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PACTO DE PIEL Y SANGRE

PACTO DE PIEL Y SANGRE

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Venganza
Popularitas:779
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.

Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El rugido de la Ducati y el primer desplante

Bajo el impecable apellido Prescott, Natalia siempre fue vista como la joya de la familia: una joven dulce, de sonrisa fácil y envuelta en una burbuja de aparente fragilidad que sus hermanos mayores se encargaban de blindar a toda costa. Para el mundo exterior, ella era la encarnación de la inocencia y el orgullo del hogar. Pero detrás de esa fachada de porcelana se ocultaba una intuición afilada y una mente capaz de percibir las sombras que los cristales de colores de la mansión intentaban ocultar.

El día que sus padres anunciaron aquel viaje de negocios, el pecho de Natalia se contrajo con un presentimiento gélido y aplastante. Suplicó, rogó y exigió que se quedaran, presintiendo que cada paso hacia la puerta era una sentencia de la que no habría retorno.

—Volvemos pronto —prometieron con una sonrisa distraída, dejándole un beso en la frente antes de perderse tras la imponente entrada escoltados por el chófer de confianza.

Horas más tarde, el silencio de su habitación se rompió con pasos apresurados y llamadas urgentes desde la planta baja. Al bajar las escaleras, el rostro demacrado y pálido de sus hermanos bastó para que el mundo se desmoronara. Sus rodillas impactaron contra el frío mármol mientras el eco de la noticia estallaba a su alrededor.

Los gritos de dolor se ahogaron en su garganta mientras su mente repetía como una letanía tortuosa, con los ojos anegados en lágrimas y la respiración rota:

Se los dije.

Aquel trágico accidente automovilístico no solo les arrebató la vida a sus padres, sino que destrozó para siempre el frágil mundo en el que vivían. Y mientras los hermanos Prescott intentan mantener en pie el legado familiar, Natalia con quince años descubrirá que la muerte sus padres no fue obra del azar, sino el primer movimiento de una guerra silenciosa donde ella ya dejó de ser la damisela indefensa para convertirse en la única capaz de sobrevivir.

 

¡5 años después!

A veces no es suficiente con solo querer salir adelante; hay ocasiones en las que hace falta más, mucho más que un simple deseo.

En mi caso, lo que hacía falta era venganza y justicia.

Una venganza que llevaba dos años buscando; una venganza que obtendría cueste lo que cueste, una que me había hecho perder mucho y, a su vez, ganar más de lo que había perdido.

Me encontraba en *Coffee Flower*, mi cafetería favorita, a las afueras de la ciudad.

Entre mi mano derecha sostenía una taza de café caramel macchiato (mi favorito), mientras que con la izquierda sujetaba un libro a medio leer.

*(Aquella vez)* es toda una novela provocativa y apasionada, nada fácil de olvidar. Supongo que como cualquier novela cliché, pero no estaba mal, al menos no después de haberme atrapado tras un par de páginas.

Tras unos minutos, di por terminada mi lectura por ese día justo cuando la pantalla de mi celular se iluminó con una llamada entrante.

La voz de mi mejor amiga, Laila, se escuchó emocionada al otro lado de la línea.

—¿Dónde estás, pelirroja? ¿Lista para la fiesta de esta noche? —preguntó. Una sonrisa escapó de mis labios.

—Por supuesto, cariño.

—Genial, nos vemos esta noche —dijo aún más emocionada.

—Por supuesto, ponte guapa —le respondí, y escuché su risa antes de cortar la llamada.

Después de esa pequeña conversación, recogí mis cosas y pagué mi café, dejando un veinte por ciento de propina al mesero que tan amablemente me había atendido.

Al salir, me dirigía hacia donde había estacionado mi auto cuando mi atención fue robada por el rugido de una motocicleta. Una Ducati Panigale V4 SP2 se detuvo de golpe frente a mí. La verdad no fue difícil identificarla ya que crecí con mis dos hermanos mayores que son unos auténticos apasionados con las motos.

Para mí no pasó desapercibido el dueño de aquella bestia de dos ruedas: vestía completamente de negro, portaba un cabello castaño revuelto y gafas de sol.

—¿Eres imbécil o qué diablos pasa contigo? —le pregunté al idiota de la motocicleta.

Sin esperar respuesta, intenté reanudar mi paso, pero el cabronazo me tomó de la muñeca y me giró hacia él.

