golpeaba los cristales.
—¿Qué estás diciendo?
Él sacó lentamente su teléfono.
Abrió una fotografía.
Se la mostró.
Era una imagen tomada aquella noche.
Valentina estaba dentro de un automóvil.
Él estaba a su lado.
Y en el asiento trasero…
estaba la mujer del hospital.
Valentina sintió que se le helaba la sangre.
—Eso no puede ser.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué hacía ella allí?
Él la miró fijamente.
—Eso es lo que intentaba descubrir antes de que perdieras la memoria.
Valentina volvió a mirar la fotografía.
Entonces notó algo.
En el reflejo de la ventana del automóvil aparecía una cuarta persona.
Alguien parado detrás del coche.
Alguien que parecía estar observándolos.
Valentina acercó el teléfono.
—Espera.
—¿Qué?
—Amplía esa parte.
Él obedeció.
La imagen se volvió borrosa.
Pero aun así podían distinguir un rostro.
Valentina dejó de respirar.
—No…
—¿Qué pasa?
Ella comenzó a temblar.
—Yo conozco a esa persona.
Él la miró.
—¿Quién es?
Valentina levantó lentamente la mirada.
—Es la persona que todos creían que había muerto.
Él se quedó completamente pálido.
—Eso es imposible.
Valentina negó con la cabeza.
—No.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Ahora recuerdo.
—¿Qué recuerdas?
Ella lo miró directamente.
—La noche del accidente…
Hizo una pausa.
—No fue cuando empezó todo.
Él no dijo nada.
—Fue cuando descubrimos que alguien llevaba meses fingiendo estar muerto.
Y entonces, desde el pasillo, se escuchó un golpe.
Ambos se giraron.
La puerta estaba entreabierta.
Nadie estaba allí.
Pero sobre el suelo había un pequeño sobre negro.
Valentina lo miró fijamente.
Él se acercó y lo recogió.
En la parte delantera solamente había una frase escrita:
“Dejen de buscar la verdad.”
Y debajo, una segunda línea:
“La próxima vez, Valentina no despertará.”