Me enamoré de una Youtuber que quiere seguir en el anonimato.
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VOZ
EL SIGUIENTE CAPÍTULO PUEDE SER DETONANTE PARA ALGUNAS PERSONAS. CONTIENE UNA ESCENA QUE PUEDE SER PERTUR
El ambiente era pesado y agobiante.
Estaba de nuevo en aquel gimnasio oscuro.
La luz carmesí teñía todo y las figuras de todo se veían desdibujadas, como un sueño febril.
Sentía el peso de varias manos sujetándola con fuerza de los brazos y las piernas.
Intentaba escapar, pero no podía moverse
Frente a ella estaba Enrique, el chico de la preparatoria, con esa sonrisa burlona. Se veía molesto y furioso.
“Vamos, cerdita… chilla”, le decía mientras le tomaba el mentón con rudeza.
Carolina intentaba forcejear, pero no tenía fuerzas.
El pánico la ahogaba.
Él levantó la mano y le dio un par de cachetadas suaves con el dorso de la mano, no para lastimarla, sino para demostrar que la tenía dominada.
“¡Chilla! ¡Si no quieres que te golpee, chilla!”
Y ella lloraba y gritaba mientras las risas de los demás la rodeaban.
La voz se acercaba más y más, susurrando con odio:
“Nunca te podrás olvidar de mí… siempre voy a estar cerca de ti.”
"Nadie te va a querer más que yo".
De pronto, sintió que alguien la sacudía con suavidad.
—Carolina… Caro... ¡despierta!
Abrió los ojos de golpe, con la respiración entrecortada y el cuerpo temblando.
Estaba todavía en el parque, sentada en la banca. Alejandro la miraba con preocupación, sosteniéndola por los hombros con cuidado.
—Hey, respira profundo —dijo él en voz baja y tranquila—. Estás aquí conmigo. Estás segura.
Carolina tardó unos segundos en procesar dónde estaba. Las lágrimas le corrían por las mejillas sin control. Su cuerpo seguía temblando y sentía el corazón latiéndole en la garganta.
Se apartó de él de forma instintiva, encogiéndose contra el respaldo de la banca.
—No… no me toques —susurró con voz rota y aterrorizada—. Por favor… aléjate.
Alejandro levantó las manos inmediatamente, dándole espacio, aunque se le veía el dolor en los ojos.
—Está bien —dijo con mucha calma—. No te voy a tocar. Respira, Caro. Solo respira. Estoy aquí, pero no te voy a tocar si no quieres.
Ella se abrazó a sí misma, todavía temblando. Las imágenes de la pesadilla seguían demasiado vivas.
La voz cruel de Enrique resonaba en su cabeza.
Se quedó así varios minutos, intentando recuperar el control. Alejandro permaneció sentado a su lado, respetando su espacio, pero sin alejarse del todo.
Cuando Carolina logró calmar un poco su respiración, murmuró con voz quebrada:
—Quiero irme a casa…
Alejandro asintió sin protestar.
—Te acompaño hasta la puerta de tu edificio. No tienes que hablar si no quieres. Solo voy a caminar contigo.
Carolina aceptó en silencio. Se levantaron de la banca y caminaron de regreso. Esta vez no se tomaron de la mano.
Alejandro mantuvo una distancia respetuosa, aunque se notaba preocupado.
La caminata en silencio fue dura para ambos. A un par de cuadras de donde vivía Carolina paró en seco.
—Hasta aquí está bien… puedo seguir sola— dijo bajito, sin mirarlo a los ojos —Gracias… Lo siento.
—No tienes por qué disculparte —respondió él con suavidad—. Descansa, Caro. Si necesitas algo, solo avísame.
Ella asintió y huyó rápidamente.
Una vez dentro de su departamento, cerró la puerta con llave y se dejó caer al suelo, abrazándose las rodillas.
Las lágrimas volvieron con fuerza.
Tomó el teléfono con manos temblorosas y marcó el número de Sofía.
—Sofi… —su voz salió rota—. ¿Puedes venir? Tuve una pesadilla horrible… No quiero estar sola.
Sofía no dudó ni un segundo.
—Voy para allá ahora mismo. Aguanta un poquito, ¿sí?
Carolina se quedó sentada en el piso, esperando a su amiga, mientras la voz del pasado seguía susurrando en su cabeza.