Fabricio creyó haber dejado atrás las sombras del pasado cuando encontró en Esteban un amor dulce y verdadero. Pero la felicidad no llega sin precio, amenazas, mentiras y la obligación de fingir para protegerse pondrán a prueba su confianza. Entre lo que se muestra ante el mundo y lo que se guarda en secreto, entre el sabor suave de lo que desea y el peligro oculto en cada paso, tendrá que aprender que en la vida y en el amor, lo más dulce también puede esconder lo más amargo.
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Día 17
No pude dormir ni un solo segundo en toda la noche. El tarro que Brayan me entregó seguía ahí, sobre mi mesa, brillando con una luz que me parecía venenosa. Cada vez que cerraba los ojos, veía sus fotos, sus amenazas, y escuchaba sus palabras: “Si no puedes tenerlo por amor, lo tendrás por necesidad”. Entré a la escuela hoy con el cuerpo pesado, como si arrastrara cadenas, y con el alma rota antes de que empezara el día.
Brayan no esperó mucho para cobrar lo que ya consideraba suyo. Apenas sonó el timbre de entrada, me esperaba en el mismo rincón oscuro donde todo comenzó, con esa sonrisa fría y segura que me helaba la sangre. No tenía prisa, sabía que tenía todas las cartas a su favor.
—Buenos días —me dijo, acercándose demasiado, invadiendo mi espacio sin permiso—. ¿Te tomaste ya la primera dosis?
Asentí con la cabeza, incapaz de hablar. Había vertido esa gota amarga en mi vaso de agua antes de salir, sintiendo que me traicionaba a mí mismo con cada sorbo que daba. Sentía un ligero mareo, no solo por la sustancia, sino por la angustia que me oprimía el pecho.
—Muy bien —continuó, y su voz cambió, volviéndose más autoritaria—. Pero eso es solo el principio. El tiempo de los juegos terminó. Ya no quiero que sigas viéndolo, hablándole, mirándolo como si fuera el centro de tu mundo. Quiero que lo dejes hoy mismo. Delante de todos, para que quede claro y nadie tenga dudas.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Dejarlo? —susurré con voz quebrada—. Brayan, no me pidas eso… es lo único bueno que me ha pasado en la vida. Si lo dejo, me quitas hasta la última razón que tengo para no rendirme.
Él dio un paso más, agarró mi barbilla con firmeza pero sin lastimarme físicamente, obligándome a mirarlo a los ojos. En su mirada ya no había amor, sino una posesión enfermiza que me aterraba más que cualquier golpe.
—¿Te acuerdas de lo que te dije? —me recordó en un tono bajo y peligroso—. Las fotos de tu padre, los papeles, todo lo que has ocultado durante años. Si hoy no lo haces, antes de que termine la semana todo el barrio, toda la escuela y tus propios vecinos sabrán la verdad. ¿Quieres que tu familia pierda todo lo que ha construido con tanto esfuerzo? ¿Quieres que te echen de nuevo como si fueras basura?
No tenía salida. Cada palabra suya era un golpe directo a mi debilidad, a lo que más amaba y quería proteger. Las lágrimas comenzaron a brotar sin que pudiera detenerlas.
—Y hay más —añadió, soltándome la barbilla pero pasando su mano por mi cabello con una ternura que parecía falsa y me daba escalofríos—. Cuando termines con él, vas a decir que ahora estás conmigo. Que somos novios. Que yo soy quien te cuida, quien te quiere de verdad y quien está a tu lado. Así nadie sospechará nada, y tú cumples con lo que te pido sin que levantes sospechas.
—¿Novios? —repetí, sintiendo que me desvanecía—. Brayan, eso es imposible… no puedo fingir algo así con todo el mundo mirando…
—Tendrás que aprender —me interrumpió con frialdad—. O prefieres que todo se vaya al diablo? Tú eliges: tu libertad y tus sentimientos, o el futuro de tu familia. Sabes muy bien cuál es la única opción posible.
Me dejó ahí, solo y temblando, mientras él se alejaba caminando con paso tranquilo, como si hubiera ganado una batalla que yo ni siquiera pude luchar.
