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Desprecié al ciego que hoy es millonario

Desprecié al ciego que hoy es millonario

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Doctor / Maltrato Emocional / Malentendidos / Reencuentro / Enfermizo / Completas
Popularitas:37k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.

Seis años después, todo se invirtió.

Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.

—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.

Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.

Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.

Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?

Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?

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Capítulo 18

Capítulo 18: Volvamos a estar juntos

—Te vas a poner esto y vas a venir conmigo, y no acepto un no. —Fernanda le aventó un vestido sobre la cama—. Llevas semanas con cara de funeral. Necesitas una noche de antro, música y un trago. Órdenes de tu comadre.

El vestido era ceñido, negro, de los que Renata nunca usaba. Pero algo en ella, esa noche, quiso dejar de ser solo la doctora cansada y la mujer del secreto. Se lo puso. Se soltó el pelo. Y cuando se vio en el espejo, por primera vez en mucho tiempo, se reconoció a sí misma a los diecinueve, antes de que todo se rompiera.

—Ahora sí, comadre. —Fernanda silbó—. Que tiemble la ciudad.

El antro estaba a reventar, luces de colores barriendo la pista, reguetón a todo volumen, gente riéndose como si el mundo no doliera. Consiguieron un privado, pidieron mezcal, y por un rato, entre el ruido y la risa escandalosa de Fernanda, Renata casi olvidó. Casi.

Hasta que un tipo se le plantó enfrente, cerveza en mano, comiéndosela con los ojos.

—Qué desperdicio que una mujer así ande sola. ¿Bailas?

—No, gracias.

—Ándale, no seas…

Un brazo le rodeó la cintura a Renata por detrás, firme, posesivo, y una voz grave habló por encima de su cabeza:

—Está conmigo.

Max. De traje, sin corbata, con los ojos clavados en el tipo hasta que este levantó las manos y se esfumó. Renata se zafó del brazo, el corazón disparado.

—¿Me estás siguiendo?

—Emilio quiso salir. —Señaló con la barbilla hacia la entrada del privado, donde Emilio maniobraba su silla de ruedas—. Yo solo lo traje.

Y entonces pasó algo que ninguno vio venir.

Fernanda, que volvía del baño medio a oscuras y medio entonada, no calculó la silla de ruedas, tropezó y aterrizó de sentón directamente sobre las piernas de Emilio.

—¡Auch! ¡Oiga! —protestó Emilio.

—¡Ay, perdón! —Fernanda se levantó de un brinco, y al voltear se quedó mirando al muchacho guapo y enyesado que tenía enfrente—. ¿Y a ti qué te pasó, galán? ¿Te caíste del cielo?

—Me caí de un árbol —dijo Emilio, rojo hasta las orejas.

—Pues qué torpe. —Fernanda sonrió de lado—. Me caes bien. Te invito un trago por sentarme encima de ti sin permiso.

—No tomo. Estoy con medicamento. —Emilio levantó la barbilla, digno—. Pero puedes invitarme un refresco.

—Un refresco. —Fernanda se rio, encantada—. ¿Cuántos años tienes, criatura?

—Los suficientes. —Se cruzó de brazos—. ¿Y tú? ¿Mil?

—Grosero. —Pero ya se estaba sentando a su lado, robándole una papa del plato—. Me agradas, mocoso. Tienes carácter. La mayoría de los hombres me tienen miedo.

—Yo no te tengo miedo —dijo Emilio, aunque se puso más rojo todavía.

—Eso ya lo veremos.

Renata y Max, por un segundo, intercambiaron una mirada de incredulidad ante el desastre que se gestaba frente a ellos: la comadre indomable de ella y el hermanito respondón de él, coqueteando como si se conocieran de toda la vida. Y por ese segundo, fueron solo dos personas compartiendo un chiste sin palabras, como antes, antes de la lluvia, antes de todo.

