NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
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Capítulo 17
...JULIETA ÁLVAREZ...
—Temas familiares, Julieta. Cosas que simplemente no entenderías —respondió Alejandro con un tono tan seco y distante que pareció congelar el ambiente entre los dos.
La calidez con la que me sujetaba la cintura segundos antes desapareció de golpe. Retiró los brazos de mi espalda y dio un paso atrás, ajustándose la mancuernilla del saco con una calma metódica y exasperante.
La expresión dulce que reservaba para mí se esfumó por completo, siendo reemplazada por esa máscara de hielo que usaba en la oficina cuando editaba textos.
Me quedé parada en medio de la pista de baile, sintiendo el impacto de sus palabras como si me hubiera soltado una bofetada.
—¿Cosas que no entendería? —repetí, bajando la voz pero apretando los puños a los costados—.Llevas semanas haciéndome parte de tu vida, Alejandro. Estamos en la boda de mi hermana, me trajiste tomada de la mano frente a toda mi familia y ¿ahora me sales con que no entendería?
—No hagas una escena aquí, Julieta —dijo, mirándome desde su imponente altura con una frialdad absoluta. Ni un solo rasgo de su rostro se movió; no había enojo, solo una pared infranqueable—. Es un viaje privado y no tengo por qué darte explicaciones de mis asuntos personales.
—No te estoy pidiendo un reporte ejecutivo, te estoy pidiendo honestidad —reclamé, sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas de rabia y frustración—. Estás distante, te llaman todo el tiempo, desapareces a veces y cuando me preocupo por ti, me tratas como si fuera una desconocida.
—Porque en este tema, lo eres —sentenció sin pestañear. Su voz era quirúrgica, clínica, cortante—.Mi familia es un asunto del que no formas parte. Te sugeriría que no te confundas.
Un nudo opresivo me cerró la garganta. Ver al hombre que horas antes me miraba con adoración transformado en un desconocido arrogante y despiadado destruyó cualquier rastro de paciencia que me quedaba.
—Tienes razón, Santana —dije, dando un paso atrás y levantando el mentón para no dejar caer ni una sola lágrima—. Me confundí. Pensé que detrás de esa cara de amargado había alguien de verdad. Qué imbécil fui.
El suspiro, cerrando los ojos.
—Pajarito... —intentó decir, aunque su rostro se mantuvo rígido.
—No me vuelvas a decir pajarito en tu vida —lo interrumpí con una firmeza que ni yo sabía que tenía—. Buen viaje a donde sea que vayas.
Le di la espalda, dejándolo solo en la orilla de la pista mientras los murmullos de la fiesta continuaban a nuestro alrededor.
Caminé con la cabeza en alto hacia las puertas de salida de la hacienda, ignorando las miradas de mi madre y la sonrisa burlona de Carolina. No iba a permitir que nadie, ni siquiera Alejandro Santana, me hiciera sentir insignificante otra vez.
El sonido brusco de sus pasos apresurados resonó detrás de mí en el empedrado del estacionamiento. Antes de que pudiera llegar a la reja de salida, Alejandro me tomó firmemente de la muñeca y me giró hacia él.
—Julieta, espera —dijo, rompiendo por fin esa máscara de hielo.—Disculpame, por favor. Sé que reaccioné de la peor manera, pero de verdad no puedo decirte nada todavía... no aquí, no así. Solo necesito que me creas cuando te digo que...
—Señor Lawrence.
La voz masculina, áspera y con un marcado acento extranjero, cortó las palabras de Alejandro en seco.
Un hombre de más de un metro noventa, con postura militar e imponente, acababa de salir de la penumbra. Vestía un uniforme oscuro con un corte y unos bordados dorados en el cuello que no correspondían a ninguna fuerza de seguridad privada común; parecía más bien la vestimenta de una guardia de honor.
Alejandro soltó el agarre de inmediato y se puso completamente rígido.
¿Lawrence?
—Su prometida solicita hablar con usted de inmediato —continuó el escolta sin mover un solo músculo de la cara, señalando hacia una enorme camioneta blindada de vidrios oscuros aparcada a unos metros, que lucía un pequeño estandarte metálico en la parte frontal.
El aire se me salió de los pulmones.
Giré la cabeza despacio para mirar a Alejandro. Él se había quedado completamente pálido, manteniendo la mirada fija en el vehículo antes de voltear a verme a mí.
—¿Prometida? —musité en un hilo de voz, sintiendo cómo la tierra se me abría bajo los pies—¿Señor... Lawrence?
Alejandro dio un paso hacia mí con la mano extendida, pero la presencia del escolta y el peso de las mentiras acumuladas formaron una muralla invisible entre los dos.
—Julieta, puedo explicarlo... —susurró, con la voz quebrada.
—No te molestes, Santana... o como carajos te llames —dije, dando dos pasos largos hacia atrás, lejos de él y de su guardia—.Ahora entiendo perfectamente por qué me dijiste que yo era una desconocida en tu vida.
—Julieta, escúchame, por favor —suplicó Alejandro, ignorando al escolta y dándole un agarre firme a mis brazos para evitar que me alejara—. Las cosas no son como estás pensando. De verdad. Es una situación extremadamente complicada... te prometo que te lo voy a contar absolutamente todo en cuanto haya solucionado ciertas cosas.
Sentía un zumbido agudo retumbando dentro de mis oídos. El pulso me golpeaba con fuerza en las sienes y un dolor de cabeza punzante comenzó a instalarse detrás de mis ojos.
—¿Estás comprometido? —le pregunté, clavando la mirada en los suyos con la respiración agitada—. Responde, Alejandro. ¿Estás comprometido? Es que esto es una locura...
Alejandro apretó los labios, aprisionado entre el mandato del hombre uniformado a sus espaldas y la desesperación de verme colapsar frente a él.
La culpa en su rostro era evidente, pero no salió ninguna negativa de su boca, y ese silencio me caló más profundo que cualquier confirmación.
El aire comenzó a faltarme. Sentí que el corsé del vestido rosa pastel me asfixiaba, apretándome el pecho hasta dejarme sin capacidad para inhalar. El entorno empezó a dar vueltas: las luces de la hacienda, la enorme camioneta blindada y la figura imponente de Alejandro parecían distorsionarse.
No podía creerlo.
No él.
No después de haber salido del infierno de diez años con Roberto para volver a caer en la misma trampa de mentiras y secretos.
—Julieta, mírame. Respira —pidió Alejandro, notando mi palidez extrema mientras me sujetaba con más fuerza para evitar que las piernas se me doblaran—. Estás hiperventilando, por favor...
—No me toques —balbuceé con la voz ahogada, llevando una mano a mi frente helada—. Me... me siento bien.
Me zafé de su agarre con la poca fuerza que me quedaba y me giré para tropezar a pasos torpes hacia la salida del estacionamiento, buscando desesperadamente cualquier lugar lejos de él.