Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 7
Sara
El motor de la camioneta de Jhon rugía con fuerza mientras avanzábamos por las calles cubiertas de nieve de Minneapolis.
Eran exactamente las 8:35 de la noche. Jhon había llegado puntual, tal como prometió, pero el silencio dentro del vehículo se sentía denso, casi eléctrico. Yo llevaba un vestido negro de manga larga, sencillo pero ajustado, que usualmente guardaba en el fondo del armario, combinado con unas botas altas para soportar el frío. Cuando subí al coche, él se me había quedado mirando durante cinco segundos enteros, con la boca ligeramente abierta, antes de carraspear y arrancar sin decir una sola palabra.
—Ganaron —dije finalmente, rompiendo el hielo mientras miraba las luces de la ciudad pasar a través de la ventana empañada—. Escuché los gritos desde mi apartamento. La arena casi se cae abajo.
—Cuatro a dos —respondió Jhon. Su voz sonaba ronca, más grave de lo usual, cargada con la adrenalina residual del partido—. Wisconsin se puso difícil en el segundo periodo, pero aplicamos la geometría tridimensional en la defensa.
Te lo dije, Sara. Tu método no falla.
Giré la cabeza para mirarlo y fue entonces cuando lo noté. La luz intermitente de los semáforos iluminó sus manos sobre el volante de cuero. Los nudillos de su mano derecha estaban hinchados, con la piel rota y restos de sangre seca alrededor de las articulaciones.
—Jhon, ¿qué te pasó en la mano? —alcancé su muñeca por instinto, deteniéndome justo antes de tocar la herida—. Eso no es por culpa de un palo de hockey.
Jhon tensó los hombros, manteniendo la vista fija en el camino, pero no apartó la mano.
—Hubo un altercado en la banca durante el tercer periodo, Sara. Nada de qué preocuparse.
—No me mientas. Sé cómo se ve una herida de pelea. Fuiste tú y fue con Carter, ¿verdad?
Jhon soltó un suspiro pesado, deteniendo la camioneta frente a un semáforo en rojo. Se giró hacia mí, y la intensidad de sus ojos grises casi me hace retroceder contra el asiento.
—Carter intentó hacerse el listo en el vestuario antes de salir al hielo —admitió Jhon, con la mandíbula apretada—. Dijo un comentario estúpido sobre lo que iba a hacer en la fiesta en cuanto yo me descuidara. Le advertí que cerrara la boca. No lo hizo. En el tercer periodo, cuando el entrenador no estaba mirando, le dejé claro en la banca que mis advertencias no son un juego. Tuve que usar los puños para que entendiera el mensaje.
Mi corazón dio un vuelco violento contra mis costillas. Se había peleado físicamente con un compañero de equipo, arriesgando su capitanía, solo para asegurarse de que Carter entendiera que yo era intocable. El aire dentro de la camioneta de repente se sintió demasiado caliente. Esas ideas absurdas de que Jhon sentía algo mucho más profundo por mí volvieron a inundar mi mente, pero él simplemente apartó la mirada cuando el semáforo cambió a verde.
—No voy a dejar que nadie te vuelva a asustar, Sara —añadió en un susurro casi inaudible—. Nadie.
Jhon
Estacioné la camioneta frente a la casa de la fraternidad. La música electrónica retumbaba en las ventanas de la enorme mansión de ladrillos y las luces de colores se filtraban por las cortinas. Decenas de estudiantes abarrotaban la entrada, bebiendo de vasos rojos y gritando mi nombre al ver llegar mi vehículo. Apagué el motor y me giré hacia Sara. Se veía hermosa, jodidamente hermosa con ese vestido negro que acentuaba sus curvas y sus gafas de marco negro que la hacían ver tan inteligente y fuera del alcance de cualquiera en este lugar. Noté que sus dedos jugaban con la correa de su bolso, un claro signo de sus nervios.
—¿Lista, genio? —le pregunté, abriendo mi puerta—. Recuerda el plan. Quédate cerca de mí.
—Lista —respondió ella, tragando saliva.
Caminé hacia su lado de la camioneta, le abrí la puerta y le extendí la mano. Sara dudó un segundo, pero luego colocó sus dedos pequeños y suaves sobre mis nudillos lastimados. Una descarga de energía me recorrió la espina dorsal. La ayudé a bajar y, en lugar de soltarla, entrelacé mis dedos con los suyos con firmeza. Ella me miró sorprendida, pero no se soltó.
Caminamos hacia la entrada de la casa de la fraternidad de la mano. En cuanto pusimos un pie en el porche, los murmullos comenzaron a extenderse como la pólvora. Los jugadores del equipo de segundo año se codeaban entre sí, las animadoras nos miraban con los ojos abiertos de par en par y la música pareció pasar a un segundo plano. El capitán de los Gophers, el chico de oro del campus, acababa de llegar a la fiesta de campeonato de la mano de la nerd transferida de Boston.
Cruzamos la puerta principal hacia el salón principal. El lugar estaba repleto, pero la multitud se abría a nuestro paso instintivamente. Busqué con la mirada los rincones oscuros hasta que los encontré. En la esquina del fondo, cerca de la barra, Thomas y Carter estaban de pie, sosteniendo sus vasos. Carter tenía el labio inferior partido y un moretón inflamándose en el pómulo izquierdo, cortesía de mis puños en la banca.
Al vernos entrar juntos, al ver mis dedos entrelazados con los de Sara con un agarre posesivo y protector, el rostro de Carter se transformó en una máscara de pura furia silenciosa. Thomas lo tomó del brazo, susurrándole algo al oído para evitar que cometiera una locura. Los miré fijamente, sosteniéndoles la mirada con frialdad mientras caminaba con Sara hacia la zona VIP de la casa. El mensaje estaba dado de forma matemática y contundente: ella está conmigo, y si intentan algo, los destruyo.
—Todos nos están mirando, Jhon —me susurró Sara al oído, pegando su cuerpo al mío debido al tumulto—. Esto es una locura.
—Que miren lo que quieran, Sara —respondí, rodeando su cintura con mi brazo para mantenerla pegada a mí mientras avanzábamos—. Estás a salvo aquí. Te lo prometo.