Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Equipo reunido
La lluvia seguía golpeando los ventanales cuando llegué a la central. Berlín despertaba bajo un cielo gris y denso, el tipo de mañana que parecía hecha para poner a prueba la paciencia de cualquiera. El aire olía a café y metal húmedo, y las botas mojadas resonaban sobre el piso pulido del edificio de mando.
El reloj marcaba las 07:35. A esa hora ya había revisado tres reportes, firmado dos autorizaciones y leído la mitad del informe que nos llegó desde inteligencia externa. Había mucho que ajustar antes de la salida. Demasiado, teniendo en cuenta que en menos de setenta y dos horas estaríamos al otro lado del mundo, y que esta sería la primera operación de Natalie Cardona después de cuatro años de inactividad.
Encendí el proyector de la sala de mando y revisé los planos digitales que habían enviado desde la sede principal de ARMA. En la pantalla se desplegó un mapa topográfico: al norte de Irak, cerca de la frontera con Siria. Una zona desértica, terreno irregular, rutas de extracción mínimas y alto nivel de hostilidad. Perfecto.
Toqué el comunicador del escritorio.
—Capitán James, convoque al equipo completo en la sala táctica uno. Diez minutos.
—Sí, señor.
Suspiré. Me ajusté la chaqueta táctica negra, dejé el café a medio terminar y caminé hacia la sala. Las luces blancas zumbaban sobre mi cabeza mientras cruzaba los pasillos. Afuera, la lluvia seguía cayendo como si el cielo se negase a limpiar sus propios pecados.
Cuando llegué, el grupo ya estaba casi completo.
James estaba recostado contra la mesa, riendo con Emma por algo que ella había dicho; Marcos revisaba su tablet, concentrado, y Tamy, como siempre, jugaba con el mechón rubio de su cabello, fingiendo atención. Y luego estaba ella.
Natalie.
De pie, los brazos cruzados, el rostro sereno, el cabello recogido en una trenza apretada.
Al verla ahí, con el uniforme gris y negro de ARMA otra vez, sentí esa mezcla insoportable entre orgullo y rabia.
Parecía no haber pasado un solo día desde la última misión juntos.
—Bien —dije al entrar, y el grupo se puso en posición—. Tenemos nueva orden del alto mando.
Toqué la pantalla y el mapa volvió a proyectarse. Un punto rojo parpadeó sobre la zona marcada como Al-Qaim.
—Hace tres semanas, un convoy de transporte fue interceptado en esta zona. Entre el armamento perdido había componentes de misiles guiados y tres contenedores de munición experimental. La prioridad es recuperar el material antes de que llegue al mercado negro.
James silbó bajo. —¿Munición experimental? No es poca cosa.
—Exactamente —respondí, girándome hacia él—. El armamento fue parte de un programa conjunto de desarrollo. Si llega a manos equivocadas, el daño diplomático sería irreparable.
—¿Tenemos coordenadas precisas del escondite? —preguntó Emma, abriendo su portátil.
—Aún no. —Proyecté una imagen satelital—. Pero inteligencia rastreó un movimiento irregular de carga hacia un antiguo complejo de minas, controlado ahora por un grupo paramilitar local. Los llamaremos Al-Furat.
Natalie habló por primera vez, su tono firme y analítico:
—¿Cuál es el nivel de amenaza estimado?
—Medio a alto. —La miré un segundo más de lo necesario—. No subestimes a esta gente. Tienen recursos, contactos y cero escrúpulos.
—No suelo hacerlo, coronel.
Tamy soltó una risa breve y falsa. —Eso espero, porque no quiero que una "estrella retirada" me complique el trabajo.
James le lanzó una mirada de advertencia, pero Natalie ni siquiera se inmutó.
—Tranquila, teniente —replicó con calma—. Te prometo mantenerme lejos de tu camino, siempre que tú mantengas la boca cerrada cuando no estás aportando nada útil.
Tamy palideció un poco, y yo tuve que contener una sonrisa.
Esa era la Cardona que recordaba.
Marcos intervino para suavizar la tensión:
—¿Qué hay del equipo logístico, coronel?
—Ya están preparando el transporte aéreo. Salimos mañana a las 06:00. Llegaremos a la base aliada de Al-Tal, y desde allí iniciaremos desplazamiento terrestre al perímetro sur.
—¿Apoyo aéreo? —preguntó James.
—Solo reconocimiento. Nada de ataques. El alto mando quiere que esto sea discreto.
Emma frunció el ceño. —¿Discreto? ¿En medio de una frontera vigilada por cinco mil hombres armados?
—Lo sé. Pero son órdenes. —Cerré la carpeta de informes—. Nuestra prioridad es entrar, recuperar el armamento y salir sin dejar rastro.
Natalie tomó asiento, inclinándose hacia adelante.
—¿Y si el material ya fue vendido?
—Entonces cambia el objetivo: seguimiento y neutralización. —Caminé hacia el mapa—. El rastreador de uno de los contenedores aún emite señal, aunque débil.
—¿Quién liderará la recuperación en tierra? —preguntó James, aunque ya sabía la respuesta.
—La capitana Cardona —dije, mirando directo a Natalie.
Hubo un breve silencio. Ella sostuvo mi mirada sin titubear.
—Entendido, coronel —respondió, firme, sin mostrar sorpresa.
—Emma estará a cargo del rastreo satelital, Marcos en comunicaciones y logística, James en cobertura táctica. Tamy, contigo coordinaré seguridad perimetral y control de extracción.
Tamy asintió, algo rígida.
Natalie revisó los datos en su tablet.
—¿Hora estimada de recuperación?
—Entre 21:00 y 23:00, si no hay contratiempos.
—Siempre hay contratiempos —murmuró ella, sin levantar la vista.
—Por eso te quiero al frente —dije en voz baja, sin intención de que sonara tan personal.
Pero lo fue.
La tensión se sintió de inmediato.
James carraspeó. —Bueno... parece que tendremos un viaje interesante.
—Eso espero —respondí—. Porque esta vez no hay margen de error. No pienso firmar otro informe que lleve el nombre de ninguno de ustedes en la lista de bajas.
Nadie habló. Solo se escuchaba el repiqueteo de la lluvia contra el techo metálico.
—Prepárense —finalicé—. Mañana, 05:00 en el hangar. Equipamiento completo. Y Cardona...
Ella levantó la mirada.
—Sí, coronel.
—Quiero tu evaluación final antes de las 22:00. Personalmente. En mi oficina.
—Entendido.
Asintió una sola vez, recogió sus documentos y salió con paso firme, dejando tras de sí el eco de su autoridad silenciosa.
Me quedé observando la puerta cerrarse.
Todos comenzaron a moverse, preparando los equipos, conversando en voz baja.
Pero yo seguía ahí, con la mirada fija en el reflejo del mapa sobre el cristal.