Sus gafas, que segundos antes permanecían en su sitio, fueron retiradas con lentitud. Sus ojos color avellana se conectaron con mi mirada.

Su expresión era una mezcla de duda y diversión. ¿Y la mía? Pff, yo estaba más confundida que él, aunque intenté ocultarlo hasta que el castaño me soltó. Volvió a ponerse los lentes, esta vez sobre su cabeza, y bajó de la moto.

Era un chico alto; por sobre la ropa se notaban sus músculos bien formados. No cabía duda de que pasaba horas en el gimnasio.

Como si yo fuera una simple estatua, pasó a mi lado y caminó hacia el interior de la cafetería. Gracias a los grandes ventanales, pude ver cómo se encontraba con una pelirroja que, al verlo, saltó sobre él, quedando con las piernas entrelazadas en la cintura de aquel adonis, quien, encantado por la acción, comenzó a devorarla a besos.

Ahí comprendí que solo me había confundido con su chica koala.

 

La música electrónica resonaba por todo el club. Laila bailaba junto a mí; ya llevábamos un par de horas en el lugar. Nuestros amigos se encontraban sentados en la barra con una botella de bourbon, observándonos complacidos y divertidos por la forma en que bailábamos la peliplateada y yo.

Dado que bailábamos muy juntas y, de vez en cuando, nuestros pechos y caderas se rozaban, nuestros amigos nos miraban con atención y picardía mientras hablaban entre ellos, capturando también los deseos de los extraños a nuestro alrededor.

La situación nos pareció tan divertida que no pudimos evitarlo y empezamos a acortar la distancia.

Hasta que metí mi mano por el escote de la espalda de Laila, deslizándola hacia abajo hasta tocar su trasero cubierto por una tanga de encaje.

Mi amiga, al sentir mi tacto, se tensó un poco, pero luego me siguió la corriente. Me tomó de la nuca, acercando nuestros rostros hasta rozar nuestros labios.

Pude sentir su suave aliento mezclado con el aroma a bourbon.

De un momento a otro, rompí la escasa distancia que nos separaba y uní nuestros labios en un beso casto que no duró más de dos segundos.

Al separarnos, noté diversión en sus ojos, pues ambas sabíamos muy bien que lo hacíamos por el simple gusto de jugar... mera diversión.

Y valió la pena al ver a más de un tipo que había presenciado la escena mirándonos boquiabiertos, y a otros con los pantalones abultados intentando acercarse a nosotras; claro que no se los permitimos.

Después de montar aquel pequeño teatro, regresamos con el resto del grupo, quienes no tardaron en empezar con sus piropos solo para molestarnos.

—¿Sientes lo que provocas? —me preguntó Dylan, restregando su erección contra mi trasero en el momento en que me recosté sobre la barra para pedir un trago.

—No busques lo que no se te ha perdido —le contesté, dándome la vuelta para quedar frente a él.

Dylan, mucho más que mi amigo, era mi amigo con derechos desde hacía algunos meses. Llevábamos una amistad de muchos años y él, al igual que Laila, siempre había estado ahí cuando más lo necesitaba aunque fuese dando apoyo moral desde la distancia; había sido mi amigo, mi hermano y mi confidente. Y así había sido siempre... hasta que una noche nos pasamos de tragos y amanecimos desnudos el uno al lado del otro. Desde entonces, prometimos que no volvería a suceder, pero fue una promesa que mandamos a la mierda casi de inmediato, continuando con los encuentros bajo la regla de no involucrar sentimientos. Como era de esperarse, aquello se volvió insostenible cuando él me confesó haber empezado a sentir algo más por mí. Por más que había intentado poner distancia para no arruinar nuestra amistad, lo obstinado que era Dylan seguía tentando a la suerte con insistencia.

—Sabes que no podemos seguir con esto —le dije, apartándolo de mí.

—Lo sé, por eso te pido un último polvo de despedida —respondió, intentando acercarse nuevamente aprovechando un descuido de los demás, ya que ninguno sabía de nuestras travesuras—. ¡Déjame sentirte una última vez!

Con una risa descarada acepté su propuesta y nos dirigimos hacia los baños.

Una vez adentro, mi guapo amigo me cargó, entrelazando mis piernas alrededor de su cintura, para luego sentarme sobre los lavabos y posicionarse entre mis piernas. Comenzamos a devorarnos a besos mientras sus manos —y dos de sus dedos— hacían su trabajo al sur de mi cuerpo.

