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La Muñeca Del Bosque Negro

La Muñeca Del Bosque Negro

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

es de terror, una creepypasta

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Niña de las Flores Blancas

El bosque quedó en silencio.

Incluso la lluvia dejó de caer.

La luz verde que salía de la grieta iluminó los árboles con un resplandor irreal. Las hojas parecían hechas de cristal y el aire se llenó del aroma de flores recién abiertas.

Samuel dio un paso hacia atrás.

—¿Quién... quién habló?

Nadie respondió.

El Rey del Bosque cerró lentamente los ojos.

Su enorme rostro, formado por corteza y musgo, reflejaba algo que Samuel jamás habría imaginado.

Alivio.

No miedo.

No rabia.

Alivio.

La luz aumentó de intensidad.

Luego, una pequeña mano apareció sobre el borde de la grieta.

No era una mano monstruosa.

Era la mano de una niña.

Pequeña.

Delicada.

Cubierta de tierra.

Sujetó el borde con esfuerzo.

Después apareció la otra.

Y lentamente salió una niña de unos diez años.

Llevaba un vestido blanco cubierto de barro.

Su largo cabello negro caía hasta la cintura.

En sus pies descalzos crecían pequeñas flores blancas a cada paso que daba.

Samuel sintió un escalofrío.

Aquella niña era exactamente la misma que Isabela había visto debajo de la mesa la noche antes de ser marcada.

La misma que aparecía en los espejos.

La misma que cargaba la muñeca sin rostro.

La niña levantó la vista.

Sus ojos eran completamente verdes.

No tenían pupilas.

Solo un brillo suave, como el de las hojas cuando las ilumina el sol.

Sonrió.

Pero su sonrisa no daba miedo.

Transmitía una profunda tristeza.

—Al fin... alguien me dejó salir.

El líder del culto retrocedió.

Por primera vez desde que Samuel lo conocía, estaba aterrado.

—No...

No puede ser...

La niña inclinó la cabeza.

—¿Por qué tienes miedo de mí?

Tú nunca me conociste.

El hombre comenzó a temblar.

—Los escritos...

Decían que jamás debías despertar.

La niña soltó una pequeña risa.

—Los escritos también decían que el Rey era un monstruo.

¿Ves ahora cuánto mintieron?

Samuel observó al Rey del Bosque.

La gigantesca criatura bajó lentamente una de sus manos.

La niña caminó hasta ella y apoyó su pequeña palma sobre una de las raíces.

Era un gesto lleno de cariño.

Como el de una hija saludando a su padre.

Samuel comprendió que entre ellos existía un vínculo mucho más antiguo que cualquier ritual.

Isabela observaba a la niña con lágrimas en los ojos.

—Eres...

La niña sonrió.

—Hace mucho tiempo me llamaban Yara.

—Pensé que habías desaparecido.

—Eso quisieron hacer creer.

Samuel frunció el ceño.

—¿Quién eres?

La niña caminó hasta él.

Cada paso hacía brotar nuevas flores blancas.

Se detuvo frente a Samuel y lo miró directamente.

—Fui la primera guardiana de la puerta.

Mucho antes de Isabela.

Mucho antes de Azael.

Mucho antes del pueblo.

El silencio fue absoluto.

Entonces Samuel recordó algo.

El primer manuscrito mencionaba que antes de Isabela había existido otro sello.

Nunca decía quién.

Ahora lo sabía.

Había sido Yara.

—¿Qué ocurrió contigo? —preguntó Gabriel.

Yara bajó la mirada.

—Me ofrecí voluntariamente.

Igual que Isabela.

Pero mi prisión era diferente.

Mientras ella encerraba a Azael...

Yo debía dormir junto a la puerta.

Durante siglos.

Hasta que alguien digno me despertara.

Elías dio un paso adelante.

—¿Por qué?

La niña levantó la vista hacia el Rey.

—Porque él no podía vigilar el mundo y la puerta al mismo tiempo.

Necesitaba ayuda.

Samuel sintió un nudo en la garganta.

Otra persona había sacrificado toda su vida para proteger a los demás.

Y la historia la había borrado por completo.

El líder del culto comenzó a reír.

Era una risa desesperada.

—¡No importa!

Todavía podemos terminar el ritual.

Sacó una pequeña pistola de debajo de su túnica.

Nadie esperaba un arma moderna.

Apuntó directamente a Gabriel.

—Si muere un Salazar...

Todo habrá valido la pena.

Samuel reaccionó demasiado tarde.

El disparo resonó en todo el bosque.

¡BANG!

Gabriel cerró los ojos.

Esperó el impacto.

Pero nunca llegó.

Frente a él estaba Yara.

Había levantado una sola mano.

La bala permanecía suspendida en el aire.

Girando lentamente.

Como si el tiempo se hubiera detenido.

La niña observó el proyectil con curiosidad.

—Qué extrañas son las armas de este siglo.

Movió apenas un dedo.

La bala cayó al suelo.

Sin fuerza.

Como una simple piedra.

El líder del culto quedó paralizado.

—Eso... es imposible...

Yara lo miró con tristeza.

—No.

Solo olvidaste una cosa.

No todo el poder nace del miedo.

Azael dio un paso adelante.

Miró a Yara.

Después al Rey.

Finalmente bajó la cabeza.

—He hecho cosas terribles.

Yara asintió.

—Sí.

—No merezco vivir.

El Rey respondió con voz serena.

—No... eres... quien... decide... eso...

Samuel observó la escena sin comprender.

El demonio estaba aceptando su culpa.

El Rey no buscaba venganza.

Yara tampoco.

Entonces entendió cuál era la verdadera diferencia entre ellos y el culto.

Mientras unos llevaban siglos intentando romper el ciclo del odio...

Los otros llevaban siglos alimentándolo.

El cielo comenzó a despejarse.

Las nubes se abrieron lentamente.

Un rayo de sol atravesó el bosque por primera vez en horas.

Isabela sonrió.

Sus grietas comenzaron a desaparecer.

Samuel sintió esperanza.

Quizá todo terminaría.

Quizá por fin podrían romper la maldición.

Entonces un cuervo descendió desde lo alto y se posó sobre una roca.

Llevaba un pequeño pergamino atado a una pata.

Yara lo tomó con delicadeza.

Al leerlo, su expresión cambió.

Por primera vez...

Pareció asustada.

Samuel se acercó.

—¿Qué ocurre?

La niña levantó lentamente la vista.

—Creí que todos habían muerto...

Samuel sintió un escalofrío.

—¿Quiénes?

Yara dobló el pergamino.

Su voz apenas fue un susurro.

—Los que abrieron la puerta por primera vez.

El Rey cerró lentamente los ojos.

Como si hubiera esperado esa noticia durante miles de años.

Yara continuó.

—No eran un culto...

Eran una civilización.

Y...

Acaban de despertar.

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