Sinopsis:
A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.
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Capítulo 21: El control de la Rehén
La mañana siguiente sobre la fortaleza de las afueras de Nueva York, trajo un silencio denso. Bianca despertó en la enorme cama, libre de ataduras físicas, pero con la piel todavía encendida por los estragos de la noche anterior. Andrew la había llevado al límite, devorándola con una pasión dominante que la había dejado exhausta. Al mirar a su lado, la cama estaba vacía. Andrew ya estaba abajo, probablemente lidiando con Harrison y los reportes de seguridad de la mafia.
Bianca se sentó en el borde del colchón, estirando sus músculos. Su escudo de chica ruda de Brooklyn se había transformado; ya no estaba en pánico por el encierro, ni furiosa por la alianza de Jonathan. Su mente, fría y calculadora, se había activado.
«¿Quieres jugar a dominador, Andrew? Bien. Pero vas a aprender que la jaula solo se mueve si yo lo decido», pensó con una sonrisa ladina y peligrosa.
Se dio un baño lento y, en lugar de ponerse la ropa sencilla de Brooklyn, caminó hacia el enorme clóset que Andrew había mandado a llenar para ella con ropa de diseñador. Eligió un vestido de seda color esmeralda que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, con una caída fluida que no llevaba ropa interior debajo. Dejó su cabello pelinegro suelto, cayendo en ondas salvajes, y bajó las escaleras con una seguridad que resonaba en cada pisada.
Andrew estaba en el gran estudio de cristal, revisando unos papeles con el ceño fruncido. Al escuchar los pasos, levantó la vista. En el segundo en que sus ojos verdes recorrieron la figura de Bianca con el vestido esmeralda, el simplemente se quedó sin aire. La taza de café se quedó suspendida a mitad de camino y sus pupilas se dilataron por completo. El deseo reprimido de semanas volvió a encenderse en su mirada como pólvora.
Bianca entró al estudio con una lentitud coqueta. No venía gritando, ni reclamando por el secuestro. Caminó directo hacia el escritorio de caoba y se sentó justo en el borde, cruzando sus piernas tonificadas a pocos centímetros de él. El vestido se abrió sutilmente, revelando la piel pálida de sus muslos.
—¿Te gusta lo que mandaste a comprar, primo? —susurró Bianca, inclinándose hacia él. El aroma a llovizna y a seda inundó los sentidos de Andrew.
—Te ves... jodidamente espectacular, bonita —logró decir Andrew, con la voz notablemente más ronca, intentando mantener su postura implacable. Estiró la mano para tocar su pierna, pero Bianca, con un movimiento rápido, le detuvo la muñeca.
—Ah, ah. Quieto, Ballesteros —le advirtió ella con una sonrisa sensual que destilaba puro peligro—. Ayer jugamos bajo tus reglas. Me ataste, me controlaste y jugaste al macho alfa porque tenías miedo de que me mataran afuera. Lo acepto. No voy a intentar escapar de esta fortaleza.
Andrew apretó la mandíbula, sintiendo el latido de su propio corazón acelerarse.
—¿Ah, sí? ¿Y qué propones entonces?
Bianca se inclinó un poco más, hasta que sus labios azules casi rozaron la oreja de Andrew. Su respiración caliente lo hizo estremecerse.
—Propongo que mientras esté encerrada aquí, el juego lo dirijo yo —susurró Bianca, deslizando sus dedos por la corbata de Andrew y tirando de ella con suavidad, obligándolo a levantar la mirada—. Tú crees que me tienes dominada con tus cuerdas de seda, Andrew. Pero la verdad es que tú eres el que está atrapado. Eres adicto a mí, estás enfermo de celos y te mueres si no me tocas. Así que de ahora en adelante, vas a tener el buen sexo que tanto te gusta... pero solo cuando yo te lo permita. Vamos a ver cuánto tiempo aguanta el niño bonito, sin suplicarme que lo deje entrar.
Andrew tragó saliva, sintiendo una mezcla salvaje de sumisión y excitación extrema. Bianca se puso de pie con elegancia, regalándole una última mirada de reojo que lo dejó temblando en la silla, antes de salir del estudio de regreso a la planta alta.
La sorpresa lo había golpeado de frente: la presa no solo había aceptado la jaula, sino que acababa de arrebatarle el látigo al cazador. Bianca D'Amico estaba jugando en las ligas mayores de la seducción mental, y a Andrew la convivencia se le iba a hacer eterna.