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La Falsa Prometida Del Heredero

La Falsa Prometida Del Heredero

Status: En proceso
Genre:Secretos de la alta sociedad / Escuela / Romance
Popularitas:556
Nilai: 5
nombre de autor: Tao P

Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.

Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.

Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.

Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.

NovelToon tiene autorización de Tao P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19 — No es protección si no me preguntas

Renata también entendió quién había enviado al hombre del traje.

Su sonrisa cambió de forma.

—Parece que tienes escolta.

Pilar miró al hombre con incomodidad.

Marian sintió una rabia fría subirle por el cuello.

—Parece que sí —dijo.

Renata se apartó al fin.

—Nos vemos, Marian.

La forma en que pronunció su nombre prometía que eso no terminaba ahí.

Marian no contestó.

Caminó por el pasillo sin mirar al hombre del traje. Él comenzó a seguirla a una distancia prudente.

La rabia le hizo caminar más rápido.

Él mantuvo el paso.

Marian giró de golpe.

—¿Quién es usted?

El hombre se detuvo.

—Santiago Ibarra, señorita Soler.

—No me diga señorita Soler.

—Como prefiera.

—Prefiero que me diga por qué me está siguiendo.

—El señor Valcárcel solicitó acompañamiento discreto durante su horario académico.

Marian soltó una risa seca.

—Discreto.

Santiago no reaccionó.

—Sí.

—Está parado detrás de mí como si fuera a detener un atentado en medio del pasillo de literatura.

—Mi trabajo es prevenir, no reaccionar tarde.

La frase no era grosera. Tampoco servil.

Eso la irritó un poco menos y un poco más al mismo tiempo.

—Dígale al señor Valcárcel que no necesito niñera.

—Puede decírselo usted misma. Me indicó que la acompañara al salón privado del ala norte durante su descanso.

Marian apretó los dientes.

—Claro que lo indicó.

Santiago guardó silencio.

Ella miró alrededor. Varios estudiantes ya observaban. Algunos fingían no hacerlo. Otros ni siquiera se molestaban en disimular. Si discutía más, el espectáculo crecería.

—No voy al ala norte —dijo.

—Entonces la acompañaré a donde vaya.

—¿Y si voy al baño?

Santiago sostuvo la expresión con una calma profesional.

—Esperaré fuera.

Marian cerró los ojos un instante.

Iba a matar a Demian.

No literalmente.

Probablemente.

Caminó hacia el ala norte porque, si no enfrentaba a Demian en ese momento, terminaría gritando en medio del campus. Santiago la siguió a distancia exacta.

El salón privado del ala norte era pequeño comparado con la biblioteca Valcárcel, pero igual de elegante: mesa de madera, sillones grises, ventanal hacia un jardín lateral y una cafetera que seguramente costaba más que la cocina de su casa.

Demian estaba dentro, revisando algo en una tableta.

No levantó la vista de inmediato.

—Llegaste antes de lo previsto.

Marian cerró la puerta detrás de ella.

—Retira a tu guardia.

Demian dejó la tableta sobre la mesa.

—No.

La respuesta fue tan rápida que Marian sintió ganas de lanzarle la mochila.

—Ni siquiera vas a fingir que lo consideras.

—No.

—Firmamos un contrato.

—Lo recuerdo.

—Entonces recuerda la parte donde no puedes controlar mis horarios, mis amistades ni mi vida académica.

—No estoy controlando tus horarios. Estoy asignando seguridad.

—Sin avisarme.

—Te lo iba a decir.

—Después de que un hombre desconocido me siguiera por medio campus.

Demian la miró con calma.

—Santiago no es desconocido para mí.

—Pero sí para mí. Y casualmente soy yo la seguida.

Hubo un silencio.

No largo.

Pero sí suficiente para que él entendiera el punto.

—Debí informarte antes —dijo.

Marian se quedó quieta.

No esperaba eso.

No una disculpa completa, pero sí una admisión.

Demian continuó:

—Aun así, Santiago se queda.

La rabia regresó.

—No.

—Sí.

—No soy una princesa encerrada en una torre.

—No. Eres una becada convertida en prometida falsa del heredero Valcárcel veinticuatro horas después de humillar públicamente a Isabell Santoro. La diferencia es que la torre sería más fácil de proteger.

Marian dio un paso hacia él.

—No la humillé. Tú hiciste el anuncio.

—Tú le respondiste.

—¿Querías que bajara la cabeza?

—No.

La respuesta salió seca.

Demian se levantó.

—Quería saber si podías sostener el golpe. Lo sostuviste. Ahora van a golpear más fuerte.

Marian apretó las manos.

—Ya empezaron.

La mirada de Demian cambió.

—¿Qué hicieron?

—Nada que necesite tu ejército privado.

—Marian.

—Una nota en mi escritorio. Comentarios. Renata y Pilar intentando educarme sobre mi lugar. Lo normal en este mundo elegante y podrido.

Demian rodeó la mesa.

—¿Qué decía la nota?

—No importa.

—Sí importa.

—Decía que las becas no incluyen prometidos. ¿Contento?

La mandíbula de Demian se tensó apenas.

Marian lo vio.

Y sintió una satisfacción incómoda.

Porque Demian enojado no era ruidoso. Era más quieto. Más peligroso.

—¿Quién la dejó?

—Si lo supiera, igual no te lo diría para que fueras a destruirlo.

—No necesito destruir a nadie por una nota.

—Qué moderado.

—Pero sí necesito saber quién cree que puede empezar por ahí.

Marian negó con la cabeza.

