En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
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Tormenta
Ian durmió poco aquella noche.
La idea que había aparecido en su cabeza seguía allí.
Molesta.
Persistente.
Imposible de ignorar.
Esto no es normal.
Había intentado convencerse de que solo estaba siendo precavido. Que proteger a Alex era parte de su responsabilidad. Que preocuparse era lógico después del intento de secuestro.
Pero cuanto más lo pensaba, menos sentido tenía.
Porque no vigilaba a los demás de aquella manera.
No pensaba en los demás constantemente.
No recordaba pequeñas cosas sobre los demás.
Y definitivamente no se quedaba despierto por la noche analizando cada conversación que había tenido con ellos.
Por suerte, aquella mañana tenía problemas más importantes de los que ocuparse.
Una tormenta se acercaba a Valdoria.
Y no una cualquiera.
El cielo estaba cubierto por enormes nubes oscuras que parecían tragarse la luz poco a poco. El viento golpeaba los árboles de los jardines de la mansión y los empleados corrían terminando preparativos antes de que comenzara a llover.
Alex observaba todo desde una ventana.
—Parece el fin del mundo.
—Exagerado.
Alex giró la cabeza.
Ian acababa de entrar.
—Mira ese cielo.
—He visto peores.
—Claro que sí.
—Es verdad.
—Mentiroso.
Ian decidió ignorarlo.
Ya se estaba acostumbrando.
Un trueno resonó a lo lejos.
Alex observó nuevamente el exterior.
—Al menos hoy no tendré que soportar a tus guardias siguiéndome.
—Los guardias seguirán aquí.
—Arruinaste mi felicidad en menos de diez segundos.
—Un nuevo récord.
Alex puso los ojos en blanco.
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La lluvia comenzó poco después del mediodía.
Primero suave.
Después intensa.
Y finalmente brutal.
El agua golpeaba las ventanas con tanta fuerza que parecía querer atravesarlas.
Los truenos resonaban constantemente sobre la ciudad.
Incluso para una mansión tan grande como aquella, la tormenta resultaba impresionante.
Alex había decidido refugiarse en una de las salas menos utilizadas de la casa. Era un lugar tranquilo, con una chimenea antigua y enormes ventanales que daban al bosque.
Llevaba allí más de una hora leyendo cuando un fuerte estruendo sacudió la mansión.
Las luces parpadearon.
Y segundos después se apagaron.
Toda la sala quedó sumida en la oscuridad.
—Perfecto.
La voz detrás de él lo hizo sobresaltarse.
—¡Maldición!
Ian arqueó una ceja.
—Qué bienvenida tan cálida.
—Me asustaste.
—Eso parece.
—Apareces demasiado silenciosamente.
—Tú eres demasiado distraído.
Otro trueno hizo vibrar las ventanas.
Ian observó el exterior.
—Parte del sistema eléctrico cayó.
—¿En toda la mansión?
—Solo en esta ala.
Alex suspiró.
—Genial.
—Podría ser peor.
—No digas eso.
—¿Por qué?
Otro trueno sonó casi inmediatamente.
Alex señaló hacia arriba.
—Por eso.
Ian soltó una pequeña risa.
Una muy pequeña.
Pero Alex la escuchó.
—¿Te acabas de reír?
—No.
—Sí lo hiciste.
—Lo imaginaste.
—Últimamente mientes mucho.
—Y tú hablas demasiado.
—Eso no es una mentira.
Por alguna razón ambos terminaron sonriendo.
La tormenta continuó golpeando la mansión durante horas.
Y sin electricidad ni demasiadas distracciones, terminaron conversando.
Al principio sobre cosas simples.
La ciudad.
La mansión.
Los gustos extraños de Elena.
Después sobre cosas más personales.
Más reales.
Ian descubrió que Alex podía ser sorprendentemente sincero cuando bajaba la guardia.
Y Alex descubrió que Ian era capaz de escuchar sin interrumpir.
Lo cual resultó inesperado.
—¿Cómo era el orfanato? —preguntó Ian después de un rato.
Alex permaneció callado unos segundos.
—No era terrible.
Ian esperó.
—Pero tampoco era fácil.
La lluvia seguía golpeando las ventanas.
—Había buenos cuidadores —continuó Alex—. Algunos realmente se preocupaban por nosotros.
—¿Y los demás?
Alex se encogió de hombros.
—Solo hacían su trabajo.
Ian asintió.
—¿Tenías amigos?
—Algunos.
—¿Sigues hablando con ellos?
La sonrisa de Alex desapareció un poco.
—No.
—¿Por qué?
Alex bajó la mirada.
—Porque la mayoría se fue.
Ian entendió inmediatamente.
Algunos fueron adoptados.
Otros simplemente desaparecieron de su vida con el tiempo.
Y Alex se quedó atrás.
Solo.
—Debe haber sido difícil.
Alex soltó una pequeña risa sin humor.
—Te acostumbras.
Pero ambos sabían que era mentira.
Nadie se acostumbraba realmente a eso.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Un silencio diferente.
Más tranquilo.
Más íntimo.
—A veces tenía miedo de dormir —admitió Alex después de unos minutos.
Ian lo observó.
—¿Por qué?
Alex tardó en responder.
—Porque cuando era niño pensaba que algún día despertaría y todos se habrían ido.
La confesión salió tan naturalmente que pareció sorprender incluso al propio Alex.
—Los cuidadores.
—Mis amigos.
—Las personas que conocía.
Alex jugueteó distraídamente con el colgante bajo la camiseta.
—Siempre sentía que tarde o temprano me quedarían solo otra vez.
Ian no dijo nada.
Porque no sabía qué decir.
Y porque por primera vez estaba viendo algo que Alex rara vez mostraba.
Fragilidad.
No la escondía detrás de sarcasmos.
Ni de bromas.
Ni de discusiones.
Solo estaba allí.
Visible.
Real.
—Lo siento —dijo Ian finalmente.
Alex sonrió débilmente.
—No fue tu culpa.
—Lo sé.
—Entonces no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar intentando arreglar algo que no puedes arreglar.
Ian soltó una pequeña risa.
—No sabía que tenía esa cara.
—La tienes.
—Fantástico.
Alex volvió a sonreír.
Y esta vez la sonrisa parecía más sincera.
La tormenta continuó rugiendo afuera.
Pero dentro de aquella sala el ambiente había cambiado.
Ya no eran dos personas obligadas a convivir.
Ya no eran solo dos personas que discutían constantemente.
Por primera vez estaban comenzando a conocerse de verdad.
Y eso era mucho más peligroso de lo que cualquiera de los dos imaginaba.
Cuando finalmente las luces regresaron horas después, ninguno parecía tener demasiada prisa por abandonar la sala.
La conversación se había vuelto cómoda.
Natural.
Algo raro entre ellos.
Y mientras observaba a Alex levantarse del sofá, Ian comprendió algo.
Durante semanas había intentado entender por qué se preocupaba tanto por él.
Todavía no tenía una respuesta completa.
Pero después de escuchar su historia, después de ver aquella vulnerabilidad que casi nadie conocía, una cosa sí estaba clara.
Ya no veía a Alex como al chico problemático que había aparecido en Distrito Noctis.
Ahora veía a alguien que había pasado años enfrentándose solo al mundo.
Alguien que seguía sonriendo a pesar de todo.
Alguien mucho más fuerte de lo que aparentaba.
Y por primera vez, Ian empezó a verlo de una forma completamente diferente.