Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 20
Cap 20: La fiesta de los Serrano
La fiesta de los Serrano fue idea de Esteban.
Camila lo supo porque nadie más en Sierra Clara habría descrito una reunión con siete familias del Consejo, tres manadas aliadas, dos mesas de comida y una posible crisis política como «algo pequeño para que la gente deje de inventar estupideces».
—No es pequeño —dijo Camila, mirando el patio transformado con guirnaldas, faroles y arreglos de laurel.
Esteban, orgulloso, se acomodó el saco.
—Comparado con una guerra, sí.
—Comparado con una comida normal, es una emboscada con flores.
—Por eso hay buena comida.
Pilar, que dirigía a seis ayudantes como si estuviera moviendo tropas, gritó desde la mesa principal:
—Si alguien toca los tamales antes de tiempo, le corto una mano.
Esteban sonrió.
—Y seguridad.
Gabriel apareció a espaldas de Camila con una carpeta en la mano.
—No tiene que asistir todo el tiempo.
Camila lo miró.
—¿Me está ofreciendo una ruta de escape?
—Tres.
—Qué romántico.
—Una por la cocina, una por el corredor este, una por el jardín de hierbas.
Esteban se llevó una mano al pecho.
—Gabriel, muchacho, con razón sigues casado provisionalmente.
Gabriel no le hizo caso.
Camila intentó no sonreír.
Falló un poco.
Llevaba el broche de la Luna Inés en el vestido, no joyas de Gabriel. La anciana Amalia lo había aprobado con un «aceptable» que, según Teresa, equivalía a una ovación de pie. Nico había sido lavado, peinado y amenazado. Marta no asistió, por decisión propia, pero envió una bolsa de pan dulce para «que no digan que no tenemos modales». Camila sospechaba que también quería que todos supieran que su hija tenía familia.
Eso le dolió y le calentó el pecho a la vez.
Los invitados empezaron a llegar al atardecer.
Primero, familias aliadas de Sierra Clara. Luego, representantes del Consejo. Después, la manada Salazar, con Elena al frente junto a Diego, sin Damián. El rumor de su audiencia prematrimonial ya había corrido; algunos la miraban con compasión, otros con cálculo.
Elena caminó directo hacia Camila.
—Traje naranjas confitadas para Pilar.
—¿Intentando comprar protección?
—Aprendí de la mejor.
Pilar apareció como invocada.
—Eso depende de la calidad.
Elena le entregó la caja.
Pilar olió, probó una, y asintió.
—La Salazar vive.
Elena inclinó la cabeza con solemnidad.
—Un honor.
Camila se rio.
La risa llamó miradas. Algunas amables. Otras no.
Una mujer de cabello negro y collar de esmeraldas se acercó con dos acompañantes. Camila no recordaba su nombre, pero su aroma a gardenias y metal nuevo decía familia del Consejo con dinero suficiente para comprar silencios.
—Candidata a Luna —saludó.
El título sonó como una moneda falsa.
Camila inclinó la cabeza.
—Señora.
—Qué historia tan extraordinaria la suya. De cuidadora de Vega a esposa del alfa Gabriel. La Luna es caprichosa.
Elena se puso rígida.
Camila tomó una copa de agua.
—A veces. Otras veces una mujer lee la letra pequeña.
La mujer sonrió.
—Debe ser difícil adaptarse. Tantas reglas nuevas.
—Menos que cuidar a un alfa herido sin entrenamiento, sueldo completo ni derecho a dormir. Aquí al menos las reglas vienen por escrito.
Una de las acompañantes bajó la mirada.
La mujer del collar apretó la copa.
—No quise insinuar...
—Entonces no lo haga.
Gabriel, a varios pasos, no intervino.
Pero el aroma de abeto se calentó con una satisfacción que Camila sintió en la piel.
La mujer se retiró con una sonrisa menos firme.
Elena murmuró:
—Eso fue casi diplomático.
—La anciana Amalia está haciendo milagros.
La noche avanzó entre conversaciones, comida y pequeñas batallas vestidas de cortesía. Camila descubrió que podía sobrevivir si aplicaba tres reglas: comer cuando quisiera morder a alguien, hacer preguntas cuando intentaran arrinconarla, y no alejarse demasiado del aroma de Gabriel si el ruido de la manada se volvía excesivo.
La tercera regla era preocupante.
También efectiva.
Un beta de una manada vecina le preguntó si Sierra Clara planeaba «educarla formalmente antes de reconocerla como Luna». Camila le preguntó si su manada educaba formalmente a los hombres antes de permitirles hablar en público. Teresa casi se atragantó con vino.
Una anciana del Consejo quiso saber si Camila entendía la diferencia entre gratitud y derecho. Camila respondió que sí, por eso no confundía protección con propiedad. La anciana Amalia, desde una esquina, bebió agua con expresión de haber criado una tormenta útil.
Nico se mantuvo sorprendentemente bien hasta que Esteban le contó una historia sobre un guerrero que había derrotado a tres lobos renegados con una olla. Camila tuvo que confiscarle una cuchara.
Entonces llegó la verdadera prueba.
Damián Vega no podía asistir por restricción del tribunal.
Beatriz tampoco había sido invitada.