—No vas a convertir cada insulto en una operación.

—¿Prefieres esperar a que dejen de ser insultos?

—Prefiero decidir qué batallas pelear.

—No siempre vas a ver venir las que importan.

—¿Y tú sí?

—Más que tú.

La frase cayó mal.

Marian sintió que se cerraba por dentro.

—Ahí está.

—¿Qué?

—Eso. Esa forma tuya de proteger como si todos los demás fuéramos idiotas.

Demian no apartó la mirada.

—No creo que seas idiota.

—Pero crees que no sé cuidarme.

—Creo que no conoces el tipo de daño que este lugar puede hacer cuando alguien como Isabell decide sonreír mientras lo ordena.

Marian sintió un pinchazo de miedo.

Lo ocultó con rabia.

—No la uses para justificar que me pongas correa.

—Santiago no es una correa.

—Se siente como una.

—Pues acostúmbrate.

Marian soltó una risa incrédula.

—No me hables así.

Demian se quedó en silencio.

Ella avanzó otro paso.

—Acepté fingir ser tu prometida. No acepté dejar de caminar sola por un pasillo. No acepté que cada persona que me mire mal termine reportada a ti. No acepté convertirme en una extensión de tu control.

Los ojos de Demian se oscurecieron.

—Y yo no acepté dejarte expuesta para proteger tu orgullo.

—Mi orgullo no es el problema.

—Sí lo es cuando te impide ver el riesgo.

—Mi orgullo es lo que me queda cuando todos ustedes creen que pueden decidir por mí.

La frase quedó entre los dos.

Demian no respondió enseguida.

A través del ventanal, el jardín lateral seguía perfecto. Afuera, el mundo de Aureum parecía limpio, ordenado, caro. Dentro del salón, Marian sentía que el aire se estaba volviendo demasiado estrecho.

—Dices que quieres protegerme —continuó ella—, pero ni siquiera me preguntas cómo. Solo apareces, pagas, ordenas, asignas gente y luego esperas que yo entienda que es por mi bien.

Demian sostuvo su mirada.

—No espero que lo entiendas.

—Peor. Esperas que obedezca.

—Espero que sobrevivas.

La respuesta la desarmó durante un segundo.

Demian se acercó.

Ella se tensó, y él se detuvo. La pausa fue mínima, pero Marian la notó. Recordó la cláusula. Él también.

—Ahora todos van a querer romperte para llegar a mí —dijo, más bajo—. Mi padre, si decide que eres una molestia. Isabell, porque ocupaste un lugar que consideraba suyo. Los estudiantes, porque necesitan creer que si te destruyen, el orden de Aureum vuelve a tener sentido.

Marian sintió un frío lento en la espalda.

Demian no sonaba dramático.

Sonaba preciso.

—Y tú —dijo ella—, ¿qué vas a querer?

Él la miró.

Por un segundo, la pregunta pareció tocar una zona que Demian no había calculado.

Luego su expresión volvió a cerrarse.

—Que no cometas errores por creer que resistir sola te hace más libre.

Marian tragó saliva.

—No necesito que me salves de todo.

—No puedo salvarte de todo.

La sinceridad seca volvió a doler.

—Entonces empieza por no asfixiarme.

Demian guardó silencio.

Luego tomó la tableta, escribió algo y la dejó otra vez sobre la mesa.

—Santiago se queda en el campus, pero no caminará detrás de ti. Vigilará perímetros. Solo intervendrá si hay contacto físico, bloqueo de salida o amenaza directa.

Marian lo miró con cautela.

—¿Y mis clases?

—Sin presencia visible.

—¿Y mis descansos?

—A distancia.

—¿Y si quiero ir a la biblioteca sola?

—Irás sola. Él estará en el edificio, no en tu mesa.

Marian respiró un poco mejor.

—Y me avisas antes de cambiar cualquier cosa.

—Sí.

—Por escrito.

Demian la miró con algo parecido a irritación.

—Por escrito.

—Bien.

El silencio siguiente fue distinto.

No cómodo.

Nunca cómodo.

Pero menos cerrado.

Marian recogió la mochila que había dejado en un sillón.

—Renata y Pilar —dijo Demian.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

—Las chicas de Isabell. Así se llaman.

—Ya lo sé. Se presentaron antes de intentar morder.

—Renata Larios y Pilar Montenegro. Renata es la más peligrosa de las dos. Pilar repite, Renata decide cuándo.

Marian lo observó.

—¿Debo preocuparme?

—Debes no subestimarlas.

—¿Y tú no vas a hacer nada?

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque si reacciono al primer roce, Isabell sabrá exactamente dónde tocar.

Marian sintió que algo en la respuesta le interesaba a pesar de sí misma.

—Entonces sí puedes esperar.

—Cuando conviene.

—Qué virtud tan selectiva.

Demian no respondió.

Marian abrió la puerta.

Santiago estaba al otro lado del pasillo, a varios metros. No intentó acercarse.

Ella miró a Demian por encima del hombro.

—No vuelvas a decidir por mí y llamarlo protección.

—No vuelvas a ocultarme ataques y llamarlo independencia.

Marian apretó los labios.

—No somos equipo.

—No. Todavía no.

La palabra quedó flotando.

Todavía.

Marian salió antes de que esa frase pudiera incomodarla más.

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tinkher
por qué me tengo que enganchar por los puntos 😭🤣
tinkher
valimos puntos
Tao: Muchas gracias por leer 🥹✨ Me alegra mucho que hayas llegado hasta este capítulo. Se vienen más problemas para Marian y Demian.
total 1 replies
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