Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 15
Dana siempre había sido una chica extrovertida, con una sonrisa rápida y una voz fuerte que llenaba cualquier espacio. Desde pequeña supo que llamaba la atención, y aunque no siempre lo buscaba, la gente gravitaba hacia ella. Cuando se mudó a ese colegio rural, no tardó en hacerse amiga de casi todos. Pero con Elian fue distinto. Él no hablaba tanto, pero cuando lo hacía, decía justo lo que Dana quería oír. Al principio le pareció interesante esa mezcla de seriedad y sarcasmo. Lo encontró atractivo, incluso misterioso. Y cuando Elian comenzó a buscarla más seguido, a caminar con ella al recreo, a sentarse cerca en la banda, ella pensó que quizás sentía lo mismo.
Sin embargo, Dana también tenía un lado sensible que escondía bajo capas de humor. Notó cómo Elian a veces se quedaba mirando a Mey. Cómo se tensaba cuando Mey y Guillermo reían juntos. Aunque Elian nunca decía nada, su silencio pesaba. Dana comenzó a sentirse desplazada. Empezó a preguntarse si solo era una excusa, si su cercanía con Elian era real o solo una forma de distraerse. Lo que más le dolía era que, a pesar de todo, le gustaba Elian. Pero también le dolía ver cómo Mey —su amiga— parecía estar atrapada en el medio sin buscarlo.
Una tarde en el colegio, mientras Dana practicaba con la banda, fingió no ver cómo Elian desviaba la mirada al ver a Mey llegar. Respiró hondo y se concentró en su instrumento, decidida a no dejar que eso la destruyera por dentro. Sabía que debía cuidar su corazón, pero también cuidar a su amiga. No quería que entre ellas creciera una grieta silenciosa por culpa de un chico que no sabía lo que quería.
Mientras tanto, Mey se iba acostumbrando a su nueva rutina en el colegio. Entre las clases, la banda, los entrenamientos de vóley y sus nuevas amistades, encontraba momentos para respirar con más libertad. Guillermo se había convertido en un refugio inesperado. Él tenía una forma ligera de ver la vida, pero cuando hablaba con ella, parecía prestarle atención a los detalles que nadie más notaba. Le gustaba eso. Le hacía sentir que no era invisible.
Un día, en plena clase de Comunicación, el profesor propuso una actividad de dramatización. Había que formar parejas y representar escenas de teatro improvisadas. Guillermo, sin pensarlo dos veces, se giró y le hizo una reverencia exagerada a Mey:
—Mi señora, ¿acepta usted ser mi dama en esta tragedia shakesperiana?
Mey no pudo evitar reír. —Con tal de que no sea una tragedia de verdad, acepto, caballero.
Comenzaron la actividad con una escena absurda en la que Guillermo fingía ser un rey desmayado porque su cocinera (Mey) había olvidado poner sal en la sopa. Guillermo rodaba por el piso gritando: —¡Sin sal! ¡Traición! ¡Exilio inmediato para la cocinera! —mientras Mey, roja de la risa, intentaba levantarlo.
Toda la clase reía, incluso el profesor que trataba de contener la carcajada. Mey se doblaba de la risa, mientras decía: —Majestad, fue solo un poco de sal, no hace falta el drama.
—¡El drama es mi vida, cocinera!—gritó Guillermo, poniéndose de pie con una flor invisible que le ofrecía a Mey. —Pero si prometes condimentar mis días con tu alegría, te perdono.
Elian, desde su asiento, observaba todo en silencio. No reía. Tampoco hablaba. Solo miraba. Dana, a su lado, también notó su expresión. Por dentro, algo se le removió.
En el recreo, Guillermo y Mey seguían riendo por la escena. Se sentaron bajo el árbol grande cerca del campo de fútbol. Mey sacó una mandarina de su mochila y comenzó a pelarla.
—Gracias por hoy,—le dijo. —De verdad, me hiciste reír como no lo hacía en semanas.
—Para eso estamos. Para hacer de las tragedias, comedias,—respondó Guillermo, con su sonrisa tranquila.
Entonces, un gajo de mandarina salió disparado y le pegó en la frente.
—¡Oh, no! ¡Guillermo, lo siento! —exclamó Mey, llevándose las manos a la cara.
—¡Me has herido, cocinera! ¡Esto merece una revancha! —gritó Guillermo fingiendo dolor, y comenzó a lanzarle pequeños pedacitos de mandarina.
Ambos terminaron en una guerra de cáscaras, riendo como niños.
A lo lejos, Dana miraba la escena. Apretó los labios y bajó la mirada. Sabía que algo estaba cambiando. Y que, quizás, debería aprender a soltar.
Elian también miraba. No decía nada. Pero en su silencio, había una lucha interna que no lograba nombrar.
Esa tarde, cuando las clases terminaron, Dana se acercó a Mey mientras recogía sus cosas. Le sonrió con suavidad y le dijo: —Hoy estuviste genial en la actuación. No sabía que tenías tanto talento para la comedia. Mey, algo confundida, le devolvió la sonrisa. —Gracias, Dana. Guillermo me hace sentir cómoda, supongo. Las dos se miraron por un momento y luego bajaron la mirada. Había mucho que decir, pero ninguna sabía por dónde empezar.
Esa noche, Guillermo escribió en su cuaderno. Era algo que hacía siempre, una costumbre que su madre le había inculcado. Escribió sobre el día, sobre la risa de Mey, sobre la mirada de Elian. "A veces no hace falta decir lo que se siente. Basta con saber que está ahí, creciendo poco a poco, como una semilla." Luego cerró el cuaderno y apagó la luz, con una sonrisa en el rostro.
Elian, en cambio, no logró dormir bien. Dio vueltas en la cama, recordando la escena de la mandarina, las risas compartidas, el cálido sol de la tarde. Sentía una punzada en el pecho que no sabía cómo calmar. "Dana es buena", pensó. "Pero... ¿por qué me molesta tanto verlos reír juntos?". Cerró los ojos con fuerza, intentando borrar esa imagen. Pero era imposible. Ya se había grabado muy dentro de él.