Pero Tomás Yáñez sí, como acompañante de una familia menor del Consejo y con suficiente estupidez para pensar que eso lo hacía intocable.
Camila olió el alcohol antes de verlo.
El mismo aroma dulce y desagradable de la primera humillación, ahora mezclado con curiosidad morbosa.
Tomás se acercó a la mesa de bebidas cuando Gabriel estaba al otro lado del patio hablando con Diego Salazar.
Naturalmente.
—Camila Rojas —dijo—. ¿O debería decir «Luna»?
Elena dio un paso hacia ella.
Camila la detuvo con una mirada.
—Camila está bien.
—Siempre tan humilde. Aunque ahora comes en mesas mejores.
—La comida aquí es excelente.
—Me imagino. Debe ser un cambio después de vivir de sobras.
Camila dejó su copa sobre la mesa.
—Tomás, si vino a demostrar que el alcohol no mejora su conversación, ya terminó.
Dos personas cercanas fingieron no escuchar.
Tomás sonrió, envalentonado por el público.
—Solo me sorprende. Hace poco Damián podía transferirte si quería. Ahora todos fingen que naciste para Luna.
Camila sintió el viejo frío.
No miedo.
Memoria.
Antes de que pudiera responder, el aroma de Gabriel cruzó el patio.
No se movió rápido. No corrió. Caminó.
Eso fue peor para Tomás.
Pero Camila levantó una mano sin mirar atrás.
Gabriel se detuvo.
El patio entero notó eso.
Camila también.
Y, maldita fuera, le dio fuerza.
—Tiene razón en algo —dijo ella a Tomás»—. Yo no nací para Luna.
El murmullo empezó.
Tomás sonrió.
Camila continuó:
—Nací como todos: con dientes, hambre y una madre que no sabía qué hacer con tantas deudas. Trabajé. Serví. Me cansé. Pedí libertad. La conseguí. Si Sierra Clara decide que eso no basta para ser Luna, lo discutiremos. Pero usted, que solo sabe repetir la frase con la que Damián intentó regalarme como mueble, no tiene rango moral para opinar sobre mi mesa.
Elena tapó su sonrisa con la copa.
Tomás se puso rojo.
—Sigues hablando como sirvienta.
—No. Hablo como alguien que ha limpiado suficientes pisos para saber cuándo hay basura enfrente.
El patio estalló en sonidos contenidos.
Tomás dio un paso, furioso.
Gabriel apareció junto a Camila.
No delante.
Junto a ella.
—Tomás Yáñez —dijo—, esta fiesta reconoce alianzas bajo investigación activa. Si insulta de nuevo a mi esposa, lo retiraré como riesgo diplomático y como aburrimiento personal.
Tomás palideció.
Camila miró a Gabriel.
—¿Aburrimiento personal?
—Es una categoría flexible.
—Muy útil.
Tomás retrocedió. Su familia menor lo recogió con sonrisas desesperadas y lo arrastró hacia la salida.
El patio no volvió a ser el mismo.
No de inmediato.
Algo había cambiado. No todos la aceptaban. Ni cerca. Pero habían visto a Camila responder, a Gabriel detenerse cuando ella lo pidió, y luego pararse a su lado, no encima.
Eso, en una manada, también era lenguaje.
Más tarde, Elena se acercó con dos copas de agua.
—Ha ganado tres enemigas, cuatro admiradoras y una anciana que quiere fingir que no está orgullosa.
Camila tomó una copa.
—¿Y usted?
—Yo traje naranjas. Estoy a salvo con Pilar.
—Muy sabia.
La música empezó en el patio central. No una pieza formal, sino guitarras suaves y percusión baja. Algunas parejas bailaron. Gabriel estaba hablando con Esteban, pero su atención volvía a Camila cada pocos segundos.
Elena lo notó.
—No la mira como Damián.
Camila bebió agua.
—No.
—Damián miraba como si alguien fuera a quitarle algo.
Camila miró a Gabriel.
Él la vio mirarlo.
No se acercó.
Esperó.
—Gabriel mira como si estuviera cuidando una puerta que yo puedo abrir o cerrar —dijo Camila.
Elena sonrió, triste.
—Eso suena peor.
—Lo es.
Antes de que Camila pudiera explicar, un sirviente de Sierra Clara se acercó con una bandeja de sobres. Uno llevaba el sello del Consejo: invitación formal para una reunión de benefactoras y familias aliadas al día siguiente.
El nombre de la anfitriona hizo que Gabriel dejara de hablar al otro lado del patio.
Isabela Montiel.
Camila levantó el sobre.
—La viuda del Consejo.
Elena palideció un poco.
—Mi madre la llama «la sonrisa que cobra intereses».
Gabriel llegó a su lado.
—No tiene que aceptar.
Camila miró la invitación.
Papel caro.
Perfume blanco.
Una nota manuscrita:
Toda mujer que llega a una casa nueva necesita amigas que entiendan el precio de sobrevivirla.
I. Montiel
El aroma bajo la tinta era casi imperceptible.
Blanco. Almendras amargas.
Amapola lunar.
Camila cerró el sobre.
—No —dijo—. Pero voy a hacerlo.
Gabriel no discutió.
Solo miró la nota como si acabara de aparecer una serpiente en medio del pan.
La fiesta siguió.
Pero Camila ya podía oler la siguiente jaula.