Él domina un imperio, pero ante ella se vuelve un cobarde.
Dominic Sterling es el implacable magnate de la moda inclusiva en Nueva York, un hombre frío que construyó una fortaleza de éxito para proteger a su madre, Elena, de los fantasmas del pasado. Pero cuando Scarlett Sinclair —una brillante y hermosa diseñadora de alta costura que pisa fuerte en sus tacones altos— irrumpe en su empresa, el control de Dominic se desmorona.
Scarlett busca un socio, pero encuentra a un hombre que la desarma y que, al mismo tiempo, levanta una barrera de hielo por pánico a ser vulnerable. Mientras Dominic calla lo que siente, la llegada del carismático fotógrafo Julian Beck amenaza con alejar a Scarlett para siempre. Atrapado en su propio silencio, Dominic se enfrentará a la prueba más difícil: descubrir si el orgullo vale más que el precio de amarte.
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Capítulo 16: El Encuentro en el Sena (El Quiebre de las Máscaras)
París bajo la lluvia parecía una pintura melancólica teñida de gris y azul. Una neblina ligera flotaba sobre los adoquines del distrito de Le Marais mientras la tarde caía lentamente, envolviendo la ciudad en un frío húmedo que calaba los huesos. Dominic Sterling caminaba a pasos rápidos por las aceras francesas, con el cuello de un abrigo sencillo levantado y el cabello oscuro completamente empapado por la llovizna constante. Había dejado atrás sus trajes de sastre hechos a medida, sus guardaespaldas y la imponente seguridad que lo caracterizaba en Manhattan. Ya no era el magnate inalcanzable; era simplemente un hombre desesperado siguiendo el rastro de la única mujer que le daba sentido a su existencia.
Tras buscar durante horas, Dominic finalmente localizó la fachada de piedra del nuevo taller de Scarlett. Se detuvo al otro lado de la calle, resguardándose bajo el saliente de un edificio antiguo, justo en el instante en que la pesada puerta de madera se abría. Su corazón dio un vuelco violento en su pecho. Scarlett Sinclair salió al exterior, luciendo tan sofisticada y hermosa como siempre sobre sus altos tacones, pero no estaba sola. Julian Beck caminaba a su lado, sosteniendo con delicadeza un gran paraguas negro sobre la cabeza de la diseñadora para protegerla del agua, mientras ella se aferraba sutilmente de su brazo con una familiaridad que a Dominic le dolió en lo más profundo de su alma.
Apretando los puños dentro de los bolsillos, Dominic comenzó a seguirlos a una distancia prudente, manteniendo el paso entre la multitud de peatones que se apresuraban a refugiarse de la tormenta. Los observó caminar sin prisa, ajenos al mundo, avanzando por las callejuelas parisinas hasta llegar a uno de los puentes de piedra que cruzaban el majestuoso río Sena. El agua del río corría turbia bajo los arcos, reflejando las luces amarillentas de las farolas que empezaban a encenderse en el crepúsculo.
En medio del puente, la pareja se detuvo. Julian bajó ligeramente el paraguas y, en un giro de absoluta honestidad, miró fijamente a Scarlett a los ojos. El fotógrafo, que había guardado silencio durante tres meses respecto a la evidente distracción de la diseñadora, tomó sus manos con suavidad, obligándola a detener su andar.
—Scarlett, mírate —dijo Julian, con una sonrisa mansa pero teñida de una profunda resignación—. Físicamente estás aquí conmigo en París, ayudándome a elegir los mejores lugares para las fotos y aceptando mis cenas, pero tu mente y tu corazón nunca salieron de esa torre de cristal en Nueva York.
Scarlett bajó la mirada, sintiendo que un nudo de culpa le apretaba la garganta, pero Julian la interrumpió con delicadeza, acariciando su mejilla antes de continuar.
—No tienes que pedir disculpas. Te amo lo suficiente como para entender que no puedo competir con un fantasma. Te dejo libre, mi bella diseñadora, porque mereces ser feliz por completo, no a medias. Ve a buscar lo que realmente anhelas.
Julian se inclinó despacio, depositó un tierno y definitivo beso de despedida en su mejilla y, entregándole el mango del paraguas negro, dio la vuelta para alejarse a paso tranquilo, perdiéndose entre la bruma de la tarde parisina y dejando atrás una historia que nunca llegó a florecer por completo.
Scarlett se quedó completamente sola en medio del puente. Cerró el paraguas por un impulso repentino, permitiendo que la llovizna fresca le golpeara el rostro y se mezclara con las lágrimas silenciosas que comenzaban a brotar de sus ojos claros. Miró el fluir del Sena, sintiendo el peso de una soledad que parecía no tener fin, convencida de que su destino era vivir en el eco de lo que pudo haber sido.
Fue en ese preciso instante de vulnerabilidad absoluta cuando Dominic decidió salir de las sombras de los árboles de la orilla.
El sonido de unos pasos firmes y pesados aproximándose hizo que Scarlett se girara por instinto. Al enfocar la vista a través de la cortina de agua, la respiración se le congeló por completo en los pulmones. Dominic Sterling estaba allí, de pie a pocos metros de ella. El gigante de hielo de Nueva York se encontraba completamente desarmado: la lluvia le empapaba el rostro, la camisa blanca se le pegaba al pecho revelando el latido acelerado de su corazón, y sus ojos oscuros, habitualmente fríos y calculadores, estaban desbordados de lágrimas genuinas que rodaban sin ningún pudor por sus mejillas varoniles. Su mano derecha, aún marcada por las cicatrices recientes del espejo roto, temblaba levemente a los costados de su cuerpo.
—Fui un completo cobarde, Scarlett —articuló Dominic, con una voz rota, ronca por la emoción y desprovista de cualquier rastro de la arrogancia corporativa que tanto daño les había causado—. El pánico a perder el control y el miedo a mostrarme débil me cegaron por completo, haciéndome creer que el silencio me protegería. Pero me equivoqué de la manera más miserable.
Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ambos, sin importarle que el agua los empapara por igual en medio de la pasarela de piedra.
—Pasé tres meses viviendo en un desierto absoluto, dándome cuenta de que mi fortaleza económica y mi orgullo no valen nada si tú no estás a mi lado. Vine hasta aquí porque prefiero que me destruyas con tu desprecio, prefiero que me rompas el corazón en mil pedazos a tener que vivir un solo día más en el invierno insoportable de tu ausencia. Te amo, Scarlett, y ya no tengo miedo de decírselo al mundo.
Scarlett se quedó completamente estática, petrificada sobre sus tacones bajo la llovizna de París. El impacto de ver a aquel hombre implacable, al jefe inflexible que prefería romper cristales antes que admitir un sentimiento, totalmente expuesto, llorando y suplicando por una oportunidad en mitad de un puente, le causó un vuelco devastador en el pecho. Las máscaras finalmente se habían quebrado, dejando al descubierto al hombre real que habitaba detrás del monstruo corporativo, pero el dolor del pasado seguía pesando demasiado en el alma de la joven diseñadora.