Al poco tiempo, los gemidos hicieron su aparición y él liberó su miembro, que ya palpitaba con fuerza dentro de su pantalón.

Sé que me lo agradecía.

Dylan tocó su erección con la mano libre y la bombeó, cubriéndose de una capa de delicioso líquido preseminal.

A los pocos segundos, ya lo tenía dentro de mí, moviéndose de forma frenética, encontrando la altura perfecta para entrar y salir como era debido.

Los movimientos eran precisos; sus manos masajeaban mis senos por dentro del vestido, el cual no me había retirado por completo.

Mis manos tomaron su propio camino: tomé su cabello y tiré de él hacia atrás para besarlo de forma feroz, demostrándole que el control seguía siendo mío.

Mis caderas se movían con vida propia, buscando mayor fricción en cada embestida. Su ritmo aumentó y, minutos después, inclinó la cabeza hacia atrás por pura voluntad, sabiendo que el clímax estaba cerca.

Me bajé del lavabo, le di la espalda y me puse en posición.

Quería que me lo hiciera por detrás para poder llegar al orgasmo sin problema, ya que no estábamos usando preservativos.

Entró nuevamente en mí, esta vez por el recto. Esperó unos segundos para que mi cuerpo se acostumbrara a su grosor y tamaño —puesto que sus medidas eran muy generosas y no solíamos hacerlo por esa vía, reservándola solo para las contadas ocasiones sin protección—.

Una vez que el dolor inicial cedió, comenzó a embestirme, elevando la intensidad poco a poco hasta hallar el ritmo perfecto.

El pelinegro besaba mi cuello y apretaba mi trasero con sus grandes manos; sabía perfectamente que aquello dejaría marcas al día siguiente.

—Mmm... Sigue así —le pedí, conteniendo los gemidos tanto como podía—. Ya casi... me vengo —alcancé a formular al notar cómo mi vientre se contraía, sabiendo que el anhelado orgasmo se aproximaba.

Poco después tuve un maravilloso orgasmo con premio doble: a los pocos minutos, Dylan explotó dentro de mí con su propia liberación.

Al salir, me regaló un beso en los labios, de esos que te vuelven a descolocar por completo.

Estaba arreglando mi cabello y mi vestido cuando la puerta del baño se abrió, dejando ver al chico de la tarde.

Sí, al idiota de la motocicleta.

Lucía sumamente atractivo. Esta vez vestía pantalones negros, una camisa blanca impecable, una chaqueta de cuero y llevaba el cabello revuelto en un desorden demasiado sexy.

Como pude, acomodé mi cabello en un inútil intento por ocultar las evidencias de lo que acababa de hacer minutos antes.

¡Y vaya que fue inútil!

El chico no dijo nada; en su lugar, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro antes de adentrarse por completo en el baño.

Dylan, con total tranquilidad, me tomó de la mano y me llevó de regreso a la salida. Fui con él con gusto, no sin antes mirar a aquel adonis a través del espejo y cruzar miradas una vez más.

Al salir a reunirnos con el grupo, noté que mi hermano Noah se nos había unido y comenzaba a interrogarme sobre dónde me había metido, pecando de un poco tóxico con su pequeña hermanita.

Estuve a nada de confesarle que estaba follando con mi amigo en el baño del club, solo para ver si dejaba de joder con su bombardeo de preguntas. Pero no hizo falta, porque en ese instante apareció él: el maldito chico que parecía un *sticker* apareciendo en todas partes, el mismo de la motocicleta y del baño. Mi hermano procedió a presentárnoslo.

Al parecer, ya llevaban un rato hablando, por lo que el resto del grupo ya lo conocía.

Noah lo presentó formalmente como su mejor amigo... y a mí como su "pequeña hermanita".

Cómo odiaba que me tratara de esa manera, y más aún cuando vi la chispa de diversión en los ojos de aquel idiota ante la equivocada idea que mi hermano tenía sobre mí.

—Un gusto —dije, tendiéndole la mano al imbécil solo para no hacerle el feo a mi hermano... para terminar siendo humillada cuando él simplemente me dejó con la mano extendida en el aire.

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Michel Yandi
me encanta esta historia 🦆✨
Paula Nuñez: ¡Muchísimas gracias por tu apoyo! Me alegra un montón que te esté gustando la historia. Si te atrapó, te invito a pasar por mi perfil para que le eches un vistazo a mis otras novelas. ¡Seguro que también te van a encantar! ❤️✨
total 1 replies
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