Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 17
Borans y Zerimar llegaron a la casa de Seinec, acompañados por ella.
—Aquí estamos otra vez, señorita Seinec —dijo Borans con un quejido de dolor—, aunque me hubiera gustado que fuera en otras circunstancias.
—Señor Borans, tiene que descansar —respondió ella con preocupación, guiándolo hacia la habitación donde pasaría la noche.
—También me duele la garganta; debe ser porque nos resfriamos anoche con la lluvia.
—Espere aquí, le traeré medicamentos —insistió Seinec.
—No quiero molestar demasiado...
—No es nada, ya vuelvo —respondió ella, apresurándose a buscarlos.
Mientras tanto, la pequeña Zerimar se acercó a su padre.
—¿Estás mejor? —preguntó.
—Sí —respondió él, observando fijamente un cuadro en la pared.
La niña, notando las intenciones de su padre, le dio un suave toque en el hombro con el dedo. Cuando él la miró, ella fue tajante:
—Ni siquiera lo pienses.
—No pienso nada, por favor, me estás ofendiendo —respondió él, fingiendo indignación.
Seinec regresó con las medicinas.
—Tome esto, se sentirá mejor —dijo entregándole el remedio.
—Ah, gracias... en serio —respondió él, tragando las pastillas.
Entonces, Seinec miró a la pequeña:
—Zerimar, ve a mi habitación y cámbiate de ropa. Le mostraré a tu padre dónde está la suya.
—Iré enseguida —dijo la niña.
Borans, tratando de mostrarse tierno frente a Seinec, se despidió de su hija:
—Buenas noches, hijita.
—Buenas noches, papá —respondió ella antes de subir las escaleras.
Seinec guio a Borans hasta la oficina de su padre.
—Puede dormir aquí —dijo ella.
Borans no pudo evitar susurrar:
—¿Cuánto dinero habrá aquí?
Ella se giró, desconcertada:
—¿Disculpe?
—Que otra vez me asombra el buen gusto de su padre; ya me di cuenta la primera vez que vine —se excusó rápidamente. Al verla organizar el sofá, añadió—: Se está tomando muchas molestias.
—No podía dejar a Zerimar ahí, y ella no habría venido sin su padre —explicó Seinec.
Borans tosió levemente.
—Entiendo. Agradezco la ayuda, pero encontraremos un lugar pronto, cuente con eso.
—Está bien, no se preocupe —respondió ella.
Cuando él la vio terminar de arreglar la cama, le dijo:
—Yo puedo hacer eso.
—Que descanse, buenas noches —sentenció Seinec, cerrando la puerta tras de sí.
En cuanto se quedó solo, Borans tomó un objeto valioso de la oficina y murmuró:
—¿Qué tan antiguo será esto?
Seinec subió al cuarto para ver a la pequeña. Zerimar ya se había bañado y estaba lista con su pijama.
—¿Ya te vestiste? —preguntó Seinec al entrar.
—Mm-jum —respondió la niña.
—Ven, voy a secarte.
—Una pregunta... ¿Esto también era tuyo? —dijo la niña, señalando la pijama.
—Mm-jum, esa era mi pijama favorita —sonrió Seinec con nostalgia.
—Es muy linda, dijo la pequeña.
—Ven, siéntate en la cama, voy a cepillarte el cabello o se enredará mientras duermes —dijo Seinec.
Mientras la peinaba, la curiosidad pudo más:
—Zerimar, ¿tu papá gana suficiente dinero?
La niña se quedó pensativa y luego negó con la cabeza:
—No, para nada. Y no quiero que trabaje más; no me gusta su trabajo, preferiría que hiciera otra cosa.
—¿Por qué? —preguntó Seinec intrigada.
—Porque... —la niña hizo una pausa—, porque quisiera que me cuide mejor.