Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 9
El pasillo olía a sangre, a pólvora y a muerte. Los cuerpos de los sicarios enemigos yacían esparcidos por el suelo como muñecos rotos. Los hombres de Sloan, los que aún seguían en pie, caminaban entre ellos con el rostro desencajado, vendando sus propias heridas o ayudando a sus compañeros caídos.
Renata no esperó órdenes. No esperó permiso. No esperó nada.
Se arrodilló junto al primer herido que encontró. Un hombre joven, de no más de veinticinco años, con una bala alojada en el hombro. Gritaba. Se retorcía. Ella lo sujetó con firmeza y comenzó a presionar la herida con un trapo que alguien le alcanzó.
—Tranquilo —dijo, y su voz era calma en medio del huracán—. Vas a estar bien. Respira. Respira conmigo.
El hombre obedeció. Poco a poco, sus gritos se convirtieron en gemidos, y sus gemidos en respiración entrecortada.
—Cielo.
La voz de Ciro llegó desde atrás. Ella no se volvió. No podía. Tenía las manos manchadas de sangre y un hombre a medio morir entre sus brazos.
—¿Estás bien? —preguntó Ciro, acercándose a su lado.
Recién entonces ella levantó la vista. Lo miró. Vio algo en sus ojos. Preocupación. Miedo. Por ella.
—Sí —respondió—. Ahora solo importa ayudar a los heridos.
Y volvió a su trabajo.
Ciro se quedó un momento junto a ella, sin saber qué hacer. Luego, sin decir una palabra, comenzó a ayudarle. Le alcanzaba gasas. Le sujetaba a los heridos mientras ella los vendaba. Le abría paso entre los curiosos que se agolpaban para ver el desastre.
Trabajaron juntos durante horas. Sin hablar. Sin mirarse. Solo curando. Solo salvando.
Cuando el último herido fue estabilizado y llevado a una habitación segura, el sol ya se había puesto. La noche entraba por las ventanas rotas como una invitada silenciosa.
Renata se puso de pie. Le dolía la espalda. Le dolían las rodillas. Y la oreja… la oreja le ardía. Alcanzó a tocarse el lóbulo y sus dedos se tiñeron de rojo. La bala de Sloan le había rozado. Solo un rasguño. Nada grave.
Pero sangraba. Y la sangre, pensó, era una confesión silenciosa.
—Cielo.
La voz de Vargas la sobresaltó. El hombre estaba al fondo del pasillo, con el rostro impenetrable.
—El jefe la llama a su oficina —dijo—. Ahora.
Cielo sintió un escalofrío que le recorrió la espalda de arriba abajo.
—Ahora mismo —respondió, y comenzó a caminar.
El ascensor subió lentamente, como si supiera que ella necesitaba tiempo. Como si el edificio mismo quisiera darle un respiro antes de la tormenta.
Renata se miró en el espejo de acero. Su uniforme estaba manchado de sangre. Su cabello, desordenado. Su oreja, aún sangrando. Y sus manos… sus manos temblaban.
Por primera vez en su vida, Renata, la agente entrenada para no sentir miedo, la asesina fría y calculadora, la mujer que había mirado a Sloan a los ojos y le había dicho mátame si quieres, temblaba.
No era miedo a morir. Había aceptado la muerte hace mucho tiempo. Era miedo a que él supiera. Miedo a que la desenmascarara. Miedo a que todo su trabajo, todos sus años de entrenamiento, todos sus sacrificios, se vinieran abajo en una sola conversación.
Respira, se ordenó a sí misma. Respira y mantén la calma.
Las puertas del ascensor se abrieron.
La oficina de Sloan ocupaba todo el último piso. Paredes de vidrio polarizado, muebles de caoba, una alfombra persa que había costado más que el salario de un año de cualquier empleado. Y al fondo, detrás de un escritorio enorme, Sloan.
Estaba de espaldas, mirando por la ventana. El cielo nocturno se reflejaba en el cristal, y con él, la silueta de Renata entrando.
—Cierra la puerta —dijo sin volverse.
Renata obedeció. El clic de la cerradura sonó como un disparo.
—Siéntate.
Ella no se sentó. No podía. Sus piernas no la obedecían.
—Yo puedo explicarlo —dijo, y su voz sonó débil, rota, como nunca antes le había sonado—. Lo que vio en el pasillo… yo…
Sloan se dio vuelta.
Y sonrió.
No era una sonrisa burlona. No era una sonrisa amenazante. Era una sonrisa extraña, casi amable, que no le pedía explicaciones ni exigía respuestas.
—Está bien —dijo.
Renata parpadeó. Una vez. Dos veces. Creía haber oído mal.
—¿Qué? —preguntó, y su voz era un hilo de incredulidad—. ¿No me va a preguntar nada?
Sloan se sentó en el borde de su escritorio. Cruzó los brazos. La miró con una calma que resultaba más aterradora que cualquier furia.
—No —respondió—. Lo único que me interesa es que me eres útil. Has salvado a mis hombres. Has demostrado que vales más que cualquier otro empleado que haya tenido. Así que a partir de hoy, serás mi asistente personal.
Renata abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—¿Asistente personal?
—Y sicaria personal —añadió Sloan, como si fuera lo más natural del mundo.
El mundo se detuvo. Cielo sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Qué? No, yo no… —balbuceó, buscando las palabras—. Yo solo soy una enfermera. Una secretaria. Yo no soy…
—Ya no —la interrumpió Sloan, y su voz perdió toda amabilidad—. Y no me hagas enojar.
El silencio se instaló entre ellos. Cielo sintió el peso de la amenaza, invisible pero tangible, como una soga al cuello.
—Puedes irte —dijo Sloan, volviéndose hacia la ventana—. Mañana empiezas conmigo. A las ocho. No llegues tarde.
Renata dio un paso atrás. Luego otro. Luego otro. No quería dar la espalda. No quería dejar de mirarlo. Pero sabía que no le quedaba otra opción.
Llegó a la puerta. Puso la mano en el picaporte.
Y entonces escuchó el silbido.
Fue un sonido breve, cortante, el mismo que hace el aire cuando algo corta el viento. Cielo no pensó. No calculó. No dudó. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Se dio vuelta. Extendió la mano. Y atrapó la bola de cristal que Sloan le había lanzado.
La sostuvo en el aire, suspendida entre sus dedos, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ella.
El silencio fue absoluto.
Sloan no se movió. No parpadeó. Solo la miró. Y sonrió.
Aquella sonrisa lo decía todo. Ya lo sé. Ya lo sabía desde el principio. Y ahora tú sabes que yo lo sé.
Renata sostuvo su mirada un segundo eterno. Luego, sin una palabra, caminó hacia el mueble auxiliar y dejó la bola de cristal sobre su superficie. El objeto rodó un poco antes de quedar en reposo, como si él mismo estuviera temblando.
Salió de la oficina sin mirar atrás. Cerró la puerta con suavidad. Caminó hacia el ascensor con paso firme.
Pero apenas las puertas se cerraron, apoyó la frente contra el espejo de acero y cerró los ojos.
—Estoy atrapada —susurró para sí misma—. Completamente atrapada.
Arriba, en su oficina, Sloan seguía mirando la puerta por donde ella había salido. La sonrisa aún flotaba en sus labios.
—Cielo —murmuró, probando el nombre como quien prueba un veneno—. O como te llames.
Y se sirvió un whisky, con la certeza de que el juego, recién ahora, se estaba poniendo interesante.