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Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:677
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.

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Capítulo 17

El eco de la bofetada y el estruendo de la pasión violenta aún vibraban en el aire del estudio, pero un silencio nuevo, más denso y pesado, se había instalado entre ellos. El sudor se enfriaba sobre sus cuerpos mientras la luz de las velas moría, dejando que las sombras de la noche reclamaran los rincones de la estancia. Helios se encontraba sentado al borde de la gran mesa de roble, con la túnica desordenada y la respiración recuperando su ritmo pausado. Mirea, envuelta en una sábana de lino que había arrastrado desde el diván cercano, lo observaba desde la penumbra con ojos que brillaban como los de un felino acechando en la maleza.

Ya no había furia, solo una cruda claridad.

—Has dicho que irás a verla —rompió Mirea el silencio, su voz era un hilo de seda, pero cortante como una navaja—. Irás a los aposentos de Selene Serath, donde el aire huele a sal y a viejas traiciones.

Helios se frotó la sien. El peso de la corona que aún no poseía se sentía como una jaula de hierro sobre sus hombros.

—Necesito su flota, Mirea. Si el Tribunal de la Fe me declara anatema mañana, los barcos de los Serath serán los únicos que puedan mantener abierta la garganta de Solis. Si no como príncipe, entraré en el palacio como un conquistador sobre un mar de cadáveres. Pero entraré.

Mirea se acercó lentamente, el roce del lino contra el suelo era el único sonido. Se detuvo frente a él, obligándolo a levantar la vista.

—Ella no quiere un pacto de estado, Helios. Ella quiere recuperar el orgullo que le arrebataste cuando te exiliaron. Quiere que le pidas perdón de rodillas mientras firmas la entrega de tu soberanía. Y tú, en tu desesperación por justicia, estás a punto de darle la pluma.

—No me conoces tan poco —respondió Helios, agarrándola por la cintura y atrayéndola hacia el espacio entre sus piernas. La sábana de Mirea se abrió ligeramente, revelando la piel marcada por el encuentro anterior—. No aceptaré nada que me convierta en un siervo. He pasado diez años en las sombras para ser el dueño de mi destino.

Mirea acarició la cicatriz que cruzaba la mejilla de Helios, bajando por su cuello hasta el pecho, donde el calor de su magia solar latía con una intensidad sorda.

—Entonces hagamos un trato nosotros —susurró ella, sus dedos deteniéndose sobre el corazón del príncipe—. Un contrato que no esté escrito en pergamino, sino en algo que ninguno de los dos pueda romper sin destruirse.

Helios arqueó una ceja, intrigado por el cambio de tono en la mujer que manejaba los hilos de la ciudad.

—¿Qué tipo de contrato, mi Dama del Huso?

—Tú me necesitas, Helios. No solo por mis espías o mi información. Me necesitas porque soy la única que te mira y no ve a un salvador o a un monstruo, sino al hombre que sangra. Prométeme que, pase lo que pase con Selene, pase lo que pase cuando las llamas devoren el palacio, yo seré tu sombra oficial. No una cortesana, no una aliada secreta. La mano que sostenga la tuya cuando el sol sea demasiado brillante para los demás.

Helios la miró profundamente. Sabía que Mirea buscaba seguridad, poder, pero también detectó una vulnerabilidad que ella rara vez permitía que aflorara. Ella estaba apostando todo a una sola carta: él.

—Si yo soy el Sol, tú serás el eclipse que lo hace soportable —declaró Helios con solemnidad—. Pero una promesa así requiere un sello, Mirea. Uno que las sombras no puedan borrar.

Él se puso de pie, su presencia llenando la habitación. La tomó en brazos y la llevó hacia el lecho de madera tallada, el lugar donde las estrategias políticas se desvanecían para dar paso a la verdad de la carne. Al dejarla sobre los cojines, Helios no se abalanzó sobre ella con la urgencia de antes. Esta vez, cada movimiento fue deliberado, cargado de una promesa silenciosa.

Se despojó de lo que quedaba de su ropa, dejando que la luz de la luna que se filtraba por el ventanal delineara su cuerpo endurecido por la guerra y el exilio. Mirea lo esperaba con los brazos abiertos, la sábana olvidada a los pies de la cama.

Helios comenzó a besarla, pero no era el beso de un amante común. Sus labios recorrieron su frente, sus párpados, la punta de su nariz, antes de descender a su cuello. Con cada roce, una pequeña chispa de su magia solar parecía transferirse a ella, un calor reconfortante que hacía que Mirea gimiera no de dolor, sino de una plenitud desconocida.