La burbuja duró lo que dura un parpadeo. Después Max apartó la mirada, y el muro volvió a su lugar.

El teléfono de Max vibró. Un mensaje de Ortega.

Lo leyó de pie, en la penumbra del antro, y Renata lo vio cambiar: leyó dos veces, despacio, y algo se le encendió y se le rompió a la vez en la cara.

El informe era corto y demoledor. Renata Salas y Rodrigo Bracamonte se habían casado en el extranjero por separación de bienes. Nunca vivieron juntos más de unas semanas. Domicilios separados. Cuentas separadas. Un matrimonio de papel, de negocio, sin una sola noche real. La mujer a la que él había despreciado por "haber sido de otro durante seis años" no había sido de nadie.

Max guardó el teléfono. Cruzó el privado. Y le tomó la mano a Renata.

—Ven. Tenemos que hablar.

La llevó al privado de al lado, vacío, y cerró la puerta. La música quedó del otro lado, amortiguada.

—Sé la verdad —dijo, sin rodeos—. Lo de tu matrimonio. Nunca fue real. Nunca dormiste con él. Te casaste por dinero, por algo, no sé por qué todavía, pero no por amor. —Dio un paso, y la voz se le llenó de algo que ella no le oía desde hacía seis años—. Me pasé todos estos años odiándote por una mentira que yo mismo me conté. Y ya no puedo. Ya no quiero.

—Max…

—Volvamos a estar juntos. —Lo dijo, por fin, sin máscara, sin orgullo, un hombre entero ofreciéndose—. De verdad. A la luz. Tú y yo. Sé que escondes algo, y no me importa. Lo enfrentamos juntos, lo que sea. Solo dime que sí.

—No sabes lo que pides.

—Sé exactamente lo que pido. Te pido a ti. —Le tomó la cara entre las manos—. Llevo seis años durmiendo en una casa vacía, comprando vainilla que odio, guardando un retrato en un cajón como un idiota. Me hice rico, Rena. Construí un imperio. ¿Y sabes para qué? Para que el día que te volviera a ver, no me pudieras decir otra vez que un muerto de hambre no te merecía. Lo hice todo por esto. Por este momento.

Cada palabra era un clavo en el pecho de Renata, porque cada palabra confirmaba lo que ella siempre supo: que él nunca había dejado de amarla, ni un solo día, y que ella estaba a punto de pisotearlo otra vez.

A Renata se le llenaron los ojos. Por un instante el mundo entero se redujo a esa puerta cerrada y a esa boca diciendo lo único que ella había soñado oír durante seis años. La distancia entre los dos era de un paso. Lo dio ella. Se besaron, y este beso no fue rabia ni revancha; fue agua después de un desierto, fue todo lo que ninguno se había permitido, y Renata se aferró a él como si pudiera quedarse ahí para siempre.

Y precisamente porque lo deseaba tanto, se obligó a apartarse.

Porque "a la luz" era imposible. A la luz significaba que un día él sabría lo de su padre, lo de Genaro, el papel de su sangre en esa cama de hospital. A la luz significaba destruirlo. Y ella prefería morir antes que eso.

—No —dijo, y cada letra le costó la vida—. No puedo estar contigo. No así. No a la luz.

—¿Por qué no?

—Porque ya no te quiero. —La mentira más vieja, repetida hasta sangrar—. No de esa forma.

Max retrocedió como si lo hubiera abofeteado. Y Renata, viéndolo romperse, hizo lo único que se le ocurrió para no perderlo del todo, aunque fuera la peor de las soluciones:

—Pero podría… —Tragó saliva—. Podría ser tuya en secreto. Tu amante. Sin nombres, sin promesas, sin que nadie sepa. Lo que pase entre nosotros que no salga de cuatro paredes. Eso sí te lo puedo dar.

El silencio fue terrible.

Max la miró como si no la reconociera. Como si la mujer que acababa de besarlo con el alma le ofreciera ahora las migajas.

