Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 17: La caricia que lo cambió todo
No fue la llamada.
No fue la sonrisa del hombre en la calle. No fue el libro sin título ni la mano ensangrentada en el picaporte.
Fue mucho antes.
Fue una caricia. Una caricia que Daniel le hizo un día, en la biblioteca, sin mala intención. O eso creía ella entonces.
—Tienes una mota en el pelo —le dijo él, alargando la mano.
Lucía se quedó quieta. Era un gesto casi paternal. Daniel llevaba años viéndola crecer, años guardándole su rincón, años sonriéndole desde el mostrador. No había razón para sentir miedo.
Pero lo sintió.
Cuando sus dedos rozaron su cabello, cuando apartaron aquella mota invisible que quizá nunca existió, Lucía sintió un escalofrío que le recorrió la espalda de arriba abajo. No era frío. Era otra cosa. Era un aviso. Una alarma que su cuerpo activó antes de que su mente pudiera procesarlo.
Y entonces, la comezón.
La cicatriz.
Esa maldita cicatriz en el muslo izquierdo, cerca de la cadera, empezó a picar como si un enjambre de hormigas le caminara por dentro. Un picor intenso, salvaje, que la obligó a cruzar las piernas y a apretar los muslos con fuerza para no llevarse la mano allí delante de él.
—¿Te pasa algo? —preguntó Daniel, retirando la mano.
Lucía negó con la cabeza. Sonrió. Su sonrisa amable, la que todos conocían, la que ocultaba todo.
—Nada —mintió—. Gracias.
Daniel asintió y volvió al mostrador. Ella se quedó allí, con las manos sudorosas y la cicatriz ardiendo, sin entender qué había pasado. Solo un hombre mayor retirando una mota de su pelo. Nada más.
Pero su cuerpo no lo vivió así.
Su cuerpo había recordado algo que su mente había enterrado.
Aquella noche, en su apartamento, Lucía se bajó los pantalones del pijama y se miró la cicatriz en el espejo del baño. Estaba más roja de lo normal. Más inflamada. Como si hubiera despertado después de años de letargo.
—¿Por qué me pica cuando él me toca? —se preguntó en voz alta.
El espejo no respondió. Pero ella supo, en lo más profundo de su instinto, que no era casualidad.
A la semana siguiente, volvió a la biblioteca. Necesitaba comprobarlo. Necesitaba saber si había sido su imaginación.
Daniel la recibió con su sonrisa de siempre. Le guardó el rincón. Le dejó un libro nuevo sobre la mesa.
—Este te va a gustar —dijo—. Habla de memorias reprimidas. Creo que te interesa.
Lucía lo miró. Quiso preguntarle por qué sabía que le interesaban esos temas. Quiso preguntarle cómo sabía tanto de ella sin que ella le hubiera contado nada. Pero no lo hizo.
—Gracias, Daniel —dijo, y se sentó.
Él se quedó un momento detrás de ella, mirando cómo abría el libro. Y entonces, otra vez, la mano.
Esta vez fue en el hombro. Una palmada leve. Un gesto de ánimo.
—Eres una buena chica, Lucía —dijo—. Me recuerdas a alguien que conocí hace muchos años.
La cicatriz estalló.
El picor fue tan intenso que Lucía casi grita. Se levantó de la silla de golpe, con los ojos llenos de lágrimas involuntarias.
—Me tengo que ir —dijo, y salió de la biblioteca casi corriendo.
Daniel se quedó allí, con la mano aún en el aire, sin entender.
Pero ella, al cruzar la puerta, supo algo que no había querido aceptar hasta entonces.
Daniel no era solo un bibliotecario amable.
Daniel era parte de algo. Algo que su cuerpo recordaba. Algo que tenía que ver con el sótano, con el hombre del cigarro, con la cicatriz que nunca dejaba de picar del todo.
Y lo peor: quizá él también lo sabía.
Ahora, mucho después, con Daniel herido en la trastienda y su propia pregunta —"¿y mi papá dónde está?"— resonando en el aire, Lucía entendió por fin aquella comezón.
No era una advertencia.
Era un recuerdo.
Daniel ya había estado allí. No en el sótano, no aquella noche. Pero en los días anteriores. En los preparativos. En el silencio cómplice.
Daniel había sabido siempre lo que le iban a hacer.
Y no hizo nada para evitarlo.
La cicatriz le picó de nuevo, esta vez con una furia que le nubló la vista.
Y Lucía, por primera vez en catorce años, no sintió miedo.
Sintió asco.
Asco de Daniel. Asco del hombre del sótano. Asco de todos los que miraron hacia otro lado.
Pero sobre todo, asco de ella misma por haber tardado tanto en preguntar.
Y mi papá, ¿dónde está?
La pregunta seguía ahí. Ardiente. Como la cicatriz. Como la verdad que se negaba a seguir dormida.