—Esta noche —susurró él contra su piel—, no hay reyes ni espías. Solo llamas y promesas.

Sus manos, grandes y callosas, recorrieron las curvas de Mirea con una adoración casi religiosa. La elevó, haciendo que ella se sentara sobre él, permitiendo que sus cuerpos se fundieran en un abrazo total. Mirea rodeó el cuello de Helios con sus brazos, hundiendo los dedos en su cabello oscuro, mientras él buscaba el camino hacia su centro.

Cuando finalmente se unieron, no hubo la violencia del estudio. Fue una entrada lenta, profunda, un reconocimiento de dos almas que se sabían condenadas pero que elegían arder juntas. Mirea echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, mientras Helios marcaba el ritmo con una precisión implacable. El calor en la habitación aumentó; la magia de Helios, alimentada por su emoción, hacía que el aire vibrara y que pequeñas brasas invisibles parecieran danzar sobre sus sábanas.

—Helios... —jadeó ella, su nombre saliendo como una oración—. No me dejes... no me dejes en la oscuridad cuando alcances la cima.

—Nunca —prometió él, su voz ronca por el esfuerzo y el deseo—. Eres mi ancla en este mar de traiciones.

El placer fue creciendo como una marea imparable. Helios la sujetaba con fuerza, sus músculos tensos como cuerdas de arco, mientras Mirea se movía con una gracia desesperada, buscando fundirse con el fuego que él emanaba. Cada estocada era un pacto firmado, cada gemido una cláusula aceptada. En el clímax, la luz solar de Helios pareció estallar brevemente en la penumbra de la habitación, iluminando sus rostros entrelazados antes de que ambos cayeran, agotados, en un mar de sábanas revueltas.

Se quedaron abrazados durante mucho tiempo, escuchando el latido de sus corazones armonizándose. El sudor los unía físicamente, pero el contrato emocional era lo que realmente pesaba ahora.

—Mañana —dijo Mirea, su voz recuperando un poco de su habitual frialdad, aunque seguía apoyada en el pecho de Helios—, el mundo volverá a intentar separarnos. Valerius enviará a sus asesinos, Selene usará su belleza y su flota, y los nobles te pedirán que elijas entre tu honor y tu trono.

Helios le acarició el cabello, mirando hacia el techo donde las sombras volvían a danzar.

—Que lo intenten. Mañana firmaré los Contratos de Plomo con los gobernadores de las provincias del sur. Si Selene cree que es la única que puede asfixiar la capital, se equivoca. Pero para eso, debo salir de aquí antes del amanecer.

—Irás a verla —afirmó Mirea, esta vez sin el tono de reproche, sino como quien acepta un mal necesario.

—Iré —confirmó él—. Pero iré con el sello de esta noche bajo mi piel. Ella verá a un príncipe negociando, pero tú sabrás que mi lealtad ya ha sido comprada.

Mirea sonrió en la oscuridad, una sonrisa triste pero satisfecha. Sabía que la guerra que se avecinaba no solo se libraría con espadas y magia, sino con la voluntad de hierro de aquellos que se atrevían a amar en tiempos de traición.

Helios se levantó cuando el primer atisbo de gris comenzó a manchar el horizonte. Se vistió con parsimonia, recuperando su armadura emocional pieza por pieza. Antes de salir, se acercó a la cama y besó la frente de Mirea, que fingía dormir pero cuyo pulso acelerado la delataba.

—Prepárate, Mirea —susurró—. El sol está a punto de salir, y cuando lo haga, el plomo se convertirá en sangre.

Salió de la habitación con el corazón endurecido y la mente clara. La noche de pasión no lo había debilitado; al contrario, le había dado una razón para sobrevivir a las intrigas de Selene Serath. Tenía un contrato que cumplir, una venganza que ejecutar y una sombra que proteger.

El camino hacia la Cámara de los Serath estaba despejado, pero Helios sabía que cada paso lo alejaba de la paz y lo acercaba más al fuego eterno del poder. La alianza con Mirea era su ancla, pero el mar al que estaba a punto de lanzarse era profundo, oscuro y lleno de monstruos con rostros de antiguos amantes.

1
Mariela Serrano
Estoy algo perdida, Acaso Selene no estaba casada con Varron, o esto pasó antes de eso?
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