—¿Tu amante? —Soltó una risa rota, amarga, que dolía oírla—. Quieres que te esconda. Que seas un secreto. Que use la puerta de atrás contigo. —Negó con la cabeza, los ojos brillándole—. Yo te ofrezco mi nombre, mi vida, todo a la cara del mundo, ¿y tú me ofreces esconderte? ¿En qué cabeza cabe?

—Max, no es lo que…

—Qué iluso fui. —Abrió la puerta del privado, y el ruido del antro entró como una bofetada—. Pensé que detrás de todo esto había una razón que valiera la pena. Y resulta que la razón es que no valgo ni para que me vean contigo a la luz del día.

Salió.

Y Renata se quedó sola en el privado, con el sabor de él todavía en la boca y la certeza de que acababa de cometer un error que no sabía si tendría arreglo. Lo había alejado otra vez. Pero esta vez, en lugar de un muro limpio, había dejado entre los dos una herida abierta con forma de oferta humillante.

Se dejó caer en el sillón del privado y se tapó la cara con las manos. No lloró; ya no le quedaban lágrimas para llorar de día. Solo se quedó ahí, hueca, repasando la escena una y otra vez: la cara de Max al oír la palabra "amante", como si ella le hubiera escupido encima la única cosa pura que le quedaba. Le había ofrecido esconderse a un hombre que se había pasado seis años construyendo un imperio entero para poder, por fin, mostrarla al mundo. No existía insulto más grande. Y ella lo había elegido a propósito, porque un insulto se perdona menos que un secreto, y un Max ofendido se mantendría lejos, a salvo.

Eso se repitió. "A salvo." Era lo único que importaba.

Cuando salió, minutos después, recompuesta, Fernanda la interceptó. Había visto a Max irse hecho una furia, solo, sin Emilio, y conocía esa cara de su comadre demasiado bien.

—¿Qué pasó, Rena? —Le buscó los ojos—. Y no me digas "nada", porque acabo de ver salir a ese hombre como si le hubieran arrancado algo.

—Nada que tenga arreglo, Fer. —Renata le apretó la mano—. Llévame a casa. Por favor.

Fernanda no preguntó más. La conocía. Sabía que detrás de esa calma había un campo de batalla, y que su comadre llevaba años peleando una guerra que no le contaba a nadie.

Del otro lado de la pared, la música seguía sonando, ajena y feliz, mientras dos personas se rompían el corazón en silencio en cuartos contiguos.

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Graciela Mauchiere
la verdad media novela tirada al tacho....ahora de nuevo ja
Zoila
This!!! Tan real
Zoila
Mujer ya, me desesperas 🥹
Zoila
Pinche Gabriel venenoso, Renata no le hagas caso.
Blanca Ordaz
ya trilla en lo mismo y la protagonista no tiene el valor de decirle la verdad se repite lo mismo y el que no puede soltarla
Blanca Ordaz
creo que la escritora secuatrapio toda porque se supone que ya veía. cuando se volvieron a ver no entiendo está trama
Cliente anónimo
Inmadura.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭
Cliente anónimo
No entiendo ! Ya no veía pues ! Cuando la vio con el ex esposo ! Luego en su casa ! Después cuando Pelio con los 7 hombres ! No sé cómo sale ahora que la ve después de 6 años ciego !!
matyy
omggg
Graciela Saiz
pero si el ya veía! no es que estuvo seis años años , si verla , o peleo con siete hombres estando ciego 🤔
Graciela Saiz
Ay no ! que estrés! se les viene el cielo abajo?😭
Graciela Saiz
Ay no autora 🥺los vas a separar 😭
Graciela Saiz
no me digas que está enferma 🥺
Graciela Saiz
interesante 😉
Xochitl Rayas
Excelente
Carmen Malpica
Espectacular
MaReyanaga Maldonado
disculpen como se llamó la primera historia por favor me dicen 05 / 06/26
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