El momento más doloroso de todos
A la hora del receso, Esteban vino a buscarme como siempre, con esa sonrisa cálida que me daba fuerzas cada mañana. Cuando lo vi acercarse, sentí que se me partía el corazón en mil pedazos. Tenía que hacer lo que me obligaban, tenía que lastimar a la única persona que me hacía sentir seguro, para proteger a las personas que más quería.
—¿Qué tienes hoy? —me preguntó al llegar, acariciando mi mejilla con dulzura—. Te ves pálido, ¿te sientes mal?
Respiré hondo, aguantando las ganas de llorar, y con una fuerza que no sabía de dónde saqué, di un paso hacia atrás, apartando su mano de un golpe suave pero firme. El cambio fue brusco, y su expresión pasó de preocupación a confusión y luego a dolor.
—No me toques —le dije, intentando que mi voz sonara fría, aunque me temblaba todo el cuerpo—. Ya no quiero que estés cerca de mí.
Esteban se quedó paralizado, como si le hubieran dado un golpe en el pecho.
—¿Qué dices, Fabricio? ¿Es una broma? ¿Paso algo? Habla conmigo, lo solucionamos.
—No hay nada que solucionar —seguí hablando, sintiendo que cada palabra me atravesaba como una daga—. Me di cuenta de que esto no tiene futuro, de que solo trae problemas. Prefiero estar con alguien que me conozca de verdad, que esté a mi lado desde hace tiempo y que no me meta en líos todo el rato.
En ese momento, Brayan apareció detrás de mí, se acercó y rodeó mi cintura con su brazo con una posesión que me hizo sentir sucio y atrapado. Miró a Esteban con una sonrisa triunfante y dijo en voz alta para que todos los que estaban cerca escucharan:
—Ya es tarde, Esteban. Fabricio ya decidió. Ahora está conmigo. Somos novios.
El silencio cayó sobre el patio como una losa pesada. Las miradas de todos se clavaron en nosotros. Esteban me miraba, buscando en mis ojos una señal, una mentira, cualquier cosa que le dijera que no era verdad. Pero yo solo podía mirar al suelo, porque si le miraba a los ojos, me rompería en llanto y lo echaría todo a perder.
—¿Es cierto lo que dices? —preguntó Esteban, y su voz se quebraba de dolor—. ¿Después de todo lo que hablamos, de todo lo que sentimos, lo cambias así de la nada?
—Sí —respondí en un susurro que sonó más fuerte que un grito—. Es cierto. Déjame en paz. No vuelvas a buscarme nunca más.
Esteban se quedó ahí unos segundos más, viendo cómo Brayan me apretaba contra su cuerpo, viendo mis lágrimas que yo intentaba ocultar. Luego, con una expresión de profunda desolación, dio media vuelta y se alejó caminando despacio, como si le costara mantener la postura. Sentí que cada paso que daba era un pedazo de mi alma que se iba con él.
Cuando ya no lo vimos, Brayan me acercó más a él y me susurró al oído con satisfacción:
—Bien hecho. Así me gusta. Ahora nadie duda de nada. Y recuerda: si en algún momento intentas volver con él o contar la verdad, lo que te prometí se cumplirá. Tú me perteneces ahora, Fabricio. En cuerpo, en mente y en vida.
La noche en la oscuridad
Ahora estoy aquí, encerrado en mi cuarto, mirando el techo con los ojos secos de tanto llorar. Siento que me he vendido a mí mismo, que he traicionado al único amor que conocía, y que estoy atrapado en una jaula de mi propia mano. Cada vez que toco el tarro en mi bolsillo, me doy cuenta de que esto recién empieza: las dosis seguirán, las mentiras se multiplicarán, y Brayan no dejará de exigir más y más.
¿Cómo seguir fingiendo que amo a quien me destruye? ¿Cómo mirar a Esteban a los ojos cuando sé que lo estoy lastimando solo para proteger a los míos? ¿Hasta cuándo tendré que seguir esta farsa que me está matando por dentro?
Mi Día termina con un peso que no se puede quitar. Ya no soy libre, ni de mis actos ni de mis sentimientos. Me convertí en una marioneta en sus manos, y lo peor de todo es que yo mismo firmé mi condena.
Y en el fondo, solo me queda esperar que algún día todo esto se rompa… aunque para entonces ya no quede nada de mí.